En la guerra y en la elección ¿todo se vale?
Liébano Sáenz
Las alianzas opositoras de 2010 hicieron renacer en ciertos sectores el sentimiento de intolerancia hacia el PRI en extremos no conocidos desde la elección presidencial de 2000. Se puede estar contra el PRI, como sucede con cualquier otro partido, en eso consiste la democracia. El derecho a disentir es la premisa fundamental de la libertad; lo que no es aceptable es que se niegue la opción de que un partido en particular esté a la consideración de los ciudadanos para que éstos con su voto decidan el lugar que le corresponde.
Hoy día el PRI es el principal partido de oposición y el que encabeza las intenciones de voto. Esta circunstancia convierte al partido y a su candidato en objeto de escrutinio, en el blanco de un juicio mucho más severo y riguroso que el que se emite sobre sus adversarios partidistas o sobre los competidores ya conocidos o por conocerse. Lo que no es permisible es pasar al insulto o el empleo de argumentos maniqueos fundados en la intolerancia o el prejuicio, pero que tienen como razón de ser el miedo a competir.
Entiendo que la elección no sólo es una forma de concurso de propuestas y de personalidades a partir de argumentos racionales. La propaganda juega una parte importante. La exageración de virtudes propias y de defectos de los competidores es parte de la disputa y del ejercicio de comunicación para que los candidatos puedan diferenciarse y ganar votos. Así es y será. Pero debe haber sentido de los límites. No considero que la proscripción en la ley de las llamadas campañas negativas en abstracto sea el medio idóneo. Las prohibiciones genéricas son contraproducentes y pueden imponer serias restricciones a la libertad de expresión y propiciar la autocensura, como ahora está ocurriendo con la radio y la tv. Es más confiable determinar acciones específicas y que sean las instancias y los precedentes judiciales los que determinen el alcance de la libertad de expresión.
El problema es que la urbanidad democrática no se construye con leyes o con precedentes judiciales, sino que demanda un sentido de responsabilidad y de ética para definir lo que debe hacerse. Malos o pésimos suelen ser los resultados cuando se considera como único límite el que la ley establece, sobre todo si existen normas imprecisas, precedentes judiciales contradictorios o una justicia lenta y poco confiable. Lo conveniente es contar con actores que asuman la disputa política o la lucha por el poder con la pasión y la vehemencia propias de estos menesteres, pero que entiendan que no todo se vale, aunque contradigan la máxima.
Difícil es pedir que las mayores cuotas de prudencia provengan de los propios contendientes; de ahí la importancia de la opinión pública y de la influencia de los analistas y observadores de las campañas. No puede exigirse un terreno neutral o de objetividad, eso no existe, pero sí es factible situarnos en un plano de reflexión que atienda aspectos de interés común y que sea más racional. Por ello, la desproporción de juicio interesado no puede ni debe ser de todos.
Hace seis años vivimos un espectáculo que es del todo indeseable se repita. El candidato presidencial que llevaba ventaja en las intenciones de voto fue objeto de una propaganda excesivamente agresiva cuyos efectos fueron acentuados por la testarudez. Frente al embate destructivo no hubo actuación inteligente o, al menos, prudente. La amplia ventaja fue cediendo terreno y la elección concluyó con un resultado estrecho y discutible, no solamente por la ceñida diferencia sino también por la parcialidad del Presidente Fox. El país transitó con esa herida y debemos reconocer que mucho se perdió con ello.
No nos permitamos insistir en el error. La reforma electoral de 2007 no fue capaz de resolver este problema y aún lo acentuó. La equidad es un asunto crucial pero también lo es el tema de las libertades políticas y el reto de evitar que las elecciones sean un asunto exclusivo de partidos y candidatos, omitiendo el papel fundamental de los ciudadanos. Además, el deterioro de la relación del órgano electoral con los medios de comunicación debe verse con preocupación. En el mejor de los casos, la ley no es clara y su interpretación ha sido contradictoria. La salvaguarda del derecho de expresión de candidatos, aspirantes y medios de comunicación queda en entredicho. Ésta es la realidad. Una ley que sólo es buena en la imaginación de sus promotores o redactores, no sirve. Las normas se acreditan por sus resultados. Una vez más, no bastará con que la ley y el órgano jurisdiccional se encarguen de resolver los problemas electorales; insisto, será indispensable la prudencia de los actores políticos y la presencia de una opinión pública que señale y sancione el abuso. No todo forma parte de la contienda como tampoco todo puede ser parte de la estrategia de comunicación y propaganda de partidos y candidatos.
El PRI de hoy es distinto al del ayer, y lo mismo le sucede a los otros partidos y al país mismo. No hay organización política sin historia. Las tres fuerzas políticas fundamentales tienen muchas razones de orgullo; haber contribuido a la transición democrática sin rupturas ni fracturas, sin duda es una de ellas. El desencanto de la mayoría por los resultados logrados es una realidad y todos debemos responsabilizarnos de ello, principalmente quienes más poder tienen. Tampoco es verdad que la propuesta es el retorno al régimen anterior. El objetivo primordial es mejorar la calidad de gobierno a partir del voto de los ciudadanos y a partir de elecciones que, además de garantizar legitimidad, abran la puerta a la concordia después del desenlace de los comicios.
En el país siempre habrá diferencias y la crítica al poder, inherente a las libertades y a la democracia, siempre estará presente; pero también es preciso un piso común, un terreno de propósitos compartidos que indique los aspectos que hay que cuidar. Por lo pronto, lo que debe preocuparnos, y ocuparnos, es acreditar la democracia, sus valores y sus principios y, en su momento, la actitud de responsabilidad compartida entre quien gobierna y quienes están en la oposición.
Etiquetas: Alianzas, elecciones, Guerra, Intolerancia, Opositoras, PRI
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