El referéndum de la radio y la tv


Los medios han evolucionado al paso del país y su actuación en los pasados comicios corresponde, con excepciones, a un buen estándar de pluralidad e imparcialidad. Los problemas ocurrieron en la publicidad por la falta de atribuciones legales del IFE para regular contenidos

En el debate público sobre la reforma electoral, la Cámara de la industria de la radio y la televisión se pronunció por un referéndum sobre la reforma constitucional en materia electoral. Los medios electrónicos han evolucionado al paso del país y su actuación en los pasados comicios corresponde, con singulares excepciones, a un buen estándar de pluralidad e imparcialidad. Los problemas más graves ocurrieron en la publicidad -segmento que no está bajo control de los medios, sino de los anunciantes- por la falta de atribuciones legales del IFE para regular contenidos de promocionales. En la elección los medios llegaron tan lejos como los partidos y sus candidatos decidieron.

Es difícil refutar que la sociedad deba ser formalmente consultada para convalidar decisiones importantes de autoridad o legislativas. Sin embargo, dos son las observaciones: por una parte, la democracia representativa implica que a quien se elige se le delega, también, el poder de decisión; lo peor que puede suceder son autoridades inmovilizadas bajo el pretexto de que su actuar debe estar acorde a una imprecisa y veleidosa opinión de la población. Por la otra, la democracia directa requiere de participación y de una cultura de información y debate con la que no se cuenta. En la práctica las experiencias en esta materia han resultado decepcionantes.

El texto original de la Constitución ha sido modificado en muchas de sus partes; de su promulgación a la fecha, se han expedido 176 decretos de reforma, que han modificado en 446 ocasiones a los 136 artículos constitucionales. El periodo sexenal con más reformas fue el de Ernesto Zedillo, con 77; le sigue el de Miguel de la Madrid con 66, y el de Carlos Salinas con 55. El artículo con más reformas -55, más otra ya aprobada en la Cámara de Diputados- ha sido el 73, referente a las facultades del Congreso.

La singularidad de la reforma constitucional es doble. Primero, existe la tendencia de elevar al texto constitucional lo deseable por encima de lo posible; segunda, la pretención de dar definitividad a cambios, por el hecho de que las reformas constitucionales requieren mayoría calificada en las cámaras y ratificación por la mayoría de los congresos locales. Ahora, con la experiencia de los juicios de constitucionalidad -juicio de amparo, controversias constitucionales y acciones de inconstitucionalidad- se incrementa el deseo de modificar la Constitución, para así evitar que una decisión de la Corte anule un cambio legal.

Una parte significativa de los cambios, por su contenido y detalle, no debieran estar en el texto constitucional. A reserva de depurar la Constitución, la situación ha llevado a la propuesta de establecer una diferenciación, respecto a normas de mayor importancia para darles un trato particular en cuanto a su modificación.

La cuestión de fondo es que la democracia ha optado por la lógica de los números: mayoría de votos ciudadanos que se vuelven mayoría de votos parlamentarios. Invocar mayorías le viene bien a la retórica o para resolver entuertos, pero esto, en sí, no siempre hace razón. Además, en un régimen presidencial, los legisladores son electos por un término determinado y, por lo mismo, no hay espacio para que un desencuentro con la opinión mayoritaria se resuelva en la inmediatez por la vía electoral. La lógica de una tercera etapa atenúa una eventual sinrazón de la democracia: voto popular, voto parlamentario y voto ciudadano.

La autorregulación es inherente a la democracia; nada ni nadie pueden estar fuera de la rendición de cuentas, la legalidad y los pesos y contrapesos. Los monopolios, el presidencialismo, el populismo, la partidocracia o cualquier forma de concentración de poder o de ilegalidad (incluso la economía informal) son expresiones contrarias a la lógica democratica. La cuestión ahora es cómo asegurar que las modificaciones a la Constitución sean la expresión de una voluntad popular manifiesta a través del voto calificado de los legisladores y legislaturas locales, y que, además, cuente, al menos en sus partes sustantivas, con el aval de la mayoría de la población.

Es posible que la pluralidad apruebe reformas significativas que no atiendan al interés general. Ha sucedido, incluso con votación unánime, en repetidas ocasiones en diversas materias. Esto corta para dos lados, por el positivo, la capacidad para dar curso a los cambios sustantivos, demanda recurrente al Congreso; por el negativo, el enorme poder que ahora se traslada al Poder Legislativo, en el que coexisten un sentido de representación nacional y la influencia considerable de partidos políticos con poco ascendiente en la sociedad y distantes de la rendición de cuentas y la democracia interna.

Los expedientes de democracia directa -iniciativa popular, plebiscito, referéndum, revocación de mandato- deben tomarse con cuidado para no debilitar la democracia representativa. Su empleo debe ser excepcional y para asegurar objetivos precisos. Por ejemplo, en Estados Unidos, el referéndum es obligatorio para establecer instalaciones con juego de apuesta, a ello se debe que en pocos lugares éstos funcionen.

Más allá de la opinión que se tenga de la reforma electoral y de su impacto en las libertades, la situación llama a la reflexión sobre la conveniencia de establecer, para determinadas disposiciones de la Constitucion, un expediente adicional como parte del proceso de reforma que implique, además de la mayoría calificada y la ratificación de los congresos locales, un esquema de referéndum a manera no sólo de dar una mayor estabilidad a la Constitución, sino de incorporar a la ciudadanía en la transformación de la norma fundamental. Con ello, el poder supremo de la unión, esto es, el constituyente permanente, determina más que un límite, un cause consecuente con un sentido republicano del poder público.

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