Hacia el 2012


Liébano Sáenz

Es positivo advertir la actividad legislativa en el Congreso. Sin embargo, hay muchas iniciativas todavía en proceso de dictamen y otras que ya debieran haberse presentado, particularmente las de materia fiscal y presupuestal, así como la reforma en materia electoral para garantizar la libertad de expresión, rescatar al IFE para regresarlo a desempeñar sus funciones originarias y eliminar así, entre otras cosas, el oprobioso “espotismo”.

El debate sobre la alianza del PAN con el PRD cobró factura. El saldo de los comicios próximos en julio habrá de replantear los términos de la relación. Un éxito mediano de las alianzas –triunfo en cuatro gubernaturas- sería resentido por el PRI, aunque es probable que el PAN pudiera ser derrotado en Aguascalientes y Tlaxcala, como también podría ocurrir con el PRD en Zacatecas. También es posible que el proyecto de las alianzas signifique un fracaso casi total. Lo cierto es que lo que ocurra en los comicios próximos habrá de alterar los términos de entendimiento del gobierno con la oposición y, en consecuencia, el alcance del proceso de reformas, así como el escenario hacia 2012.

Las elecciones del año previo a las campañas presidenciales revisten singular importancia, particularmente lo que ocurra en el Estado de México, entidad que representa el mayor capital electoral del PRI y donde gobierna el prospecto de candidato presidencial con mayor aceptación y adhesiones. Sobre el debate del convenio que suscribieron los dirigentes del PRI y del PAN de no realizar alianzas entre partidos antagónicos en dicha entidad, se ha hecho creer la discutible tesis de que una alianza entre el PAN y el PRD tendría un efecto devastador para el PRI.

El Estado de México tenía un perfil tripartidista, como quedó acreditado en la elección de ayuntamientos de hace más de tres años. Sin embargo, los resultados en 2009, llevaron a un cambio importante; tanto el PRD como el PAN sufrieron fuertes derrotas en sus territorios. En la actualidad el PRI mantiene una presencia dominante difícil de revertir para los comicios a poco más de un año de distancia.

En el supuesto de que la elección en el Estado de México fuera una forma de referéndum a las aspiraciones presidenciales del gobernador Peña Nieto, lo más probable es que tuviera un efecto muy favorable para el PRI. El nivel de aprobación del gobernador es ampliamente positivo no sólo frente a los electores afines al PRI, sino también en los independientes y en muchos panistas, como lo muestran los estudios de opinión. Una alianza PAN y PRD en la entidad, podría aumentar las posibilidades del candidato opositor, pero también, la derrota, altamente probable, sería muy costosa para 2012, cuando, además, el PAN y el PRD deberán postular candidatos presidenciales diferentes y, seguramente, antagónicos. De cualquier manera, un resultado decepcionante para las alianzas de 2010 sería el mayor argumento contra una coalición electoral para los comicios de gobernador en el Estado de México.

Previo a la elección presidencial el desafío del PAN es doble: por una parte, cumplir con las responsabilidades propias de todo partido gobernante, lo que significa mantener una posición de apoyo y respaldo a lo que el gobierno hace y a las necesidades propias para el acuerdo político con la oposición para asegurar la aprobación de reformas y del paquete económico anual. Por la otra, resolver los temas propios del partido, en especial, la selección de su candidato presidencial y su posicionamiento programático frente a la renovación democrática de los poderes nacionales en 2012.

El PAN tuvo una positiva y eficaz estrategia en 2005. Fue un acierto el procedimiento de selección del candidato presidencial. El modelo utilizado, si bien es cierto que disminuyó significativamente la influencia del Presidente de seleccionar al candidato presidencial, le dio al PAN por un largo periodo visibilidad y presencia regional y a su candidato, además de una sólida legitimidad, una aproximación a las fuerzas locales de su partido, hecho fundamental para el desenlace de la elección presidencial en 2006. En el PAN hay buenos prospectos para ser candidatos, si bien es cierto que no tienen la presencia y la fuerza de las opciones de otros partidos, hecho que se explica por el liderazgo que ejerce el Presidente en su partido. A manera de ilustrar la situación, hay que tener presente que hace seis años Felipe Calderón no tenía mayor presencia.

El PRI ha aprendido de la adversidad. Contrario a hace seis años, la fuerza del territorio se impone sobre la del centro. La dirección nacional del PRI no está, como entonces, en la manipulación del espacio partidista en beneficio propio, sino en un complejo ejercicio de equilibrio entre las distintas fuerzas y factores de poder partidista. La unidad y cohesión en el PRI es mayor, su presencia en gobiernos locales también. En alguna forma el PRI se ha renovado; quizás sin la formalidad convencional, pero que se acredita en la nueva cantera de mandatarios locales y en una mayor capacidad política para gobernar y para competir democráticamente por el poder.

El PRD padece el desgaste de la disputa postelectoral de 2006. Así es para el partido y para sus líderes más visibles. Avanza con esfuerzo para recuperar su alianza con el PT y Convergencia, fracturada por la reforma electoral y la ambigüedad de algunos de sus más importantes dirigentes o representantes parlamentarios. Continúa en el gobierno de la Ciudad de México y su desempeño ha sido bien evaluado por los ciudadanos; sin embargo, las fracturas y divisiones en la coalición que abanderó a López Obrador en 2006, dejaron un importante deterioro electoral en 2009.

El 2012 puede presentar una realidad política sorpresivamente distinta respecto al pasado inmediato. Bien puede significar el regreso del PRI al poder nacional, con mayoría absoluta en las Cámaras del Congreso y con una legitimidad inédita en su historia. Por ello es importante construir desde ahora un nuevo entendimiento político fundado en la corresponsabilidad y en el cuidado a las reglas que permiten la convivencia democrática, aquello que debió ocurrir con la alternancia del 2000.

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