Obama en México


El premio nobel de economía, Paul Krugman, ha recomendado al gobierno de Barack Obama, no dar curso a la disminución de impuestos y hacer mucho más a través de la inversión gubernamental. La recomendación corre en paralelo en un aspecto importante de lo anunciado por el presidente Calderón en el Acuerdo Nacional en Favor de la Economía Familiar y el Empleo: incrementar la inversión en infraestructura y, de esta manera, mitigar los efectos de la crisis en el empleo.

Los recursos fiscales son insuficientes. La no aprobación de una reforma hacendaria de mayor calado impide asignar recursos suficientes para el logro de grandes inversiones en poco tiempo. Las asignaciones monetarias a la infraestructura son relativamente modestas como proporción del PIB nacional, ya no digamos a las necesidades del país. No es una dificultad de factura reciente, el sistema fiscal mexicano adolece de insuficiencias que, lamentablemente, la política ha ignorado; el cambio estructural se ha ido posponiendo o, en el mejor de los casos, diluyendo a través de reformas muy menores respecto a los requerimientos del desarrollo nacional.

La causa profunda de la difícil relación de México con los EU pasa, principalmente, por las dificultades económicas domésticas. Este señalamiento es válido para México y hoy también para EU. Uno de los mayores logros para atenuar la asimetría entre ambas naciones ha sido el TLCAN, resultado de una muy complicada negociación entre los representantes de Canadá, EU y México. Ninguno de los tres países obtuvo en el Acuerdo todo lo que hubiera deseado, pero los beneficios para las tres naciones están a la vista, el balance es favorable. Sin embargo, México no continuó con el impulso reformador que caracterizó a los ochenta y buena parte de los noventa, lo que implicó que en los últimos ocho años hayamos tenido un crecimiento económico bajo.

En la coyuntura actual es sumamente riesgoso revisar el TLCAN, sobre todo, si la iniciativa nace de un presidente demócrata en medio de una severa crisis económica con fuerte impacto en el desempleo. Con independencia del ya acreditado y previsible propósito de los países desarrollados de restringir la inmigración, la tentación hacia el proteccionismo es sumamente poderosa. Por ello, es opinable la decisión del presidente Calderón de iniciar pláticas con el presidente Obama sobre el futuro del TLCAN e integrar grupos técnicos de estudio para su eventual actualización. Es preciso destacar no sólo lo preocupante del entorno, sino la desigual relación entre ambas naciones.

No son pocos los observadores mexicanos que han alertado al gobierno federal sobre los nuevos términos de la relación bilateral. El excanciller Castañeda en colaboración periodística reciente, ha reproducido señalamientos muy graves en el texto del Comando de las Fuerzas Conjuntas de Estados Unidos, en el que México y Pakistán son señalados como focos rojos para el mundo por un repentino y rápido colapso del Estado. En mi opinión, la afirmación es desproporcionada, pero para el imaginario de la élite norteamericana desafortunadamente les es creíble. Es una paradoja que el México de la democracia sea objeto de tales señalamientos. Sin embargo, simplemente por la importancia del emisor, el gobierno y el conjunto del régimen político debieran tomar estas afirmaciones con la seriedad que merecen. No es una descalificación a una política o a un partido, sino a todo el sistema político en su conjunto.

Las aterradoras cifras de la lucha contra el crimen organizado y la infiltración que éste alcanzó en todos los niveles de las estructuras de seguridad cobran factura. El tema debe abordarse no como una cuestión de imagen, tampoco por la preocupación que existe en el país vecino, sino particularmente, en sus propios términos, por lo que implica para los mexicanos la paz social y las instituciones. La lucha contra el crimen es cuestión de Estado, a todos involucra, porque a todos afecta. El sector político debe mantener una mayor sensibilidad sobre este aspecto fundamental, evitar que el oportunismo electoral o de cualquiera otra naturaleza, debilite la lucha que emprende el gobierno de la República. Las insuficiencias y el que instituciones del Estado hayan sido infiltradas, no justifican, en forma alguna, regatear el respaldo al gobierno nacional.

Con Obama, el mundo ingresa a un nuevo ciclo, quizás a un nuevo paradigma. El relevo de la administración norteamericana consigna el fin de una época. Pero no se puede ser ingenuo o voluntarista sobre las bondades de los nuevos tiempos, gobierno y presidente, para nuestro país. El señor Obama tiene más talento del que prefiguró la proyección que de él hizo su campaña; sin embargo, las dificultades son considerables y su liderazgo ya registra algunos errores de inicio. La expectativa de muchos es también muy alta, pero el cambio requiere consenso, el que existe en el mundo y en parte de la sociedad norteamericana, no necesariamente en el Congreso, factor fundamental para el ejercicio del poder presidencial.

En perspectiva, México ha logrado mucho en estas dos últimas décadas; lo más significativo se ha dado en el cambio institucional para la democracia. Sin embargo, la transición no ha acabado de acomodarse, lo muestra el accidentado proceso sucesorio de 2006 y su secuela. El sistema de representación política no está generando incentivos hacia el buen gobierno. La brecha con el país que gobernará Obama, en términos de desarrollo social y económico, ha crecido considerablemente. La migración y el envío de remesas, conjuntamente con los elevados precios del petróleo, han sido pilares para estabilizar una economía que perdió su dinamismo por la falta de reformas estructurales. Es sumamente preocupante, por las dificultades que encontrará el nuevo vecino, que estos aspectos dejen de estar presentes en lo sucesivo, en una crisis que amenaza extenderse más allá de lo previsto.

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