Una agenda para el PRI


Hoy, en Veracruz, el PRI celebra la sesión de Consejo Nacional en una situación singular de sus principales competidores y del país. El evento ocurre después de significativos triunfos electorales en casi todas las elecciones locales posteriores a la federal de 2006. El PRI no sólo ha podido mantener territorio, sino que ha recuperado, casi siempre, del PAN. Por otra parte, el encuentro se ofrece cuando los legisladores del PRI están convertidos en el factor de decisión sobre la suerte de la reforma en materia de hidrocarburos, una apuesta grande del gobierno panista.

Resulta paradójico que cuando el PRI tiene menos diputados y senadores en las cámaras federales, es más poderoso e influyente que nunca. El PAN está condicionado, como en el pasado sucedió con el PRI, por la situación derivada del ejercicio del gobierno; al PRD y asociados, los limita la lógica de movimiento opositor. La política más que de números, es de circunstancia y posición.

La intransigencia de la izquierda ha favorecido que el PRI se desempeñe no sólo como factor de equilibrio, sino determinante en las decisiones legislativas. El gobierno del presidente Calderón ha hecho de las reformas su prioridad; situación hábilmente aprovechada por el PRI legislativo, aunque no siempre con los mejores resultados para el proyecto del Presidente. Ojalá no suceda lo mismo con la reforma energética.

Los descalabros en la elección presidencial no se han traducido en un debate sobre cuestiones fundamentales; no se ha concretado una reforma que haga del PRI algo más que beneficiario de la circunstancia y de los errores y fracasos de sus competidores. La mayor fortaleza del PRI está en su territorio y ésta deriva de su amplia presencia regional, la que viene de origen y que es relativamente independiente de su estructura central. El PRI ha persistido por el tejido partidario en las localidades de casi todo el país. Esta constante tiene su excepción, en particular, cuando el PRI es derrotado por el PRD. En este caso, la crisis es mayor, seguramente porque la disputa se da no sólo en lo electoral, sino en la base social. Los críticos de ambos partidos, dirían que así ocurre porque uno y otro son lo mismo; la verdad es que como proyectos políticos, PRI y PRD están diferenciados; sin embargo, desde la base, en lo local, la situación los hace más que distintos, incompatibles.

La reforma del PRI debe privilegiar lo regional. La inercia centralizadora del pasado atendía a una legítima necesidad de origen, pero también fue consecuencia del papel que desempeñaba el Presidente y de la hegemonía electoral del partido. En la medida en que la competencia, la pluralidad y la alternancia se han profundizado, la política se ha vuelto cada vez más local, y por lo mismo, requiere de nuevas formas de conducción.

El fracaso en la última elección presidencial se asocia, por una parte, al autoritarismo de la estructura central que alejó al partido del sentimiento mayoritario de la sociedad, al presentar su peor cara y, por la otra, a la difícil relación de la dirigencia nacional y de su candidato presidencial con los gobernadores y la estructura regional tricolor. La elección tuvo lugar ante gobernadores sin incentivos ni compromiso hacia el candidato presidencial.

La nueva gobernabilidad del PRI requiere de dos procesos simultáneos: primero e imperativo, corresponde dar mayor espacio de decisión a la representación de los estados y municipios y, segundo e imprescindible, dar curso a la legalidad y democracia en sus procesos internos, para así evitar los riesgos de balcanización o caciquismo regional, inercias también de origen. Además, la reforma electoral supone que los partidos deben desarrollar instancias jurisdiccionales confiables para hacer valer los derechos políticos de los militantes.

El Consejo Político y la Comisión Permanente deben transformarse. La expresión federalista del PRI debe prevalecer para acreditar la representación del territorio. De manera análoga la distribución de las prerrogativas para gasto ordinario debe hacerse por tercios, entre los estados, los municipios y la dirección nacional; en los dos primeros casos, la asignación debería realizarse en proporción a los votos obtenidos en la elección de diputados.

Los recursos para el financiamiento de campañas deben remitirse a los candidatos y no a la dirección nacional. Con la reforma electoral, ya no tiene vigencia la justificación de que los recursos se quedaban en el centro para financiar el gasto mediático. Es sumamente riesgoso —no sólo para el partido— que los candidatos anden a la caza de financiadores o que la dirección nacional asigne a sus gobernadores el mantenimiento de la organización partidista.

En el caso de la composición del Consejo Político Nacional, sus integrantes debieran ser seleccionados por entidad, correspondiendo proporcionalmente al peso del voto obtenido en la última elección federal. Los consejos estatales debieran definir la representación, cuidando incorporar género, jóvenes y organizaciones adherentes.

Además, para atender las nuevas disposiciones de la reciente reforma electoral, debiera conformarse una comisión de radio y tv en el CEN del PRI, con representación anual de los estados con elección, para que las propuestas y acuerdos de la representación del PRI ante el IFE, sea consecuente con las necesidades de los estados.

Por otra parte, debieran surgir nuevas normas para la integración de las candidaturas de representación proporcional. En esta circunstancia, los consejos políticos estatales elevarían propuestas para la integración de las listas, de acuerdo con el peso electoral de cada estado.

Existe en el PRI confianza sobre el futuro. Las dificultades del PRD por el fraccionalismo y el agravio, y que el PAN, ya convertido en gobierno, ha perdido su condición de paradigma de honestidad y cultura cívica, le ofrece una importante ventaja para la elección intermedia. Al PRI se le acredita experiencia; no obstante —y aunque parezca contradictorio— la mejor opción para el PRI es el futuro, no el anclaje a su pasado. La política es de proyectos, no de individuos, sin embargo, las personas y su trayectoria dicen mucho. En el largo plazo, el futuro del PRI debe radicarse en una nueva generación que represente la renovación de la vida pública y, a su vez, la amplia y rica diversidad nacional. La política, reitero, cada vez es más local.

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