EU y la manzana envenenada


Lo más rescatable de la réplica del secretario Gómez Mont a los señalamientos del director de Inteligencia del gobierno de EU, Dennis Blair, es su calificación de “desafortunadas” y de que “no contribuyen al clima de confianza para ganar esta lucha”. El responsable de la política interior, en su condición de vocero del gobierno federal, rechazó el dicho de que los cárteles del narcotráfico impidan gobernar parte del territorio nacional. Unas horas después, el propio presidente Calderón respondió al gobierno norteamericano; en sentido parecido se dieron expresiones de legisladores y líderes políticos.

A lo largo de muchas décadas, se ha vuelto lugar común en las autoridades norteamericanas elogiar al Presidente en turno por la lucha contra el narcotráfico, al tiempo que descalifican a los antecesores y se dirige una crítica a los resultados del presidente elogiado. Es un patrón de conducta, es una manera de minar la resistencia de las autoridades a peticiones que hacen las agencias norteamericanas a cada presidente. El falso reconocimiento es la manzana envenenada para avanzar en la perspectiva del gobierno norteamericano y que involucra operativos y formas de supervisión en el territorio nacional, los que comprometen la soberanía nacional. No es retórica, es realidad.

Las expresiones del director de Inteligencia son desafortunadas, quizás con una carga de verdad, como lo señalaba con agudeza Ciro Gómez Leyva el pasado jueves, pero es un hecho que no contribuyen a un clima de entendimiento y de confianza entre los dos gobiernos. El país libra una lucha sangrienta, el problema es sumamente grave y difícil de enfrentar y lo más preocupante es que el narcotráfico se ha interiorizado en el tejido social, como también ha ocurrido en EU. Las autoridades mexicanas requieren del apoyo de la comunidad internacional y del país vecino, más allá de la alabanza a la persona del Presidente que tampoco resulta creíble para la sociedad mexicana a estas alturas de la relación bilateral. Para el caso concreto es muy grave la escalada en la capacidad de fuego del crimen organizado, su origen es la permisividad que existe en el país vecino en la compra de armas, como también —hay que destacarlo— en la incapacidad de las autoridades mexicanas de salvaguardar sus fronteras de ese pernicioso contrabando.

Sin embargo, el descuido o la falta de sensibilidad de las autoridades norteamericanas o la frivolidad de alguna revista no deben impedir un balance honesto y realista de la situación. Por una parte, el crimen organizado plantea un desafío serio al Estado mexicano; por otra, las autoridades —no sólo las actuales— han intentado frenar la situación. La referencia noticiosa del país desde el exterior, con frecuencia es el crimen y la violencia. No son invento ni exageración, la cifra de ejecuciones —sólo por señalar un caso— es de escándalo y casi siempre se presenta en centros urbanos de importancia. Para el caso de EU, la violencia en Tijuana o en Ciudad Juárez despierta un explicable sentido de amenaza, con todo y que el índice de homicidios de ese país, es uno de los más altos del mundo.

El problema del narcotráfico y la violencia que se le asocia merece un diagnóstico más a fondo sobre sus causas; ni las autoridades mexicanas ni el Congreso han mostrado disposición de abordar de una manera más profunda el tema. Los lugares comunes y el prejuicio son la constante. La descalificación anticipada, la tergiversación deliberada del argumento y hasta el insulto se hacen sentir al más alto nivel cuando se plantean alternativas diferenciadas a las posturas existentes, lo que inhibe un debate más a fondo. La realidad es que hoy día y a pesar de la determinación del gobierno, el infierno de las drogas llega con más facilidad a los jóvenes y menores; la cultura de muerte se extiende con inusitada rapidez en el territorio nacional, y las instituciones de prevención, persecución y administración de justicia, muestran una creciente dificultad para hacer frente al crimen organizado.

La perspectiva norteamericana en materia de seguridad, como en otros asuntos, no necesariamente coincide con los legítimos intereses mexicanos y por ello, deben preocupar las expresiones del vecino gobierno. Tenemos una historia de por medio y una tradición que impone límites a los esquemas de colaboración en la materia. Además, en la perspectiva mexicana, los costos y el esfuerzo que realiza el gobierno para atacar el crimen organizado no se corresponden con lo que hacen las autoridades norteamericanas, las que, al igual que nosotros, tienen sus propias inercias y dificultades para un giro en la materia, como es el cambiar la permisividad en el libre comercio de armas y que representa un agobio para la sociedad de ese país, independientemente de su relación con el tráfico de drogas.

La relación bilateral de siempre ha sido difícil, más cuando el vecino al norte se advierte amenazado, como ha ocurrido con el tema migratorio o el terrorismo. La respuesta ha sido un muro que de poco sirve, ni siquiera para frenar el tráfico de drogas del sur al norte o el de armas en sentido inverso. La coexistencia demanda regresar al entendimiento, requisito para resolver de manera inteligente diferencias y potenciar los intereses que se comparten, como es el de una frontera más segura.

Hoy, ante el descuido en las expresiones del director de Inteligencia, Dennis Blair, el gobierno se ha visto obligado a una respuesta indeseable, pero necesaria en función del interés nacional. El Presidente se ha referido a una campaña en EU contra México, las autoridades norteamericanas lo niegan, aunque el prejuicio contra nuestro país es más que evidente.

EU deberá modificar ese patrón de halago a la persona del Presidente y descalificación a los resultados de su gobierno. Además, no es propio que los representantes de un país se erijan en jueces. Son tiempos difíciles y el amago del crimen organizado es una realidad para ambas naciones. El camino no es el de la recriminación en cualquiera de sus formas, sino el del entendimiento fundado en el respeto y la corresponsabilidad.

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