El Presidente y su partido


Liébano Sáenz

La relación entre el jefe de gobierno y su partido es una de las piezas claves de la política. En los sistemas parlamentarios no hay dilema, quien gobierna es, a la vez, líder de la fracción parlamentaria y del partido. La disyuntiva sí surge en un régimen presidencial por la doble condición del Presidente: jefe de gobierno y jefe de Estado. Este último carácter significa que representa a la totalidad nacional, lo que riñe con su carácter de dirigente partidista.

El reto del partido gobernante es que tiene que conciliar dos planos de su intermediación política: por una parte, ascendente, es representante de su base social a partir de un programa político y plataforma ideológica; por la otra, descendente, es articulador del programa de gobierno hacia el conjunto de la sociedad y en el debate hacia sus adversarios. El nivel superior del gobierno debe comprometerse con la puesta en marcha del programa partidista, para eso se elige a un Presidente, pero esto no significa que la administración deba estar sometida, como tal, a un proyecto partidario rígido.

Las cosas se complican cuando el partido intenta apropiarse de la administración o cuando el Presidente cae en la tentación de interferir en temas de la exclusiva competencia del partido, como es la designación de candidatos. El nombramiento del dirigente partidista es un tema crítico, especialmente, después de una derrota electoral. En el caso del PAN, la proximidad del dirigente saliente con el Presidente se volvió en contra del mandatario después del resultado adverso, lo que ahora dificulta el arribo de un dirigente cuyo antecedente es la cercanía con el Presidente Calderón.

El PAN, por diseño y además, como resultado de una prolongada historia opositora, supo desarrollar autonomía frente al poder público. Más aún, pudo articular la lucha cívica para lograr la democratización del poder político. Esta situación ha cambiado con su arribo al poder parlamentario, a los gobiernos locales y, finalmente, al gobierno nacional. El PAN ya no es lo que fue simplemente porque cambió el país, cambió su carácter respecto al gobierno y cambió también el sentido de su mandato histórico. El PAN ganó el poder y con ello adquirió responsabilidades que no estaban en su mapa originario. Ahora, tiene la obligación de cumplir su nueva responsabilidad y esto le exige apoyar a los gobiernos que llevó al poder.

Después de una derrota electoral todo partido padece una crisis. En el caso del PAN ocurre en un plano doble: la falta de rendición de cuentas del ex dirigente que, en impresión de muchos, se retiró anticipadamente y, por la otra, la relación que debe existir entre el Presidente y su partido. Son temas distintos, pero ambos propician la confusión y, eventualmente, hasta la división. El PAN encontrará la forma para superar las dificultades de la sucesión en su dirigencia; lo que no queda claro es la solución a las heridas de batalla y, en especial, si habrá de construir una nueva base de entendimiento entre el Presidente y el partido que no signifique sometimiento de ninguna de las dos estructuras a la otra.

Al final de cuentas, la responsabilidad primaria del Presidente es ante el país; la de su partido es ante sus miembros y, especialmente, ganar el poder a través del voto. Estimo que la respuesta a la debida relación entre Presidente y partido se resuelve diferenciando las tareas y las responsabilidades, las que deben contemplarse de esa misma manera a lo largo del ciclo sexenal. Es mi apreciación que está en la lógica del poder que el Presidente tenga una presencia importante en el partido, pero debe hacerlo sin comprometer la imparcialidad de la administración, tampoco en la perspectiva de los temas de Estado, como la política exterior o la seguridad nacional.

Por esta razón he considerado que fue un error político mayor el que se hayan utilizado la lucha contra el crimen organizado como argumento de campaña y la buena imagen del Ejercito como instrumento electoral. No era cuestión de eficacia –que resultó ineficaz- sino de elemental responsabilidad política y visión de Estado. Sin embargo, esto no implica desconocer el interés legítimo del Presidente para obtener el mejor resultado posible en la renovación de la Cámara de Diputados, órgano fundamental en la aprobación del presupuesto, el instrumento cardinal para el ejercicio del gobierno.

El Presidente debe mantener distancia sobre la actividad partidista al momento en el que su partido seleccione al candidato presidencial, defina plataforma de gobierno y, muy especialmente, en la campaña por el voto. En esta situación, el Presidente debe aportar todo su capital para que la elección tenga lugar sin interferencia del poder público y que los contendientes puedan actuar con libertad y en condiciones de la mayor equidad posible, aún cuando es inevitable que la oposición haga campaña contra el gobierno en turno.

Esta es la lección positiva y negativa del pasado priista –y también debo señalar y subrayar- la mala lección del proceso electoral de 2006. El Presidente, reitero, debe mantenerse ajeno a la elección, ser garante de imparcialidad y, por lo mismo, de certeza. Por tal consideración desde hace un siglo el movimiento democratizador hizo de su bandera central la no reelección presidencial. La lucha de Madero es, esencialmente, mantener a distancia el poder del Estado de la disputa electoral. La vigencia de esta premisa es substancial para la salud de la Nación, la sucesión del 2000 así lo acredita.

Hasta antes de la designación de candidato, el Presidente es el miembro más importante de su partido. Su próxima dirigencia tendrá responsabilidades frente a él y su gobierno, lo que debe quedar manifiesto en el debate político y en el quehacer parlamentario. Es previsible y deseable que el PAN supere sus dificultades, pero más que ello, que al hacerlo identifique las coordenadas para su transformación y así servir mejor al país. Se requieren dosis importantes de autocrítica y, también, recuperación del proyecto originario y el sentido de horizonte que le dieron sus fundadores, razón de ser y causa legitimadora en su disputa por el poder.

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