Las televisoras y los políticos


La televisión, al igual que la política, ha evolucionado en términos positivos. En ambos sectores ha habido abusos y excesos, pero un adecuado diagnóstico de sus causas y la realidad de su impacto conduciría a soluciones inteligentes, viables y consistentes con las aspiraciones de medios y políticos

La revolución tecnológica modifica lo cotidiano en la vida de las personas. Recuerdo que un viejo y extrañado profesor me comentaba sobre la resistencia de su padre para usar el teléfono; decía que hablar sin ver a la cara era una falta grave a la urbanidad. Hace unos días, en uno de esos nuevos teléfonos ahora muy demandados, pude acceder a un programa gratuito en el que tarareando una melodía, el instrumento hace una búsqueda en la red para dar un inventario de intérpretes diversos de la pieza musical, con posibilidad de reproducirla o adquirirla desde el mismo teléfono móvil. ¿Magia o productos del demonio? Lo cierto es que la innovación es el desafío mayor; y eso va en todas las actividades humanas, más en las que hay competencia… como en el mundo de las encuestas. Hacer una pregunta no es acto de revelación del dueño, sino un ejercicio colectivo de especialistas en la comunicación, no en los números.

Dos transformaciones profundas e independientes han cobrado vida: la política y la televisión. No obstante el cambio positivo en ambas, la relación es difícil. Para los políticos —de todas las persuasiones ideológicas— es difícil convivir con la televisión. Para unos, propicia frivolidad e indolencia, para otros, es una intrusa; para los estatistas es ambas cosas. En la televisión se resiente que los políticos no entiendan que, independientemente de su función social y carácter público, el medio cobra expresión en empresas, en negocios que dependen de la relación entre auditorio y anunciante. Como en el caso de un libro, para la televisión no es suficiente el autor, ni siquiera el texto; también se requiere del lector o del receptor, más aun, los costos conllevan la necesidad de patrocinio a través de la publicidad.

El desencuentro ha propiciado una improcedente exigencia de sometimiento de los medios televisivos a la política, bajo el discutible argumento de que al ser instrumentos concesionados del Estado, el gobierno o los legisladores pueden y deben imponerse. Criterio válido si se tratara de fortalecer las libertades y la calidad de información, inaceptable si el propósito es establecer criterios a los que deben someterse los contenidos de programación y la misma publicidad. Así por ejemplo, los políticos no están preocupados por el uso indebido de los menores en la programación, pero sí en la publicidad política. La reforma electoral reciente lo muestra con claridad: se privilegia una aspiración de equidad (interés de los políticos) sobre la libertad de expresión (interés de la sociedad).

La televisión, al igual que la política, ha evolucionado en términos positivos. En ambos sectores ha habido abusos y excesos, pero un adecuado diagnóstico de sus causas y la realidad de su impacto conduciría a soluciones inteligentes, viables y consistentes con las aspiraciones de medios y políticos. En materia de libertades no corresponde a las autoridades decidir qué está bien o mal, tampoco son válidos los criterios burocráticos sobre lo aceptable. Llevar al IFE a la calidad de policía ha sido uno de los más graves errores de los políticos; la tarea de la institución es otra e insustituible: propiciar el ejercicio de las libertades políticas —asociación y derecho del voto— no es lo suyo vigilar como gendarme de esquina, si particulares, candidatos, partidos o funcionarios están haciendo uso adecuado de la radio y tv. La decisión legislativa pervierte a una de las instituciones más importantes para la democracia electoral y habrá de llevarla a un previsible desgaste por la polémica sobre su desempeño por omisión o exceso.

En esta embestida la televisión no ha actuado con inteligencia. En ocasiones se ve justamente lo contrario, lo que ha dado argumento para que el sector más antiliberal y regresivo avance en su deseo de someter a la tv. Existen estándares incuestionables sobre el desempeño de los medios de comunicación que debieran ser promovidos por la tv; los códigos de ética y la autorregulación no son realidad en el gremio o en las empresas, recursos valiosos para conciliar responsabilidad, libertad de expresión y de industria.

Es muy desafortunado para el desarrollo del país que el desencuentro que se da entre los políticos y la tv ocurra en medio de una revolución en las telecomunicaciones. La condición de “abierta” de la televisión queda en duda por el crecimiento exponencial de la televisión “restringida”, tema del que se ocupó el legislador en la reforma electoral con una ambigüedad tal que revela miopía e ignorancia. La red modifica hábitos informativos. El uso del teléfono se diversifica, además no hay persona que no haga uso cotidiano de estos instrumentos. La televisión convencional no será desplazada, coexistirá con otros medios, formatos o modalidades electrónicas de entretenimiento, información, y comunicación.

Es útil observar lo que sucede en el mundo en materia de comunicación electrónica. Por ejemplo, la manera como el candidato presidencial demócrata Barack Obama, construye su camino para ganar la presidencia en EU, sería suficiente para advertir la velocidad y profundidad del cambio, la manera como éste afecta y transforma las fijaciones colectivas de mayor calado en la sociedad.

Es urgente que la tv y la política lleguen a un encuentro. No será la tv la que modifique a la política, tampoco los políticos los que transformen positivamente a la tv. Debe partirse del reconocimiento de cada una de las actividades, de sus reglas y procesos, así como del enorme potencial que política y tv tienen para una transformación profunda de la sociedad mexicana.

La agenda del cambio es amplia; no todo está en manos del Estado o del gobierno; la globalidad y el cambio tecnológico no conocen fronteras y, con frecuencia, los criterios burocráticos de control suelen ser ineficaces si no es que contraproducentes. Hay un cambio político y tecnológico en curso. Se requiere claridad para hacerlos converger en beneficio de los mejores valores de la modernidad, como es el respeto a la dignidad humana y el ejercicio efectivo de las libertades. Los políticos tienen por ahora la palabra.

2 pensamientos en “Las televisoras y los políticos

  1. Amigo:

    “La agenda del cambio es amplia; no todo está en manos del Estado o del gobierno; la globalidad y el cambio tecnológico no conocen fronteras y, con frecuencia, los criterios burocráticos de control suelen ser ineficaces si no es que contraproducentes. Hay un cambio político y tecnológico en curso. Se requiere claridad para hacerlos converger en beneficio de los mejores valores de la modernidad, como es el respeto a la dignidad humana y el ejercicio efectivo de las libertades. Los políticos tienen por ahora la palabra.”.

    Lo anterior me obliga al reconocimiento y a la petición de una satisfacción. Me dejas con apetito y te ruego me ayudes a satisfacerlo; ¿qué debe seguir hoy, y para mañana, en nuestra agenda tecnológica?; y, además de los políticos, ¿cuándo y cómo debemos dar la oportunidad a los técnicos para que opinen, propongan soluciones y desarrollen escenarios para un mejor futuro, como es en los casos de agua, comunicaciones, energéticos y obras públicas?.

    Un abrazo fraternal.

    Rovirosa.

  2. Estimado Liébano,

    Me dio mucho gusto encontrar tú blog.

    Tú texto me lleva a la reflexión.

    Me parece muy atinado tú comentario en relación a que se “establezcan procesos y reglas en torno al encuentro de la política y la televisión”. Es fundamental que el público a través de un medio tan importante como lo es la televisión, pueda tener acceso a la información política de su país. Me parece increíble que las principales televisoras “abiertas” sigan divulgando únicamente una realidad ficticia con mujeres operadas o peor aún con mujeres asesinas en plena promoción de la violencia. Hasta dónde hemos llegado y cuál es el propósito de esto? Con tal de aumentar el “rating” las televisoras son capaces de presentar a la audiencia cualquier tema que quizás genera únicamente morbo y no invita a la educación y transformación de nuestra sociedad.

    Hoy tenemos medios abiertos como lo es el internet, sin embargo, la información a la que uno puede acceder, es muchísima y para muchos será difícil saber en dónde buscar o qué creer.

    Valdría la pena replantearse el poder de la televisión y darle un cauce positivo en beneficio de nuestra socidedad.

    Un abrazo

    Ana Paula Domínguez

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