De la adversidad al acuerdo


Liébano Sáenz

El partido a cargo del gobierno nacional no sólo perdió, sino que se equivocó. El saldo no únicamente constituye una disminución de su presencia parlamentaria y en los gobiernos locales, también una relación difícil con la oposición y con las autoridades estatales.

La derrota tiene otras consecuencias que es preciso señalar. En su momento dijimos que la reforma electoral de 2007, constitucionalizaba la inequidad, esto, porque el principal activo en una campaña –el acceso a radio y tv– estaría condicionado por el resultado de la elección de diputados. La fórmula de 70% de distribución por porcentaje de votos y 30% de asignación igualitaria, le representará al PRI una ventaja considerable en el 2012. Es impensable que los legisladores del PAN y del PRD no hayan previsto que una elección intermedia es estructuralmente favorable al PRI y con el cambio legal aprobado cándidamente por ellos, sus efectos se trasladan a la elección presidencial, comicios esencialmente mediáticos.

La lección es clara: la equidad a costa de la libertad (para el caso concreto, la de los partidos para acceder a radio y tv), ahora se vuelve contra las reglas más elementales de una competencia electoral justa. La reforma implica que en el 2012, la elección presidencial, la de Senadores y Diputados, habrán de dirimirse en terreno disparejo. Para ilustrarlo en materia de promocionales: de cada 100, 41 serían para promover al candidato de la coalición PRI/PVEM, 25 para el del PAN, 13 para el del PRD, 7 para el del PT, 6 para Convergencia y 7 para Nueva Alianza. Los partidos y candidatos nada podrán hacer para revertir en los medios, tal desproporción, así quedó inscrito en la Constitución.

Una mala estrategia de campaña y una mala reforma hacen pensar que en la dirigencia del PAN no contaron con información e instrumentos confiables de evaluación para ir a la elección intermedia. La información sobre el resultado posible en la integración de la Cámara de Diputados precedía al inicio de campañas, especialmente, porque era del todo previsible que la elección se dirimiría en función de las dinámicas locales. La elección intermedia es la suma de las elecciones locales, al menos para la mitad del país, es decir, donde hubieran elecciones locales concurrentes. Una campaña nacional como la que pretendió el PAN era disfuncional a tal realidad. Además, por la baja participación en donde sólo se eligieran diputados, el resultado sería determinado por el tejido territorial partidario, para el caso concreto, favorable al PRI en donde gobierna.

Ni la estrategia de campaña ni el impacto sobre el futuro de la reforma electoral de 2007 deberían llamar a sorpresa. En política es mucho lo contingente, lo impredecible, como para hacer omisión de lo previsible, de lo que sí  se puede anticipar. Algo serio está ocurriendo con la brújula de las cúpulas del PAN.

Por otra parte, hay que subrayar, la elección intermedia no es y no debe ser un referéndum al Poder Ejecutivo, no conviene al Presidente en turno. El mandato presidencial se deriva de la elección específica; la renovación de diputados sólo implica a la Cámara baja. Por lo mismo, debe entenderse que el Senado y el Ejecutivo continúan con los términos de la decisión democrática de 2006. La política real obliga al entendimiento y al encuentro de dos posiciones aparentemente asimétricas o diferenciadas; sin embargo, las coincidencias son significativamente mayores.

El mandato de la elección del domingo pasado no es la confrontación, tampoco cheque en blanco. Para uno y otro había otras opciones que no resultaron favorecidas, incluso la del llamado voto en blanco. La situación del país requiere de modificaciones legislativas de profundidad, lo que no ha ocurrido en los últimos doce años, especialmente en materia económica. Por otra parte, la mayor amenaza al Estado mexicano: el crimen organizado, implica fórmulas de colaboración y coordinación entre los poderes locales y el federal que, en bien de todos, deben concretarse. Nuevamente, la campaña del PAN no construyó mucho en tal sentido, pero hay que perseverar en el empeño, independientemente de las diferencias de opinión sobre los resultados de la acción contra la delincuencia vinculada al narcotráfico.

El entendimiento a construir tiene, al menos, tres planos: el partidista, el de la relación entre poderes y el referente a la coordinación entre el gobierno federal y los locales. De antemano debe calificarse como un serio error, particularmente para el PRI, que empezaran a privilegiar y anticipar el objetivo de ganar la Presidencia de la República en el 2012. El PRI llega con una envidiable mayoría a una importante responsabilidad en momentos muy difíciles para la economía nacional, la seguridad pública y, en general, para la política. En los tres ámbitos el PRI, precisamente por su poder, tiene una tarea mayor qué emprender, por lo mismo, no cabe el triunfalismo, tampoco anticipar oportunismo electoral.

El PAN vive su peor y más dolorosa derrota. En cierta medida es injusta, porque su origen no está tanto en la dinámica partidista, como en lo que han hecho quienes están en el ejercicio del poder de hoy y de ayer. En el PAN hay un ambiente de recriminación que no contribuye a superar la adversidad. Lo que no deben obviar es que continúan con la responsabilidad del poder presidencial, además de ser la primera fuerza parlamentaria en el Senado y la segunda en la Cámara de Diputados.

En contraste con la destreza del PVEM y PT para ganar votos, el PSD pierde registro. Su debacle empezó cuando dejaron atrás del proyecto fundacional y dieron curso al pragmatismo mucho más próximo al PRI, que al de una opción programática y orgánicamente diferenciada. Convergencia y Nueva Alianza superaron el mínimo legal, pero quedan debilitados.

Para el PRD el resultado nacional es adverso; en el DF el desenlace es satisfactorio, aunque no sorprendente. Lo mismo puede decirse de Zacatecas, Michoacán y Baja California Sur. Resolver las diferencias es el reto mayor, así  como reconstruir las alianzas con las organizaciones afines. El país requiere de una opción de izquierda que no quede en lo testimonial ni en lo marginal de la movilización política.

Casi todos pierden, el PRI gana; es preciso transitar de la adversidad al acuerdo.

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