El arrebato por el poder


Liébano Sáenz

Los problemas del país no admiten distracción alguna. Por su gravedad no hay espacio para la disputa convencional por el poder. La economía, la lucha contra el crimen organizado y el delicado problema social demandan un sentido de corresponsabilidad de todos, en especial, quienes tienen encargos formales de representación política y social, incluido el Presidente y su gabinete. La renovación de la Cámara de Diputados y de los poderes locales en once entidades también debe servir a este elevado propósito; todos en la esfera de su responsabilidad.

Son muy encomiables las palabras de mesura, alejadas de triunfalismo, de quienes fueron factores para que el PRI obtuviera un buen resultado electoral. El encuentro en días pasados de la dirigente del PRI y los gobernadores ratifica que ese partido aprendió del error de hace seis años; mandatarios estatales y dirigencia cierran filas para constituirse en una fuerza política que sirva al país, a los estados y al Congreso.

Lo ocurrido en ese encuentro hace contraste con las expresiones de los dos coordinadores parlamentarios del mismo partido, quienes tienen una perspectiva distinta y muy particular sobre el mandato, así como del presente y del futuro. En la elección nunca estuvo a debate ni a la consideración del elector la pretensión de quitar al Presidente la responsabilidad de nombrar el gabinete; tampoco en los Estatutos del PRI existe previsión que obligue a la dirigente Beatriz Paredes a resolver en términos perentorios si optaría por coordinar a los diputados o mantenerse en la dirección nacional de su partido. El arrebato por el poder, tal como sucedió hace seis años, es el peor curso para el futuro del PRI.

A mayor poder, mayor responsabilidad. El mandato alcanzado sí tiene contenido y los diputados electos del PRI, PVEM, PAN, PRD y de otras fuerzas políticas saben bien que el tema económico y la inseguridad son el eje de la demanda ciudadana. Los electores no votaron para que los políticos disputen el poder personal o sus privilegios. El perfil de la votación muestra la convicción de que el electorado considera que no está  bien lo que se está haciendo, que no se están dando los resultados que se anhelan. El propio PAN pretendió hacer de la elección una forma de referéndum sobre la lucha contra el crimen organizado, la respuesta ciudadana obliga al gobierno y a su partido a una reflexión crítica no nada más a la campaña, sino a la manera como está trabajando.

La lucha contra el crimen organizado debe continuar. Los gobernadores y la dirigencia nacional del PRI han ratificado su apoyo irrestricto, sin otro límite que la ley y el apego a los principios del pacto federal. A los ciudadanos nos preocupa la violencia y, también, los signos de un problema que no puede resolverse exclusivamente en el frente policiaco. Las adicciones avanzan, en muchas regiones el crimen se vuelve parte de lo cotidiano y muchos jóvenes ven en la delincuencia, seductora opción por los símbolos de éxito, poder e influencia al que se le asocian. La lucha contra el crimen hay que darla en más frentes, debemos hacerlo todos y con determinación.

La economía debe replantearse. Es adecuada la convocatoria del PRI para acordar un programa emergente que dé respuesta a la crisis. Sin embargo, debe quedar claro que es al gobierno a quien corresponde asumir el liderazgo y la conducción de dicho esfuerzo, esto no entraña un aval o cheque en blanco al Presidente, mucho menos a las autoridades hacendarias; los gobernadores deben involucrarse, siempre debieron ser atendidos como factor determinante de lo que ocurre en el país. El deterioro de la exportación petrolera ya no da margen para la disputa sobre el presupuesto. Debe concertarse una reforma para modernizar el sistema hacendario sobre las bases de equidad social, eficacia en la recaudación, promoción del crecimiento económico y corresponsabilidad de las haciendas locales y federal.

La respuesta gubernamental anticíclica ya acreditó ser insuficiente para enfrentar la situación. Debe recuperarse la reforma estructural a fondo que le dé al país competitividad, que potencie la relación privilegiada con América del Norte y aproveche el perfil óptimo de la fuerza laboral. También hay que volver la vista hacia adentro. El mercado nacional merece mayor atención; sin embargo, no debe reincidirse en el proteccionismo o en el aislamiento. Para recuperar el crecimiento necesariamente debe revisarse el sistema financiero nacional. Los beneficios que obtiene la banca no se corresponden a los costos, tampoco a los riesgos y es tiempo de sacrificios parejos.

El fortalecimiento de la recaudación no puede darse sin un esquema de consenso político y social, el que puede lograrse sólo si se cumple con al menos las premisas siguientes: una mayor austeridad en el gasto corriente y en el que se destina al sector político; eficiencia en el gasto; una mayor transparencia y agilidad en el ejercicio presupuestal; esquemas compensatorios regionales, sociales y sectoriales derivados de la política de ingresos; compromisos concretos de inversión y destino del presupuesto; disminución de la discrecionalidad de las autoridades federales en el gasto y fortalecimiento de su ejercicio a través de los gobiernos de los estados, el DF y los municipios. Una reforma económica es impensable bajo las premisas convencionales de centralismo, discrecionalidad y exclusión. Su realidad requiere de un pacto nacional que incluya a los sectores productivos.

Es importante que quienes ahora tienen una mayor responsabilidad derivada del voto, entiendan que el mandato no es para disminuir al Presidente, sino para trabajar de manera corresponsable, sin sometimiento ni imposiciones de una o de otra parte; la aparente o real debilidad del adversario o del gobernante puede hacer despertar lo peor de cada quien, sin embargo, debe ampliarse la perspectiva y advertir que es mucho el terreno y los objetivos que se comparten; su deterioro a todos afecta. Por lo que hay de por medio nadie debe apostar al error o fracaso del gobierno. El arrebato por el poder es una de las más perversas tentaciones que es preciso mantener a raya.

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