Reformar a los partidos


Liébano Sáenz

Las reformas institucionales deben abordarse con perspectiva, con sentido del presente, sí, pero también del futuro. Jesús Reyes Heroles fue visionario en la reforma de 1977; no fue una reforma correctiva o generada en la presión de la coyuntura, fue un cambio legal que anticipaba el futuro y en el que se definía hacia dónde debiera evolucionar la democracia mexicana. Propiciar el reconocimiento de las fuerzas políticas, atraerlas a la competencia electoral y abrir el acceso a la representación popular fue un punto de quiebre en el desarrollo político del país. Hoy, mucho de lo positivo del sistema de representación, tiene como referencia ese momento fundacional.

Los cambios subsecuentes, particularmente la reforma de 1989, se centraron en lo electoral; su antecedente es la inconformidad del PAN y de los partidos que integraron al Frente Democrático Nacional. La agenda se centró en dar certeza a los comicios y confianza a los contendientes. Se crearon instituciones fundamentales para la vida política, como es el Instituto Federal Electoral, se modernizó la formación y administración del listado ciudadano y las bases para la organización de las elecciones en las casillas y la difusión de los resultados.

Las reformas electorales cumplieron su cometido formal. Los resultados fueron extraordinarios, pero insuficientes. La ausencia de democracia en el DF, la inequidad en los comicios, la falta de una justicia electoral confiable, la sobre representación en la Cámara de Diputados y la exigencia por una mayor autonomía del órgano electoral llevó a una tercera generación de cambios legales que se materializaron en 1996, dio lugar a una reforma constitucional que contó con el aval de todas las fuerzas políticas y a un cambio profundo a las leyes electorales. Las diferencias en materia de financiamiento y de coaliciones impidieron que el acuerdo tuviera la adhesión de todos los partidos.

No obstante la iniciativa del Presidente Fox y de los legisladores, una nueva generación de reformas tuvo que esperar hasta principios de la actual administración federal. El entorno derivado de los comicios presidenciales de 2006 definió  su contenido. El agravio y el miedo no son elementos para buenas reformas. Las deficiencias estructurales del régimen electoral como es el elevado gasto electoral, la no regulación de precampañas, tiempos amplísimos para las campañas, la deficiente democracia interna en los partidos y la saturación de la sala superior del Tribunal Electoral fueron parcialmente atendidos. En su lugar se removió al Consejo General del IFE y se definió un esquema centralizado, burocrático y restrictivo para acceder a la radio y Tv. Sus consecuencias han sido la simulación y la espotización de las campañas electorales, además de la pérdida de prestigio y autoridad moral por parte del IFE, además de un esquema muy inequitativo para acceder a los medios electrónicos, como habrá de quedar evidente en los comicios presidenciales de 2012.

Las reformas electorales han privilegiado a los partidos y han puesto en segundo lugar a los ciudadanos. El tema de la democracia interna y los derechos de los militantes respecto a sus organizaciones es un tema que ha sido visto con desdén. Los partidos políticos están muy lejos de la sociedad que aspiran representar. Los legisladores, fundamentales en el sistema de representación, también padecen una muy baja opinión. No es un problema de imagen, sino de una percepción que tiene como origen la enorme distancia que existe entre las organizaciones políticas y la sociedad que dicen representar.

El derecho a votar ha quedado salvaguardado, no así el derecho a ser votado. Para los ciudadanos más que incierto, es sumamente complicado tener la oportunidad para figurar en la boleta electoral, no obstante la diversidad de partidos. Las tres grandes organizaciones no han dado pasos decididos en su democracia interna. El crecimiento exponencial de los juicios para la protección de los derechos políticos es punta del iceberg del autoritarismo y del dominio de la partidocracia. La reforma reciente significó  un retroceso bajo la falaz tesis de que los partidos son autónomos y, por lo mismo, libres para definir el esquema de selección de candidatos y la resolución de conflictos en tales procesos.

Las candidaturas independientes no resuelven el tema y plantean riesgos serios para la democracia representativa. Aunque no lo parezca, es más razonable votar por un programa y una ideología, que por un nombre. Por eso las democracias modernas han hecho de los partidos políticos los sujetos centrales del proceso de representación, como lo previó la reforma fundacional de 1977.

La reelección consecutiva tampoco resuelve el tema, especialmente, si los partidos continúan bajo el mismo status de práctica antidemocrática. Si se tomara el modelo norteamericano debe tenerse presente los efectos que la reelección tiene en la equidad de la contienda, casi la totalidad de quienes pretenden reelegirse lo logran y eso es porque quien está en el cargo tiene una mejor posición para concitar los apoyos políticos y económicos para ganar la elección. La reelección debe analizarse a partir de sus efectos en el mundo real, no en las ventajas hipotéticas que muchos dan anticipadamente y con ligereza por buenas. Lo menos que se puede decir es que la reelección requiere de muchas reformas paralelas para que muestre sus virtudes, entre otras, la democracia interna en los partidos y un esquema más flexible para el reconocimiento de nuevas fuerzas políticas.

Una insuficiencia de la reforma de 1977 fue el determinar en un solo evento –el porcentaje de votos- cuatro derechos distintos de los partidos políticos: el derecho de existir, el derecho de reconocimiento oficial y por ende a participar en elecciones, el derecho a las prerrogativas de ley y el derecho de acceder a la representación. Este sistema debe ser revisado a fondo. La pluralidad es una fortaleza de la democracia no una debilidad. La deficiencia en las organizaciones existentes no prueba lo anterior, sino la necesidad de una reforma que haga que los partidos cumplan con la función y la responsabilidad privilegiada que la democracia les concede.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s