Obama, historia que empieza


In memoriam

La elección presidencial de Norteamérica significa una nueva etapa para la política de ese país con efectos a todo el mundo. Lo acontecido el 4 de noviembre no se explica sin la tragedia del 11 de septiembre de 2001 y su secuela. Algunos dicen que fue la crisis económica lo que hizo viable que Barack Obama ganara la elección, otros, como el embajador Jeffrey Davidow, señalan que de cualquier manera el triunfo del candidato demócrata era probable, aunque es posible que la ventaja no hubiera sido tan considerable.

Más que punto de partida, que lo es, el resultado de la elección presidencial debe apreciarse como punto de llegada. El ataque a los íconos de poder y orgullo norteamericano —las Torres Gemelas de Wall Street y el edificio de El Pentágono—, representaron una herida profunda en el pueblo norteamericano, que le hizo modificar muchos de sus referentes y abrió espacio a un sentido de amenaza externa, que siempre ha existido en la sociedad norteamericana y su gobierno, como puede advertirse en la carta de despedida del presidente George Washington (Farewell Address).

El curso que adquirieron los acontecimientos después del ataque de septiembre fue dramático. El presidente Bush dio inicio a una guerra que resultó en fracaso. El consenso doméstico de inicio a la aventura bélica pronto se transformó en generalizado rechazo conforme los resultados se prolongaron y aumentaron los costos económicos y humanos. En la guerra de Irak se perdió mucho, lo más valioso, vidas humanas. Una guerra difícil de justificar ante el mundo, lo que mermó severamente la credibilidad y prestigio de Estados Unidos.

La elección norteamericana arroja hechos que ponen en entredicho el sentido de nuestras recientes reformas electorales y la perspectiva que sobre las elecciones tienen nuestros legisladores. Cierto es que la sociedad y política norteamericanas son significativamente distintas a las nuestras: sin embargo, es ocasión propicia para destacar la vigencia profunda de su federalismo, su diversidad y su pluralidad. La democracia norteamericana cobra realidad en el aprecio y salvaguarda a las libertades; el poder público siempre está a raya. Nosotros somos una sociedad profundamente aspiracional, nos mueve lo que pretendemos o deseamos, no tanto cuidar lo que tenemos. Aunque suscribimos la igualdad, en muchos sentidos tenemos élites y valores profundamente antiliberales y, en no pocos casos, antidemocráticos. Demandamos que el cambio venga del poder público, no de la sociedad. Nos seduce más la armonía y el orden, que el ruido y el desencuentro propio de la democracia.

Es admirable advertir la manera como opera la autorregulación en el proceso electoral norteamericano. Allá no se cuenta con una normatividad restrictiva, tampoco con una burocracia electoral abultada, costosa y vigilante. Ellos no construyen la equidad a partir de criterios burocráticos o con grandes y desproporcionados subsidios a partidos y candidatos, sino lo hacen como un efecto de la capacidad política de los contendientes.

Los medios también actúan a partir de un sentido de responsabilidad propio, no de la intimidación o amenaza de las autoridades o de la limitación de derechos mínimos que éstas imponen. La disputa por el poder es un juego rudo, y los medios de comunicación no sólo representan la arena más importante en la que se dirime la lucha, también son actores y tienen intereses y preferencias, sin embargo, en lo general, existe sentido de los límites y de ética periodística e informativa que inhibe y sanciona socialmente los excesos, como ocurrió en varias ocasiones durante la elección.

La plena libertad de expresión de que goza la sociedad norteamericana permitió que el elector decidiera con información. La campaña, incluso la negativa, enriqueció el debate y los argumentos. En la elección era impensable que un árbitro pudiera exhibir tarjeta roja o sacar del aire publicidad política contratada. El debate fue real, efectivo y la propaganda, en especial la negativa, facilitó la diferenciación e identidad de los contendientes.

El triunfo de Obama estaba anunciado de acuerdo con los sondeos de opinión, los que no se suspendieron. Fueron públicos, diversos y exhaustivos. Las casas de mayor prestigio no perdieron moderación, tampoco dejaron de advertir que son instrumentos de aproximación, falibles y, en ciertas circunstancias, erráticos.

El mensaje del candidato perdedor fue ejemplar. No sólo por el oportuno reconocimiento del resultado, sino por la convocatoria a los suyos a la unidad en torno al ganador. Los tiempos de contienda concluyen, lo que sigue es común y atañe a todos preservar; gobernar no es tarea de un partido o grupo, sino un quehacer que involucra a todos, incluso a quienes tienen y tendrán la condición de opositores. Así, quien pierde comunica y cultiva un sentido de lealtad al sistema democrático, a las reglas que hacen posible la disputa civilizada por el poder, al régimen político que preserva libertades y cuya encomienda es erigir gobiernos eficaces y representativos, esto es, una República que involucra a gobernantes y gobernados, políticos y ciudadanos, partidos y personas.

Lo mismo se advierte en el presidente derrotado. La adversidad política no le inhibió para verbalizar el momento histórico que vive la nación que gobierna. Se sabe en desgracia, pero también en la grandeza de su pueblo y lo que representa la decisión mayoritaria de llevar a un mandatario afroamericano a la Casa Blanca.

Barack Obama llegará a la Presidencia en momentos muy difíciles para el mundo. Las expectativas son un desafío más que un problema, y bien administradas pueden ser un enorme activo para gobernar y transformar, particularmente, porque las dificultades que enfrenta demandan liderazgo, visión y fortaleza.

Es posible que Barack Obama ya presidente sea distinto al que ahora se conoce. Sus antecedentes personales y profesionales lo dibujan como una persona de singular talento, inteligencia y carácter. Fue un candidato excepcional; aún así, es posible que como presidente sea igual o superior. Quedarán en él decisiones fundamentales; sin embargo, en una república democrática un presidente es mucho, pero no lo es todo.

6 pensamientos en “Obama, historia que empieza

  1. a las 11:47 del 08 de noviembre
    Excelente articulo, el comparativo esta muy claramente descrito y ojala nos sirva de referencia para un futuro cercano. Saludos!!

  2. La ‘liberalización’ del mercado electoral en México (2000-2007) nos llevó al abuso. La ‘estatización’ de la publicidad electoral nos llevará a otro tipo de torcedura corrupta del sistema. Tenemos mucho que aprender de la elección de los EEUU, pero no tanto del sistema ni de los medio (que sí, un mínimo referente de acción ético nos vendría bien) también de los ciudadanos que hicieron suya la elección en las calle, en la física y en la virtual.

    Te mando un abrazo fraterno amigo,

    r

  3. Muy atinado todo lo que expresas en tu texto Liébano.

    A pesar de que por un lado pareciera que hay mayor libertad de expresión en nuestro país, detrás de la apariencia sabemos que siguen existiendo restricciones, ya sea de forma abierta o “por debajo del agua”. Ojala que aprendamos de la reciente elección estadounidense para acercarnos más y construir una verdadera democracia.

    un abrazo,

    Ana Paula Domínguez

  4. a las 8:54 del 08 de noviembre

    Una vez más nos presentas aristas útiles para entender nuestra realidad analizada desde lo que ocurre en otros lados del mundo. He leído varias veces tu texto y me doy cuenta que muchas veces tomamos lo que tenemos como si así debieran ser las cosas. Creo que el artículo de hoy nos obliga a preguntarnos por qué no podemos tener una democracia más abierta al ciudadano y menos restringida por las reglas que nos imponen los políticos.

  5. a las 9:05 del 08 de noviembre
    Me encantó, me quedo sobre todo con “Demandamos que el cambio venga del poder público, no de la sociedad. Nos seduce más la armonía y el orden, que el ruido y el desencuentro propio de la democracia”; creo que aun nos falta mucho para desacralizar la política, devolvérsela a la gente y no dejar de repetir la liturgia priista del siglo pasado –en gobiernos panistas– de la forma de entender lo público. Un abrazo..

  6. a las 9:08 del 08 de noviembre
    Totalmente de acuerdo. La diferencia entre la cultura política del país vecino y el nuestro (que un buen amigo evidenció utilizando los discursos de AMLO el 6 de Julio de 2006 y de John McCain el 4 de Noviembre pasado) me quedaba clara desde la postura de Albert Gore en 2000 ante la decisión de la Suprema Corte norteamericana en torno a los … Leer másrecuentos en Florida. Saber que a esto no se construyó de la noche a la mañana en país alguno (a los alemanes les tomó casi 40 años, incluidas dos guerras mundiales, el consolidarse en la cultura democrática) me evita caer en el pesimismo en relación con nuestro país. Un abrazo.

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