El poder de los gobernadores


El proceso de democratización ha dado una considerable cuota de poder a los gobernadores y a los presidentes municipales, lo mismo que al Congreso y a los partidos políticos. Lo ocurrido no fue accidental, sino resultado de una vieja y persistente demanda de disminuir el presidencialismo centralista. La fuerza política del Presidente respecto a los estados y al Congreso, no se originaba en la Constitución, propiamente, sino en la hegemonía electoral que tenía su propio partido y el Presidente sobre éste. Precisamente por esa afinidad partidaria, el sistema de pesos y contrapesos operaba muy precariamente. Los equilibrios y la flexibilidad del sistema se originaba en la renovación sexenal de los poderes ejecutivos y en la no reelección consecutiva de los legisladores y ayuntamientos.

Los partidos, el Congreso y los gobernadores son más poderosos que en el pasado en la medida en que dejó de existir una condición política de subordinación de éstos al Presidente. La Secretaría de Gobernación dejó de ser el hilo conductor para mantener la cohesión política a partir de la certeza de derechos (libertad religiosa, derechos humanos y políticos y libertad de imprenta y expresión) y de la pluralidad que habría de caracterizar al nuevo sistema político. La crisis mayor del régimen no vino de la política, sino esencialmente de la economía: La estatización de la banca y de los ahorros denominados en dólares en 1982, significó el fin de una época; el Presidente sin contrapesos pasó a ser factor de incertidumbre y desconfianza. Las repetidas crisis económicas posteriores confirmarían la necesidad de una presidencia acotada.

La oposición de aquel entonces demandó mayores recursos a los municipios y a los estados. La de izquierda hizo énfasis en los derechos políticos para los habitantes del Distrito Federal. La reforma política de 1996 llevó la equidad a la competencia política y la autonomía plena a los órganos electorales, así como la democratización de la Ciudad de México. Lo más significativo de lo que aportó el bloque opositor después de 1997, cuando el Presidente perdió mayoría en la Cámara baja, fue la disputa por los recursos fiscales; no fueron las reformas de apertura económica y política, paradójicamente, éstas ocurrieron en el régimen presidencialista de dominio priista.

Desde aquel entonces la oposición no se movilizó para restituir las atribuciones fiscales que se perdieron en el esquema de coordinación fiscal originado a finales de la década de los 70, sino en la simple asignación de recursos recaudados por la Federación. Esta ha sido la constante hasta estos días. Los estados son más dependientes que nunca de lo que recauda la Federación; no ha habido un intento serio de federalismo fiscal más allá de los resultados de la Conago en la Convención Nacional Hacendaria de hace seis años, los que han sido ignorados del debate nacional.

Los partidos, el Congreso y los gobiernos locales requieren de contrapesos y de una mejor articulación en el ejercicio responsable del poder; es preocupante que a partir del prejuicio, de la ignorancia o de la crítica interesada, estas tres instituciones sean objeto de un permanente ataque y excedido cuestionamiento. No hay democracia posible sin desconcentración de poder. Tampoco hay lugar para recrear el presidencialismo de antaño con amplios poderes discrecionales. Lo que ha hecho falta es una reforma que democratice la vida interna de los partidos, que modernice la actuación de los congresos y que lleve a los gobiernos locales a un mejor régimen de rendición de cuentas y de equilibrio de poderes en el marco del federalismo y de la democracia.

El régimen presidencial requiere de actualización a partir de las nuevas exigencias y de la realidad del país. Muchas de las respuestas difíciles de concreción en el proceso de la reforma estructural, pueden ser atendidas en el marco del federalismo. Los congresos de los estados pueden abordar con inteligencia, sensibilidad y representatividad cuestiones de muy difícil solución para los órganos legislativos nacionales como es el tema energético, el laboral o fiscal. Es una vía que no se ha discutido, porque, lamentablemente, persiste una fuerte tradición centralista que tiene como mejor lugar de residencia a la inteligencia nacional, la que ha hecho de los ejecutivos locales una caricatura casi siempre ajena a la realidad.

Se debe repensar el federalismo, sin prejuicio y sin ignorar los excesos presentes y los riesgos implícitos. Se debe dar curso a un proceso de desconcentración regional de poder, de la misma forma con la que en el pasado priista se pudieron emprender reformas importantes, con resistencias y reservas internas, pero que pudieron prosperar porque los presidentes, las dirigencias del partido gobernante y los líderes de la oposición tuvieron el arrojo de experimentar por nuevos derroteros que la historia validó, casi siempre, como el mejor camino.

El primer domingo de julio próximo habrán de renovarse 12 ejecutivos locales. Sin embargo, la contienda ha polarizado a las fuerzas políticas más allá de lo esperado y deseable. Si la tendencia estructural se mantiene, en cuatro de estas elecciones la diferencia en el resultado será menor a diez puntos porcentuales y en dos, menor a cinco; tema que deberá estar presente por la tradicional dificultad de partidos y candidatos de reconocer resultados adversos cuando las diferencias son menores; esto tiene que ver, más que con los números, con las deficiencias del proceso electoral y, en ocasiones, con la inequidad con la que se desarrollan algunos comicios locales.

Una docena de nuevos mandatarios llegarán al poder, lo que ha mostrado ser la parte más dinámica de la política nacional. Una nueva generación de políticos llama a la puerta. No es que sea cuestión de edad, sino de hábitos ajenos a la tradición política forjada en el México no autoritario. En los gobernadores se está dando un auténtico y efectivo relevo generacional. Es un proceso todavía con interrogantes, pero que tiene el poder de refundar a la política nacional; la sociedad así lo está exigiendo. Como ha ocurrido casi siempre, los cambios más profundos y trascendentes son los que inician en la periferia del sistema político nacional.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s