Desgasta más el no poder


Luis Donaldo solía evocar el dicho de un líder demócrata cristiano italiano, de que el poder desgasta, a lo que él agregaba –con ironía y freudiano humor–, que más desgasta el no poder. Efectivamente, quien gobierna por largos periodos, como sucedió con el PRI en México y la democracia cristiana en Italia, sufre el desgaste del gobierno, particularmente en tiempos de crisis económica o cuando el aliento de cambio se vuelve aspiración generalizada.

Sin embargo, la cuestión es qué hacer frente al cambio. A ese respecto, el mismo Colosio conminaba a la lectura de un libro de T. J. Pempel, Democracias Diferentes, editado por el Fondo de Cultura, en el que se analizaban los distintos partidos gobernantes históricos y cómo algunos habían sorteado su crisis. La referencia obligada era a la social democracia sueca por la manera de recuperar el poder al actualizar su base social, estructura y alianzas respecto a los cambios estructurales que se dieron en dicho país.

Algunos califican como proeza que Vicente Fox haya derrotado al PRI. En realidad más que mérito propio o de su campaña, se explica por la disposición, por la exigencia de la sociedad mexicana para mudar a algo distinto, a partir de un cambio acumulado en lo social, económico y político. El viejo refrán, más vale conocido que por conocer, dejó de tener efecto. Sin duda, hay que hacerle justicia a Vicente Fox y su campaña el haber comunicado con eficacia y credibilidad su oferta de cambio.

Ya para 1994 el PRI, como partido, había perdido tono con los sectores más dinámicos. Después de la elección presidencial y en medio de una severa crisis financiera, el tricolor conocería derrota tras derrota y, en 1997, la pérdida de mayoría en la Cámara de Diputados, el cambio más significativo en la relación del Ejecutivo con el Congreso; también quedó reducido a tercera fuerza en el centro político, cultural y económico del país.

Ahora, al PAN le ha tocado vivir una situación semejante. Después de la elección presidencial no ha conocido, salvo excepciones, resultados que le ratifiquen como partido gobernante. Aquí señalamos hace meses, que de continuar la inercia, el Presidente Calderón habría de enfrentar para la segunda mitad de su administración, un Congreso en el que su partido perdería la condición de primera fuerza en la Cámara de Diputados, vaticinio que se va confirmando en el tiempo.

Son varias las razones que apuntan a la debilidad electoral del PAN. Por una parte, el balance de seis años a cargo del gobierno nacional no ha sido favorable, aún cuando se haya triunfado en la elección presidencial y en la de legisladores federales. Los resultados se dieron en el marco de un voto fragmentado; en la elección presidencial el triunfo fue con 35% de los sufragios, el de Fox fue con 45%.

Algunos observadores han señalado que el PAN en el gobierno ha decepcionado a un segmento estratégico para el triunfo electoral. En lo económico el mérito sería la estabilidad a través de la continuidad de las líneas de política del pasado. Sin embargo, este logro no da para mucho, fue válido en el gobierno de Salinas y de Zedillo, para efectos de superar las severas crisis financieras de inicio de la administración, pero ineficaz para plantear un desarrollo sostenido y suficiente. La interrupción de reformas estructurales –lo mejor de dicho periodo–, la concentración productiva y la debilidad institucional de la presidencia, contribuyeron a lo magro de los resultados en la economía.

Todavía mayor peso, aunque menos evidente, han sido los efectos de un gobierno incapaz de modernizarse. La corrupción y el burocratismo no hacen sentir un antes y un después. Los gobiernos locales se han fortalecido, al igual que los poderes Judicial y Legislativo, la libertad de expresión se ha acrecentado, ahora hay mayor transparencia, pero el ciudadano, en su vida cotidiana, enfrenta los mismos problemas de siempre, incluso algunos se han agravado. La estadística de los millones de jóvenes que migran al país vecino o el reiterado testimonio mediático de la violencia proveniente del crimen organizado, abonan a esta idea de fracaso no sólo del gobierno o del partido gobernante, sino del conjunto de una generación que no ha sabido hacer algo útil de la democracia.

La suerte del partido gobernante no se asocia a un buen candidato o a una adecuada campaña, tiene que ver con el balance que el elector hace de quien gobierna y si es el caso de renovar o ratificar confianza con su voto. La marca tiene su valor. Al PRI le tocó padecer el desgaste sin importar al postulado, su propuesta o mensaje. Ahora, en un entorno distinto, al PAN le está tocando lo suyo.

El PRI es quien más gana, pero sería un error considerarlo como aval para regresar al pasado o siquiera para lo que ahora el tricolor representa. Los resultados adversos al partido gobernante se deben, por una parte, el desencanto con quien, en el imaginario colectivo, no ha cumplido con lo que se esperaba; por la otra, una efectiva representatividad local que da para el triunfo priísta o perredista, en ocasiones, arrollador, pero frágil porque una proporción importante de los electores han resuelto alejarse de las urnas, ciudadanos que fueron definitivos para los votos obtenidos por Vicente Fox, Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador en las dos pasadas elecciones presidenciales. El regreso a las urnas de esos ciudadanos puede cambiar el mapa político.

El PAN renueva dirigencia. Quien se perfila con mayor claridad –según se percibe desde fuera– ofrece la oportunidad de una mejor articulación entre el partido y el gobierno, sus buenas credenciales consignan capacidad y lealtad. Sin embargo, el asunto de fondo es la realidad del partido y sus cuentas en el ejercicio del poder público. Más allá de la preferencia sobre quién deba dirigirlo, el tema impostergable y urgente a encarar es la relación del partido/gobierno con la sociedad. El poder desgasta, mucho más el no poder.

Publicado originalmente en Milenio Diario

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