El Informe, el Congreso y el Presidente


Liébano Sáenz

Hace ya dos años, al momento en que se presentaban las deliberaciones para modificar el formato del informe presidencial a efecto de evitar la presencia del EjecutivoFederal en el recinto legislativo, en este espacio señalamos que desaparecer tal institución era contraproducente para el Congreso, que la reforma debiera orientarse a salvaguardar la dignidad de las instituciones de la República: la Presidencia y el Poder Legislativo.

Señalábamos en aquellos días, que el informe presidencial tradicional debía modificarse simplemente por el error constitucional de hacer de la apertura de sesiones del Congreso, un acto de gobierno en lugar de acto de Estado.Pero hubiera bastado con abandonar el ancestral precedente que hacía del Ejecutivo en el informe jefe de la administración, para así, volverlo Jefe de Estado.Como muchas de las reformas de la pasada legislatura, se impuso la cortedad de miras, el oportunismo y el rencor. Al igual que en la electoral, no se deparó en las consecuencias.

El IV informe de Gobierno marca un punto de inflexión importante en el calendario electoral. Aunque la ley disminuyó los tiempos de contienda, es inevitable que el proceso sucesorio adquiera mayor peso. Esto afecta al gobierno y también el ambiente para emprender los acuerdos entre partidos y poderes públicos.

La atención a los problemas del país demanda una relación de colaboración y entendimiento entre los poderes. El saldo de las elecciones de julio pasado no lo favorecen; en el PRI, partido con mayoría abrumadora en los gobiernos locales y municipales, y primera fuerza en la Cámara de Diputados, existen reservas no sólo sobre la imparcialidad del Presidente, sino de que hay un diseño para afectar las posibilidades electorales de dicho partido y, particularmente, incidir en la elección de gobernador en el Estado de México, para así afectar las coordenadas sucesorias dentro del PRI y entre éste y el PAN.

La economía internacional deja de apuntar al crecimiento, lo que impacta, inevitablemente, al país. Las buenas cifras de este periodo no compensan las malas de 2008; en la sociedad y en las empresas no hay optimismo. Las dificultades mayores se presentan en el tema de la seguridad. El Presidente emprendió un encomiable diálogo que fue declinado por el PRI y PRD parlamentarios. Las recriminaciones presidenciales hacia el Congreso cobraron factura, pero no ayudan. La resistencia de los coordinadores parlamentarios para hablar con el Presidente, sea cual fuere la razón que aduzcan, tampoco constituye una buena noticia. Cierto es que el lugar idóneo es el Congreso, pero esa fue, precisamente, la puerta que le cerraron al presidente los legisladores que ahora le exigen presencia.

Este jueves el Presidente ha anunciado propuestas para combatir las finanzas del crimen organizado. Afectan a la sociedad, pero es tal la preocupación pública sobre el deterioro de la legalidad, que las resistencias serán marginales. Hay que revisar con cuidado lo que se haga. En el Congreso debe pesar el precedente sobre el registro obligatorio de telefonía celular. Las medidas deben ser, aunque incómodas para muchos, eficaces para los objetivos que se plantean. Existen varias reformas en proceso en materia de seguridad. Es fundamental que el Congreso se avoque a su dictamen.

También vendrán las negociaciones sobre el presupuesto para 2011. El país requiere de un sistema recaudatorio moderno, justo y competitivo respecto a lo que se hace en el mundo. No hay lugar para la confianza de que el crecimiento reciente habrá de sostenerse; lo más recomendable es una perspectiva conservadora y escéptica sobre la economía mundial y nacional.

Es fundamental que se emprenda una reforma electoral correctiva. Es responsabilidad de los diputados y Senadores recoger las opiniones de especialistas, funcionarios electorales, autoridades y partidos políticos para revertir aspectos tan oprobiosos como es elespotismo, la restricción de las libertades políticas y el centralismo electoral. Asimismo, los legisladores están en deuda con la reforma a su propia casa. Los reclamos sobre la falta de transparencia y abuso en los recursos está a la vista, de igual manera, evitar el tráfico de influencia yel tortuguismo legislativo.

Aquí hemos reiterado sobre la necesidad de marcar distancia a la tentación de algunos legisladores paraparlamentarizar al Ejecutivo. Es un error, además no aplicará al actual gobierno, sino, en todo caso, al que inicie en 2012. Tomar al gobierno por la puerta trasera atenta contra los fundamentos de la democracia y del régimen presidencial. El Presidente que resulte electo por el voto mayoritario debe contar con los instrumentos y recursos para dar un vuelco al país en muchos de los temas. Disminuir de antemano su autoridad y la fortaleza de su mandato, es un error histórico de desproporcionadas consecuencias.

Una de las reformas que el país requiere es la modernización de la Presidencia: dar al Ejecutivo los instrumentos que le permitan cumplir a plenitud su responsabilidad. La relación del Congreso con el Ejecutivo es inevitablemente problemática y difícil. Pero es muy importante rescatar el objetivo último de una trascendente reforma política: un gobierno útil, un gobierno eficaz a los ojos de la gente y calidad de vida de las familias. El régimen presidencial requiere de cambios profundos que ojalá se puedan procesar de la mejormanera en lo que queda de esta legislatura.

El 1º de septiembre inician sesiones ordinarias de las Cámaras federales. Hay una agenda parlamentaria amplia que debe desahogarse en tiempo y con una voluntad de diálogo que vaya más allá de los miembros de la clase política del centro. Es fundamental que el Congreso atienda la voz de la sociedad; hay también que escuchar lo que ocurre en las distintas zonas y regiones del país, a las autoridades municipales y estatales; aproximarse al mosaico de pluralidad y diversidad que es México.

La política nacional se mide con resultados. El balance que puede hacerse en este periodo de conmemoración centenaria no da para mucho. Dos siglos no conceden a esta generación de políticos la perspectiva de trascendencia. Lo menos que se puede pedir es la humildad para reconocer el deterioro existente y emprender los cambios para un mejor porvenir.

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