¿Deben callar los ex presidentes?


Es lamentable que la mesura, el comedimiento o el silencio bien administrado se descalifiquen como propios de una tradición ajena a la libertad y la democracia. El desenfado o la ligereza en el decir poco se avienen a las actitudes y valores cívicos a los que deben corresponder.

Desde el punto de vista formal, un ex mandatario es un ciudadano más, con los mismos derechos y obligaciones de cualquier persona, excepto uno, no ser elegible para repetir en el cargo. Eso tiene más significado que el legal, es esencialmente político; el ciclo presidencial se cierra para no regresar. Que los presidentes y gobernadores no se reelijan también lleva implícito el que no se involucren electoralmente, porque su reelección está poscrita. Desde Madero la pretensión fue garantizar la imparcialidad, salvo que en el gobernante impere, sobre su investidura, un sentido de partido. Para un ex presidente es la oportunidad de seguir aportando a su país, desde la distancia del poder, con mesura e invariable respeto para quien tiene hoy la responsabilidad del cargo.

Los ex presidentes acumulan la experiencia de su periodo, la que puede apreciarse a partir de la temporalidad del ejercicio del gobierno y de la particularidad de su circunstancia. En este sentido, el devenir es irrepetible, lo que se aprende e interioriza es aplicable para su mandato, no para el ahora o el mañana. Sin embargo, también el ejercicio del cargo se da en función de premisas o principios generales. Como tal, la política no ha cambiado desde los orígenes. El orden de las cosas no pertenece a un paradigma o entorno, sino a la condición humana y las relaciones sociales.

En el poder o fuera de éste, es difícil apreciar circunstancia o estructura. La ex presidencia muestra a cada cual como en realidad es. Si su definición fue la de partido, grupo o facción, una vez fuera del cargo se comportará como tal. Si lo suyo fue un proyecto personal fundado en el acuerdo elitista y la complicidad, así habrá de evidenciarse al momento de abandonar el poder. Lo cierto es que el país requiere de presidentes y ex presidentes, gobernadores y ex gobernadores con sentido de Estado. No es retórica, es la exigencia para que quien gobierne lo haga en bien de todos, sea bajo el nombre demócrata cristiano “bien común” o el socialdemócrata “bien general”.

Los ex presidentes pueden hablar porque, se quiera o no, son un activo de la República. Eso lo han entendido bien los países con una democracia histórica. Invariablemente existe la capacidad para ver grandeza en cada uno de sus ex gobernantes; así sucede porque un país se ve en el espejo de quien lo gobernó y es cuestión de buena razón, más que de virtud, acreditar, como ejercicio colectivo, lo mejor no lo peor. Prueba de ello, en casi todas las democracias los funerales de los ex gobernantes son acontecimientos cívicos no para el recuerdo de una época, un personaje o un periodo gubernamental, sino un ejercicio de afirmación de valores y virtudes, incluso más allá de la persona que motiva la conmemoración.

Los ex presidentes, cuando lo hacen, deben hablar para el bien del Estado, no para el propio, el de su partido o grupo. Se entienden las agendas personales, pero una vez que se ha transitado por la más elevada oficina pública, se adquiere un compromiso indisoluble con la investidura. Es explicable que la condición humana se imponga, pero precisamente porque, para quien alcanzó tal representación no hay retorno, ni siquiera de manera figurada, se esperaría que prevaleciera un sentido de lealtad a la República,

Esto es lo que preocupa en el asunto del ex presidente Fox. Desde luego que está en todo su derecho de defender su gestión, persona o familia –aunque debe meditar sobre la mejor manera de lograrlo-. Lo que es difícil aceptar es su empeño en reavivar heridas del pasado, o proseguir una suerte de cruzada ideológica que implicaría violación a prinicipios elementales de política interna y externa, que trascienden la connotación despectiva “priista” con la que el ex mandatario suele justificar lo que no le viene. A manera de símil ¿qué sucedería si un ex presidente de Guatemala, a un año de haber concluido su gestión, visitara nuestro país para presentar públicamente un libro en el que en algunos de sus pasajes no sólo cuestionara temas de política interna compartidos por la mayoría de la sociedad mexicana, sino que agrediera en su persona al presidente en funciones?

Quizás sea cruel o injusto, pero las estatuas, nomenclaturas a espacios públicos y los homenajes a los hombres que detentaron el poder, debieran hacerse en la posteridad. No es oportuno –y para algunos resulta provocación-, la conmemoración en medio de la actual circunstancia, como ha sucedido con el ex presidente Fox en el municipio de Boca del Río en Veracruz. Tampoco es aceptable la respuesta violenta o desafiante de quienes se dicen agraviados. Este enfrentamiento a nadie beneficia y exhibe al ciudadano de la república bananera que algunos llevan en su corazón.

La agenda presente y futura del país es considerable. Durante una década se han pospuesto reformas estructurales ue han afectado seriamente su competitividad en el mundo y con ello las oportunidades de individuos y el bienestar de familias y comunidades. El daño alcanza a varias generaciones. No es tarea sólo del gobierno, sino de todas sus instituciones, especialmente el Congreso, hacer realidad las transformaciones que permitan, más que recobrar el paso perdido o el reencuentro de un camino, la construcción del proyecto que haga compatible democracia con equidad social; globalidad con identidad cultural y social; proyecto nacional con fortaleza regional; igualdad con libertad; derechos con responsabilidad; crecimiento con bienestar social.

Los ex presidentes pueden hablar. Sin embargo, por lo que son, pero más que todo, por lo que fueron, sería deseable que sus palabras tengan sentido por su prudencia y por atender la causa que nos es común. Es lamentable que la mesura, el comedimiento o el silencio bien administrado se descalifiquen como propios de una tradición ajena a la libertad y la democracia. El desenfado o la ligereza en el decir poco se avienen a las actitudes y valores cívicos a los que deben corresponder los ex mandatarios.

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