El laberinto de la inseguridad


Cualquiera que sea la comparación o el razonamiento sobre las cifras de la criminalidad, no cambia la conclusión de que son inaceptables y que el país vive un grave y serio problema en la materia. El gobierno federal ha emprendido un decidido esfuerzo; sin embargo, los resultados son insuficientes. El reclamo al pasado por las mismas autoridades sobre la situación actual es explicable para un gobierno en los primeros meses de su gestión, hacerlo en la segunda mitad de gobierno más bien parece disculpa, confusión o confesión de que lo realizado muy lejos quedó de lo deseable.

El hecho de que los criminales sean la causa, los responsables y quienes deben ser objeto de la mayor condena social, no debe eludir el escrutinio crítico a las autoridades. Además, hay que tener presente que es una tarea compartida, no sólo por los distintos órdenes de gobierno y poderes públicos, sino por la sociedad, la que con frecuencia se asume indebidamente expectante o pasiva en extremo.

El delito es resultado de numerosas causas; su mayor incentivo es la impunidad, derivada del deficiente sistema de justicia. Para muchos cumplir la ley es un mal negocio. La realidad es que los mexicanos en general tienen un profundo y muy arraigado desprecio por la ley, y lo que es peor, existe la convicción generalizada de que el marco legal es un recurso al servicio del poderoso, lo que da argumento para un cumplimiento selectivo o discrecional de la ley.

Es verdad que la responsabilidad sobre la situación de inseguridad recae en los gobiernos federal, locales y municipales; sin embargo, el Congreso también ha sido omiso o lento en procesar los cambios que le den fortaleza al conjunto del Estado mexicano para lograr un aceptable régimen de justicia. Sólo como ejemplo: muy pocas de las conclusiones que la Suprema Corte de Justicia de la Nación planteó ya hace seis años en el llamado Libro Blanco, se han traducido en cambios legales.

El debate nacional sobre la justicia es marginal; desafortunadamente asuntos como las alianzas electorales o crímenes de alta visibilidad o impacto como fue el de la menor Pulette Gebara han merecido mucho más tiempo y energía. En México, la transición a la modernidad está frenada por la cultura de la ilegalidad y el desdén a la ley. Los partidos políticos y los legisladores deben prestar mayor atención a uno de los aspectos de debilidad estructural del Estado mexicano y que en buena parte explica la gravedad de problemas como la inseguridad, la corrupción y el tamaño desproporcionado de la economía informal.

En el mismo sentido está la reforma a la Ley de Seguridad Nacional. Lo que todos esperábamos como un avance para dar un piso legal al trabajo de las fuerzas armadas para actuar en materia de inseguridad, precisamente por el fracaso de los mandos civiles, derivó en una reforma insuficiente y contraproducente al propósito de cuidar y proteger al Ejército mexicano. Afortunadamente, los diputados frenaron una mala reforma. La cuestión es que los tiempos legislativos no dieron para atender un tema crucial para el Estado mexicano e imprescindible en materia de seguridad nacional. El Senado, como ha sido la constante desde hace tiempo, prefirió jugar a la política y a los intereses estrechos que allí prevalecen, una vez más, degradó de manera muy seria y preocupante la iniciativa de reforma del presidente Calderón.

Existe una enorme distancia entre el sentimiento de preocupación de la sociedad mexicana y el discurso gubernamental sobre los resultados de la estrategia en materia de seguridad. Cada vez son más las personas que sienten que las autoridades están perdiendo la lucha contra la violencia. Los efectos colaterales de esta realidad o percepción —como se quiera ver— son muy serios porque la salida al laberinto de la inseguridad deberá construirse, necesariamente, con una enorme cuota de participación social.

La actuación de los medios de comunicación está a discusión. Es natural que las autoridades esperen de éstos un mayor cuidado en la cobertura noticiosa de los hechos delictivos y que alienten el reconocimiento social de los servidores públicos, soldados y policías que cumplen con esta delicada y peligrosa tarea. El presidente Calderón tiene razón en que los medios deben hacer un esfuerzo mayor para acreditar logros y la valerosa participación de la fuerza pública y, muy particularmente, de los soldados y marinos mexicanos. Sin embargo, los medios de comunicación también tienen obligación de exponer la realidad que se padece, con la crudeza y la claridad que amerita la circunstancia. Queda en cada medio dar cobertura a los incidentes sobre la materia, de conformidad a su código de ética y al régimen de libertades.

Las soluciones no se alcanzan con la recriminación. Es necesario un diálogo respetuoso del gobierno y la política con una sociedad que cada vez se asume más distante de sus gobernantes y de sus representantes políticos. Los poderes públicos en el país están mucho más ocupados en hacer sentir que hacen un extraordinario esfuerzo, que en reconocer los problemas y el déficit en muchos temas de la vida pública. Es imprescindible una mayor actitud de autocrítica en todas las instituciones, para así alejar la imagen de complacencia que la sociedad advierte en la política y el gobierno.

Salir del laberinto de la inseguridad precisa del reencuentro de la sociedad con sus autoridades y representantes políticos. No será cuestión de un día, de un golpe espectacular o medida ejemplar, sino de una actitud de reconocimiento de errores, de revisión de las acciones que no están dando resultados y reafirmación de las que sí funcionan, de definir objetivos precisos como es el rescate de espacios públicos estratégicos, como es la escuela, o la unificación de policías como lo han propuesto los gobernadores de Nuevo León, Rodrigo Medina, y de Michoacán, Leonel Godoy. Salir de este laberinto empieza con reconocer que no hay soluciones mágicas ni inmediatas, sino que es el producto de respuestas incluyentes de política y sociedad, acompañadas de sensibilidad, firmeza, perseverancia y claridad de objetivos.

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