El PRI después de Yucatán


Este domingo se juega mucho más que la renovación de poderes en Yucatán; de por medio está el futuro del PRI. Un resultado favorable, de darse, representaría un punto de inflexión que revertiría el deterioro electoral, al recuperar del partido gobernante uno de los estados más emblemáticos y representativos. El mensaje sería inequívoco en cuanto a la fortaleza del PRI, con efectos hacia los comicios locales próximos. Más relevante aún es la oportunidad que ofrece para sentar las bases de una transformación partidista que le permita conciliar eficacia electoral con responsabilidad ante la nación. Una derrota de corte inaugural para una nueva dirigencia en los primeros comicios que enfrenta, daría espacio al escepticismo entre electores y a una mayor agresividad de quienes quieren una dirigencia a la defensiva.

Recurrir a la conspiración como explicación de la derrota del PRI en los comicios pasados es eludir las razones profundas de su deterioro y un agravio a millones de ciudadanos que votaron por el PRI, pero que en la elección de Presidente sufragaron por candidatos de otros partidos. Tampoco sería válido remitir el resultado a la calidad del candidato presidencial; en todo caso, queda por responder por qué fue postulado no obstante los signos evidentes de la inconveniencia de su candidatura. Lo sucedido constituye una responsabilidad que atañe a todos los priístas, incluso a aquellos que decidimos mantenernos al margen en un afán de respeto a los órganos establecidos. El resultado reivindica las escasas voces que anticiparon el desastre, hoy, por cierto, marginadas del quehacer partidista.

Más allá de la coyuntura, el PRI vive una crisis que se remonta a la dificultad para cambiar al mismo paso que el país. Desde los años 80 era claro que perdía ascendencia en muchas zonas urbanas, en los sectores más dinámicos y entre los jóvenes. El desempeño en el gobierno con frecuencia generaba costos, particularmente en los momentos de crisis económica y en la aplicación de medidas restrictivas para su superación; en contraste, el PRI se advertía incapaz de capitalizar los logros en el gobierno, especialmente, el haber transitado a la democracia al margen del trauma de la ruptura o de una crisis estructural.

El 94 significó el fin de una época que el PRI no pudo identificar en su justa dimensión. En el 97, el régimen del presidencialismo llega a su fin; la mayoría opositora en la Cámara baja ejerce su función de contrapeso al Ejecutivo, impone condiciones, a la vez que en la ciudad capital el PRD se constituye en fuerza dominante. En la adversidad, la cúpula del PRI se atrinchera en sí misma, se percibe amenazada por el gobierno al que dio origen, no por los adversarios ni por una realidad diferente. Así llegará a la elección del 2000, cuando enfrentará a un candidato con claridad estratégica y al tono del anhelo mayoritario de cambio.

Un partido liberal y reformador

Al PRI se le ha dificultado hacer de la democracia respuesta para su gobernabilidad interna. Por otra parte, no ha dado lugar a una definición ideológica y programática para enfrentar a su adversario histórico, el PAN y, especialmente, para diferenciarse del PRD, constituido por dirigentes y militantes desafectos del PRI. El centrismo sin propuesta es el vacío; los adversarios del PRI sí dicen qué pretenden y qué rechazan. El PRI continuó la ruta en medio de la ambigüedad ideológica y programática, especialmente después de la derrota de 2000. La polarización entre derecha e izquierda despojó al PRI de sentido de opción. La percepción que suscriben muchos ciudadanos es la de un partido nostálgico de un pasado autoritario, y complaciente respecto a la venalidad de algunas autoridades que ha llevado al poder.

Por su parte, el PAN mantuvo su tendencia hacia el fortalecimiento electoral; la coalición de izquierda tuvo un avance significativo a partir de la esperanza que despertó en amplios sectores sociales su candidato presidencial. Al momento de la contienda presidencial de 2006, en la que se enfrentan tres ex dirigentes nacionales de sus respectivos partidos, el PRI vivirá su peor derrota.

Después de la elección federal de 2000, al PRI lo revitalizó su competitividad en lo local; la elección intermedia de 2003 lo ratifica. Un resultado que mostraba la inviabilidad del centralismo (el PRI en el DF obtuvo menos de 12 por ciento de los votos) fue utilizado por la dirigencia para reivindicarlo. La incipiente democracia interna fue suspendida por el centralismo. La exclusión también se hizo sentir.

En el plano local, el PRI ha mostrado competitividad, incluso en condiciones adversas y hostiles. En el Distrito Federal la candidata a jefa de Gobierno, Beatriz Paredes, obtuvo casi tres veces más votos que el candidato presidencial. Los candidatos a legislador alcanzaron una votación de 2.3 millones de votos superior a la del candidato presidencial; además, obtuvieron mayoría en 65 distritos, mientras que el candidato presidencial sólo lo hizo en nueve de 300. Los candidatos al Senado obtuvieron mayoría en cinco estados y fueron primera oposición en 15; el candidato presidencial no ganó un solo estado y en 18 llevó al partido al tercer lugar. De haber tenido el PRI un mejor candidato presidencial, la situación actual del partido en el Congreso y en el país sería otra.

Para el PRI, un triunfo en la elección de Yucatán ofrecería una oportunidad más para replantear su futuro, pero ahora en un entorno de esperanza y renovación. Cualquiera que sea el resultado final de los comicios en Yucatán será revelador de la confianza de los electores en el PRI y en su candidata Ivonne Ortega. En el supuesto de un triunfo, creer que es producto del acuerdo cupular y centralista, en Los Pinos o donde sea, además de falaz, es una afrenta a los electores y al muy encomiable esfuerzo de los candidatos y dirigentes del PRI en Yucatán.

El PRI debe resolver los dos temas centrales en la agenda: la democracia interna y la definición programática. La nueva dirigencia nacional del PRI cuenta con la legitimidad, prestigio y fuerza para avanzar en la democratización de los procesos internos. Una mayor inclusión, reactivación del debate y la selección democrática de candidatos es la tarea por delante. En materia de programa, el objetivo es definir los términos de propuesta para construir una mayoría que dé cauce a las reformas que el país requiere.

La identidad histórica del PRI ha sido su capacidad y vocación por la reforma. La modernización política y económica del país ocurrió por la propuesta de gobiernos priístas y los votos de los legisladores del partido. Ninguna fuerza política puede reivindicar lo mismo. Para el PRI y para el país fue sumamente costoso que su dirigencia saboteara los esfuerzos de reforma una vez que pasó a la oposición. El resultado de 2006 tiene que ver con el deterioro del PRI por obstruir los cambios necesarios para el país.

El planteamiento para la reforma no debe hacerse a partir de una ventaja electoral, tampoco en función de los adversarios, el gobierno o la oposición. La reforma que el PRI promueva debe ser consecuente, por una parte, con el proyecto de nación al que los mexicanos aspiran y requieren, y por la otra a la respuesta del PRI a partir de su origen ideológico y su base social. De allí se debe construir el acuerdo parlamentario mayoritario en temas de prioridad.

La definición del PRI debe partir de las premisas del liberalismo, de una economía de mercado con sentido social y de una democracia que haga de lo electoral un instrumento para dar lugar a gobiernos eficaces que den curso a la justicia social, a una sociedad más justa e igualitaria y a una nación fortalecida en el ámbito mundial. En la ruta por el encuentro de la propia identidad quedará, claro que se puede, ser liberal, demócrata, reformador y priista.

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