Los males nacionales


De hace tiempo los mexicanos andamos a la caza del origen de todos nuestros males. Décadas atrás, los pensadores serios se remitían a la leyenda negra que venía desde la Colonia: la corrupción. Para otros, en una perspectiva comparativa de naciones y culturas, la causa quedaba ubicada en que los países de cultura católica, avenidos a la obediencia, a diferencia de los protestantes que privilegiaban más al individualismo, no tenían las condiciones para gobiernos modernos, democráticos y liberales. Las dictaduras en España, Portugal y las dificultades en Italia, en contraste con las democracias del norte de Europa y América, parecían corroborar el señalamiento.


En el debate político de hace décadas fue común remitir al régimen presidencialista la causa originaria de las insuficiencias. La caracterización incluyó también a las siglas de un partido, al centralismo, a la manipulación electoral, al poder desproporcionado del Presidente frente a otros poderes y a la misma sociedad, como causas de la corrupción y la extrema desigualdad.
A México, la democracia llegó progresivamente; no hay momento fundacional, sino el acumulado de muchos procesos y eventos que nos llevaron a una situación que se ajusta a los estándares de lo que es una democracia. Elecciones libres, alternancia en el gobierno, desconcentración del poder, rendición de cuentas, etcétera, son elementos inequívocos de que existe una democracia. Sin embargo, el país continúa en el agobio de la corrupción y de la desigualdad.
Para unos el origen de todos nuestros males es la corrupción; sin embargo, hoy, ésta ya no se puede asociar a un partido ni a un régimen político, sino a una deficiencia que, como la humedad, se ha filtrado en todo el tejido institucional. Mucho de lo acontecido recientemente abona a esta idea, explica por igual la tragedia en la que pereció el Secretario de Gobernación Mouriño, el Subproducrador Vasconcelos y más de una docena de personas, que a los deficientes resultados en la lucha contra el crimen organizado a causa de la infiltración sufrida por las instituciones del Estado. Las estadísticas internacionales comparativas sobre la corrupción muestran que el país lejos está de ganar la batalla; en sentido semejante se encuentran los indicadores de la pobreza y la desigualdad.
A diferencia del pasado no muy lejano ahora el país cuenta con un Congreso muy activo e independiente del Ejecutivo, factor central para el equilibrio de poderes. Sin embargo, su actuación deja que desear. Tiene enormes dificultades para aprobar leyes que impacten positivamente la realidad; además, el abuso y la falta de transparencia se han acentuado en su desempeño. Lo de hoy día es el escándalo de las excesivas remuneraciones de fin de año y encima, sin pago de impuestos. Si los legisladores, que son los hacedores de las leyes, le dan la vuelta a las normas fiscales, por qué los demás mexicanos deberían pagar impuestos. El ejemplo que ofrecen es pernicioso y reitera el por qué los legisladores están en el piso de la confianza pública. Es recurrente advertir en la crónica de la actuación de los poderes legislativos federal y locales, este patrón de conducta laxa.

La situación no es particular del Congreso. Casi todos los órganos autónomos han hecho uso de su libertad para formalizar privilegios económicos y laborales a quienes los encabezan. Igual ocurre con los partidos políticos, las empresas paraestatales, los organismos descentralizados, los gobiernos subnacionales, etcétera. Lo peor de toda nación es padecer una crisis moral y no tener capacidad para advertir su gravedad, ver como normal el abuso o cuando se le trivializa argumentando que se trata de hechos aislados.

La verdadera causa de nuestros males es la impunidad. Su razón es historia vieja y quizás tenga que ver, precisamente, con una transición dominada por el gradualismo, en el que valores, actitudes, incluso, personajes de ese pasado, han podido transitar en condiciones de privilegio y hasta de dominio en la nueva realidad. Al parecer no nos dimos tiempo ni ocasión para construir colectivamente un antes y un después, como lo lograron las transiciones exitosas.

El día de ayer, en el programa que conduce Fausto Zapata en el Canal 34, abordé el tema con la estrechez del formato de la televisión. Coincidimos en un sentimiento de oportunidad perdida al momento en el que se dio la alternancia a la Presidencia. En la reflexión sobre lo dicho, debo agregar que el fracaso, si es válida la expresión, debe asignarse más que a un gobierno o a un partido, a una generación, por acción y omisión. Estimo que muchos con poder e influencia entonces, vieron con temor e incertidumbre esa nueva situación y circunstancia, inédita para el país, en lugar de apreciarla como una oportunidad histórica e irrepetible. Pudo más el miedo al cambio; quizás lo propició la personalidad y estilo de quien llegó a la Presidencia, aunado a la privilegiada situación económica de elevados precios del petróleo que también alcanzó a los gobiernos locales. Se regatearon los cambios y quienes tenían el poder consideraron que éste ya había ocurrido y que se había dado al momento en que arribaron a la responsabilidad pública.

Ahora vemos las malas cuentas, los errores y, especialmente, las omisiones. Con ese enorme capital político mucho pudo haberse hecho. Lo más importante era un nuevo estándar de ética pública, en temas tan elementales para el buen gobierno como es el apego a la vedad, hacer lo debido aunque riña con lo aceptable o arriesgar al cambio aunque despertara resistencias. Los factores de poder formal e informal se acomodaron a la nueva circunstancia, cada quien obtuvo provecho a costa de la funcionalidad del sistema. La crítica liberal también se durmió. El milagro de la democracia minó la capacidad de cambio y en algunos aspectos hubo regresión, como fue hacer de la institución presidencial, apostador activo del juego sucesorio.

Un pensamiento en “Los males nacionales

  1. Liébano, siempre estamos pensando en los males nacionales y es característico que siempre en reuniones sociales, familiares, de trabajo y en general, cuando se toca el tema de México acabemos expresando los males que nos aquejan, que si la corrupción, que si somos flojos, que si el partido único, etc. Pero tu adviertes tres cosas muy importantes: la primera es que uno de los verdaderos males es la impunidad, ya que siempre que hablamos de los casos de corrupción y de todo los que nos aqueja, nunca se tiene una solución que castigue y que erradique y cambie la cultura de corrupción. En segundo término, puntualizas que de ello es altamente responsable el Congreso, que se preocupa más por sus bonos de fin de año y sin impuestos que de legislar para atender las grandes necesidades nacionales. Me gustó que sin ambages denuncies la conducta tan abusiva de los legisladores. La tercera, con pena leo que ya quedó más que claro que no era un asunto de partidos, que algo está mal en la sociedad. Te felicito, creo que aunque es muy cruda la realidad que planteas, es preferible conocerla a traves de los ojos de quien ha tenido la experiencia de gobernar. Un abrazo

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