El desencanto por la reforma


Es explicable el desencanto de muchos por el desenlace de la llamada reforma energética. El centro de la propuesta inicial, ampliar la inversión privada en costosas y complejas actividades relacionadas con el petróleo, simple y llanamente no se cumplió. En el Senado tuvieron lugar extensas sesiones de consulta en las que participaron políticos, técnicos y especialistas diversos; los partidos presentaron propuestas alternativas a la iniciativa presidencial; el movimiento que conduce el ex candidato presidencial López Obrador realizó una intensa actividad para impedir que se consumara un cambio de tal naturaleza. Los resultados sorprenden: por consenso de las principales fuerzas políticas, se acuerda una reforma que concede una parte importante de la agenda: una mayor autonomía a Pemex.

El desencanto proviene de muchas partes; la expresión menos afortunada vino del ex presidente Fox, una intervención que tuvo que ser modificada al día siguiente. El Presidente Calderón ha calificado la reforma de cambio histórico, algunos muy reconocidos analistas, con argumentos también muy respetables, le cuestionan el calificativo; desde el gobierno, en actitud que pareciera ser un control de daños, se apresuran a decir que la propuesta presidencial fue aprobada en una considerable proporción.

En anterior ocasión, en este mismo espacio, he apreciado como positivo el desenlace, desde luego no tanto por el contenido, sino por el proceso mismo. También he expresado preocupación por la descalificación a quien disiente, dentro o fuera del Congreso. Desde el punto de vista procedimental lo crucial era que el Poder Legislativo pudiera hacer su trabajo y que la resistencia al cambio tuviera curso a través de la legalidad. Ambos aspectos se cumplieron a plenitud; el tema no lo hacía fácil, mucho menos en la difícil circunstancia del país por la situación económica. El mérito de partidos y legisladores adquiere relieve por la proximidad del proceso electoral, se pudo superar uno de los obstáculos más recurrentes del Congreso y que mucho daño le han ocasionado: el oportunismo.

Desde el punto de vista político el balance también es positivo. Se advierte una suerte de reencuentro de la pluralidad con su poder decisorio. En estas horas se discute si las iniciativas en materia de seguridad pública deben aprobarse por consenso. No es fácil y se corre el riesgo, como sucedió con la petrolera, que el acuerdo conlleve el costo de eliminar aspectos importantes, deseables desde el punto de vista técnico, pero indeseables o complicados para el consenso. Aún así, el consenso debe apreciarse y valorarse, pero no debe ser de ninguna manera un fin en sí mismo, para eso está precisamente el método democrático.

También hay un reencuentro de la llamada movilización popular con la vía institucional. Exaspera la terquedad que la ha caracterizado y muchas de las expresiones del discurso. Pero es un error descalificar el derecho a manifestarse y hacer uso del espacio público para tales efectos. El límite es la ley y así parecen haberlo entendido en esta ocasión también quienes se manifiestan. La intolerancia al ejercicio de los derechos políticos debe despejarse del horizonte. La crítica debe hacerse sentir de un lado y del otro, como bien ha ocurrido, pero no confundir la forma con el contenido de la protesta o inconformidad.

Fue una decisión inteligente que los grupos parlamentarios y el presidente de la Cámara de Diputados, César Duarte, hayan resuelto escuchar al que disiente, ocurrió con autenticidad, con apertura y con la confianza de que el debate es propio de la representación popular. No minimicemos ese logro.

Tampoco debe descalificarse al ex presidente Fox por ejercer su derecho de expresión. Sus palabras pueden parecer desafortunadas, inoportunas y hasta contraproducentes, incluso a su propia causa, pero nada hay que obligue al silencio a los ex mandatarios. Es decisión personal y quizás hasta de carácter, para el caso particular; tendremos, para bien de unos y disgusto de otros, un protagonista más en el debate nacional.

La vida política nacional requiere de un mejor y mayor debate, no el que ocurre en los estrechos espacios de la formalidad política o parlamentaria, sino aquel en el que la sociedad se torna protagonista. Incluso, muchos de los errores de la actual legislatura han ocurrido por la inclinación de algunos actores en el Legislativo, en el poder público y en los partidos, que los temas de la política sólo a ellos competen. Así, por ejemplo, se han restringido libertades en materia de expresión política; estoy convencido de que la reforma electoral que ahora tenemos, no hubiera prosperado, si el Congreso, en ese caso, hubiese actuado con la apertura que mostró ahora en la discusión de la reforma petrolera.

Los abusos imaginarios o reales por sectores de poder en medio de los comicios, tema abordado por el Tribunal Electoral, no justifican una modificación constitucional que restringe las libertades de las personas que no tienen el estatus formal político. El deseable anhelo de equidad no debe llevar a la indeseable exclusión o limitación de la sociedad del debate nacional.

El consenso de la formalidad política es insuficiente. No sólo por la amenaza que pudiera provenir de un grupo disidente o de un llamado factor real de poder; sino porque son la sociedad y el ciudadano los destinatarios de la política. Por ello el debate debe ser transversal y los protagonistas no sólo deben ser los políticos. Así sea para resolver el petróleo, la seguridad pública, la justicia o los temas económicos.

Al final, la reconciliación que más vale no es la que se da entre grupos en disputa por las heridas de los combates pasados; la reconciliación que el país necesita es la que se da con nosotros mismos, la que ocurre con nuestras conductas y nuestros anhelos. La reconciliación que se requiere es la congruencia entre lo que deseamos y lo que somos, entre lo que aspiramos y lo que hacemos. Esta tarea no sólo atañe a los políticos y gobernantes, es y debe ser empeño de todos, que cada cual, desde su propio espacio, en el día a día, haga lo que le corresponde.

Debate, consenso, disenso y reconciliación. Realidades a las que convoca el saldo de la reforma petrolera. Histórica, en la medida de nuestra perspectiva y voluntad.

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