México ante sí mismo


Liébano Sáenz

Cualquier acontecimiento trascendental es propicio para evaluar al país en amplia perspectiva. La visita del presidente Barack Obama sirve a tal propósito, lo mismo ocurre con la proximidad de una elección intermedia o la víspera de la celebración centenaria de la Independencia, génesis de la nación. ¿Cómo estamos los mexicanos ante nosotros mismos?

Lo más destacable en nuestra generación fue el arribo a la llamada normalidad democrática. Todavía más relevante, por el hecho de que el proceso sucesorio presidencial del 2000 ocurrió por primera vez en toda nuestra historia sin crisis política, social o económica; sin impugnación y con el reconocimiento de los derrotados. Adquiere mayor relieve que esto se haya presentado en una situación de alternancia en la Presidencia, después del dominio de un solo partido por más de 70 años y que el relevo de administraciones haya sido ejemplarmente ordenado.

Tengo la impresión de que ni aprendimos ni apreciamos lo que en esa fecha sucedió; por eso, en 2006 volvimos a la senda de la impugnación, el encono y la desconfianza. Una elección cerrada —hecho fortuito— lo facilitó, pero también contribuyó el acumulado de errores producto de la inmadurez de los actores. Así, por ejemplo, fue un desacierto que en 2004, el nuevo Consejo General del IFE haya sido integrado sin consenso de las tres fuerzas políticas fundamentales. De igual manera fue un traspié el intento de desafuero a uno de los principales contendientes, acción que, de haber prosperado, lo hubiese inhabilitado para competir en la elección. Sin embargo, en 2006, el error más costoso fue el involucramiento del presidente Fox en la contienda, precisamente lo contrario de lo que Fox candidato vivió en los comicios en los que resultó electo.

No tiene sustento lo que señala el candidato presidencial del PRI que llevó a su partido en 2006 a casi una quinta parte de los votos, cuando declara que los gobernadores partidariamente afines, la dirigente de los maestros o quien haya sido, conspiraron contra su triunfo. No es cierto ni es creíble, simplemente por la enorme distancia entre su votación y la de los otros dos contendientes y porque de los 300 distritos electorales nada más perdió en 291. En todo caso, la cuestión a clarificar es por qué muchos votos potenciales priistas optaron por Calderón en el norte y por López Obrador en el centro y el sur. Los votos no tienen otro dueño que no sean los anhelos y temores de los propios electores.

Por lo ocurrido después de la elección del 2000, desde la observación a distancia del poder y de la política, he hecho explicito en este mismo espacio un sentimiento de fracaso de esta generación de políticos, gobernantes y líderes a la que pertenezco. Después del 2000, mi partido derivó en una dirigencia que cultivó el encono por la derrota e ignoró la aportación histórica del PRI a la modernización del país y la construcción democrática.

La causa profunda de la alternancia fue el anhelo de mejorar la calidad de la política y del gobierno. El triunfo de Vicente Fox era el desenlace de una prolongada lucha cívica de muchos héroes anónimos en todos los partidos, con no pocos momentos destacables y con sólidos prestigios individuales como el de Manuel Gómez Morín, Heberto Castillo, Jesús Reyes Heroles, Demetrio Vallejo, Manuel Clouthier, Luis H. Álvarez, Cuauhtémoc Cárdenas, Luis Donaldo Colosio y Carlos Castillo Peraza, entre otros muchos. No ocurrió, quizás porque en 2000, no fue el PAN quien triunfó, sino su candidato presidencial en una situación de poder dividido que limitó lo que podía hacerse, acrecentado por la ausencia de lealtad democrática de quienes perdieron.

En 2006 ganó Calderón, el primer presidente en décadas, con una efectiva trayectoria partidista y parlamentaria. El desenlace de la elección y las dificultades le llevaron a construir un entendimiento con personajes del Poder Legislativo que, lamentablemente, derivó en una situación de degradación de la política, debilidad del mandato por la reforma y de retroceso en las libertades políticas y en la democracia, como se ha advertido.

Todo proyecto en el poder busca construir las razones de su propia legitimidad, bien sea en términos de historia, de propósitos trascendentes o resultados. Poco hay que presumir: la ancestral desigualdad prosigue, la distancia entre el ciudadano y su representante legislativo es kilométrica, el crecimiento económico del país ha sido uno de los más bajos de toda la región. A los viejos problemas se agrega el embate del crimen organizado o la concentración productiva.

Las malas cuentas son imputables a todos, incluso al pasado; pero no hay que desdeñar el principio apodíctico de que a mayor poder mayor responsabilidad. El gobernar no sólo está en la capacidad de designar funcionarios, decidir proyectos o administrar la burocracia, sino en evaluarse y transformar inercias, en anticiparse; el poder está también fuera del gobierno, en el Congreso, en los partidos, en la Corte, en los órganos autónomos, en los medios de comunicación, en el sector social y el empresarial. En su conjunto todos debemos asumir nuestra responsabilidad y, más que ello, hacer lo propio para cambiar el estado de cosas.

La ruta son las libertades y la reforma a la medida de las necesidades del país, no de las ambiciones personales de los actores políticos formales como ha ocurrido en este pasado reciente. Un relevo generacional plantea una esperanzadora perspectiva, pero esto por sí mismo no es virtuoso si no se acompaña de nuevos hábitos y actitudes. Las élites continúan con mucho temor o ambivalencia a los valores propios de la democracia, como es la corresponsabilidad o el imperio irrestricto de la legalidad. La incertidumbre de cambio preocupa, aunque la certeza sobre el estado de cosas debiera dejar poca tranquilidad como lo muestran los efectos de la crisis económica o la violencia del crimen organizado. En estricta inteligencia, hay razón para reformar mucho de lo que ya no funciona.

La visita de un presidente norteamericano con la frescura de su sólido liderazgo, una elección federal en puerta o una centenaria conmemoración nacional, constituyen la ocasión propicia para una reflexión sobre la realidad y circunstancia de esta generación de políticos.

Un pensamiento en “México ante sí mismo

  1. Como siempre es un gusto leer sus reflexiones, tomarlas como punto de partida para detonar las propias y compartirlas con colegas y amigos.

    En este caso me parece que su impresión de que no aprendimos ni apreciamos lo sucedido en el 2000, es el verdadero centro del problema, ya que si revisamos la experiencia de países latinoamericanos en donde encontramos una mayor conciencia social frente a sus transiciones (Chile, por ejemplo), nos damos cuenta de que quizá nuestro problema fue que nuestra anhelada “normalidad democrática” fue impulsada desde una (o varias) élite que pretendía sustituir a otra, y nunca fue interiorizada por el común de los ciudadanos, quienes redujimos nuestra cultura democrática al hecho de votar por un candidato distinto al PRI.

    El relevo generacional que usted plantea -incluido el cambio de hábitos y valores- debería pasar también por un pacto intergeneracional que nos permitiera conservar las aportaciones de mexicanos de exepción como los que usted refiere y relanzarlas hacia objetivos comunes, lejos de las “ambiciones personales de los actores políticos formales”.

    Entregarnos a la promesa de futuro de unos cuantos, sin aprovechar algunas experiencias interesantes, puede conducirnos al mismo destino.

    Le envío un cordial saludo.

    SDLP

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