El 4 de julio y el Estado de México


Liébano Sáenz

Una vez concluidos los comicios del pasado domingo es preciso que la política recupere normalidad. Hay un nuevo reparto del poder y los partidos deben contribuir al diálogo y al entendimiento. Las instancias judiciales para resolver controversias son la vía más constructiva y razonable. Las dirigencias de los partidos deben sustraerse a la tentación de atizar el conflicto postelectoral; que un partido lo haga, provoca a que el otro actúe en consecuencia y así el conflicto escala y cobra espacio fuera de las instituciones creadas para dirimir o resolver controversias.

El país tiene problemas muy serios que enfrentar. Pero sólo se construye en el marco de la colaboración y la corresponsabilidad. La pluralidad no debe obstruir al buen gobierno. Las elecciones del 4 de julio ofrecen una lección inequívoca, la más importante: muestran la determinación de los ciudadanos –con o sin alianzas- de sancionar con su voto el déficit en el ejercicio del gobierno. Más que los candidatos y los partidos, la alternancia se explica por el anhelo mayoritario de los ciudadanos por el cambio. Los estudios de opinión demandan una forma distinta de interpretación; allí están los datos duros del Gabinete de Comunicación Estratégica al alcance del público; para los entrevistdos en las encuestas fue más fácil expresar ánimo de alternancia que preferencia partidista.

El frente económico, el de la seguridad y el social, requieren de entendimiento en el Congreso y entre los tres órdenes de gobierno. El ruido de las elecciones es deseable que ya quede atrás. Las reformas estructurales deben imponerse. Nadie tiene derecho a hacer del acuerdo un instrumento de chantaje o extorsión, ni el convocante ni los convocados. El llamado presidencial debe atenderse a partir del compromiso compartido entre autoridades de acreditar imparcialidad e impedir la recurrencia, de unos y otros, de utilizar el poder gubernamental con propósitos electorales.

La apertura de la investigación sobre el espionaje telefónico a gobernadores, la reiteración sobre el desempeño al margen del interés partidario de la COFETEL y de la FEPADE, son aspectos centrales en este nuevo momento de la relación Presidente y mandatarios locales. Reitero y subrayo: la necesidad de un compromiso para la imparcialidad suscrito por el gobierno federal y los de los Estados y Distrito Federal, es fundamental para darle conducción institucional y atmosfera democrática al proceso sucesorio de 2012.

Además del encono, la polarización y la división, otro de los efectos de las elecciones del domingo pasado, es el de una sucesión anticipada. Los dirigentes del PAN y del PRD trasladan los resultados al 2011 con un propósito dirigido al 2012. En su discurso, no campea una intención de mejorar la calidad de los gobiernos, tampoco de actualizar la voluntad democrática: la idea es desbarrancar al PRI, haciendo de la elección del Estado de México la oportunidad para eliminar de la contienda al prospecto de candidato mejor posicionado para 2012.

Tres errores estratégicos de dicha percepción: la alianza ganó en los estados en los que había mayor deseo de alternancia. ¿Cuántos votos aportó el PRD en Sinaloa para que ganara Mario López Valdés o en Puebla para Rafael Moreno Valle? Nunca se sabrá si Gabino Cue hubiera podido ganar en Oaxaca sin coalición, es probable que allí la alianza haya sido necesaria para evitar la dispersión del voto opositor. También es posible que si hubiera habido alianza en Veracruz o en Durango, otro hubiese sido el desenlace. Pero el referente no son las alianzas, sino la aspiración ciudadana de alternancia o de confirmar al partido en el poder. En consecuencia, en 2011 lo que ocurra en el Estado de México, al igual que en Baja Sur, Coahuila, Guerrero o Michoacán, dependerá no de la coalición o alianza, sino del anhelo ciudadano de confirmar o relevar al gobierno en curso.

Segundo, es evidente, natural y obligado que los dirigentes del PAN y del PRD pretendan derrotar al PRI en el Estado de México. No sólo es la entidad más poblada, sino que es gobernada por Enrique Peña Nieto; un triunfo de la oposición  parecería un golpe para el mandatario de dicha entidad. Sin embargo, no necesariamente significaría que su partido desistiera de presentarlo como candidato presidencial, aún bajo el supuesto de un resultado adverso. Es el imaginario de la oposición o de los competidores de Peña Nieto en el PRI, los que han hecho creer que una derrota allí es el fin de sus posibilidades políticas en el 2012. Este tema se resolverá a partir de su posicionamiento al momento en el que el PRI deba tomar la determinación, la que seguramente habrá de considerar como criterio dominante, la competitividad de los prospectos a candidatos.

Tercero, hacer de la elección de gobernador una forma de referéndum sobre las posibilidades presidenciales del mandatario estatal es la peor plataforma para que la oposición pueda ganar y la mejor para el candidato del PRI. Llama la atención que los aliancistas jueguen con los números; es un juego de prejuicio e ignorancia. Los triunfos que obtuvieron en Oaxaca, Puebla y Sinaloa no atienden a esa lógica. Tampoco Fox ganó a partir de las tendencias estadísticas históricas, mucho menos Cuauhtémoc Cárdenas o López Obrador alcanzaron una presencia electoral en función de los precedentes de votación del PRD. La mejor manera de que el PRI gane la elección en el Estado de México es, precisamente, que la elección y las campañas hagan del resultado el futuro político de Peña Nieto.

Finalmente, no se debe perder de vista que en 2012, el PAN y el PRD irán por cuerda aparte. Disminuir al PRI es el objetivo a partir de la debilidad propia y la fortaleza priísta, pero esto es un proceso temporal y coyuntural, las diferencias ideológicas y políticas habrán de imponerse. Oaxaca para la izquierda, Puebla y Sinaloa para el PAN. ¿Cuál de los dos partidos está dispuesto a abrir espacio a su circunstancial compañero de viaje para concederle una eventual ventaja de tal proporción? Para el PAN es un suicidio que el PRD integre el Estado de México al DF, para el PRD, que el PAN gane el cinturón que rodea a la joya de la corona de la izquierda.

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