Las nuevas dirigencias de los partidos


Liébano Sáenz

En los próximos meses, los partidos habrán de renovar sus dirigencias nacionales y, en todos los casos, el propósito esencial es el fortalecimiento con miras a las elecciones federales de 2012. Por la proximidad de los comicios, los partidos buscan ampliar su ascendiente en la sociedad y consolidar su unidad interna pero cada organización enfrenta una situación distinta. PAN, PRI y PRD se plantean sus propios e íntimos desafíos.

Para bien o para mal, la política no es un asunto ni de justicia ni de gratitud. La gestión de los dirigentes partidistas, especialmente de los del PAN y PRD, es antes percibida por su circunstancia adversa y polémica que por los logros alcanzados. Todos tienen razones ciertas de satisfacción pero también son manifiestos los motivos de inquietud y preocupación. Si bien es una realidad que las elecciones presidenciales se enfocan en candidatos, sus campañas no son construidas en el vacío sino sobre los logros de los partidos a lo largo del tiempo. Frente a la cerrada competencia de las elecciones presidenciales pasadas, fue la respectiva fortaleza de los partidos en el territorio la que marcó la diferencia entre los candidatos López Obrador y Felipe Calderón.

A cuatro años de distancia, la balanza otorga al PRI una posición privilegiada: preserva la mayoría en los gobiernos locales y municipales, y tiene, en la persona del gobernador Enrique Peña Nieto, un prospecto de candidato presidencial con muy elevados niveles de posicionamiento y aceptación, que cuenta con el respaldo de las buenas cuentas en el ejercicio del gobierno; y que incluso, ha resultado beneficiado por sus adversarios. Subestimarlo ha sido la constante aun cuando mantiene niveles inéditos de aceptación dentro y fuera de su territorio natural. Esta situación ha llevado al cierre de filas al interior del PRI. Queda claro que la prioridad en el PRI es preservar la unidad.

El recuento indica que el PAN ha perdido más de lo ganado. A las derrotas de Yucatán, San Luis Potosí, Querétaro, Aguascalientes (en litigio) y Tlaxcala, se suma el resultado de la elección intermedia en Jalisco y Baja California. Los triunfos del PAN a través de coaliciones representan un éxito desdibujado, especialmente cuando se logran con candidatos que no pertenecen a sus filas. En aras de la eficacia electoral, el PAN ha visto comprometida su identidad política y su fortaleza doctrinaria. Ahí, en cambio, las diferencias son profundas y se resuelven de manera precaria. La selección de su candidato presidencial es una incógnita mayor, no sólo en lo que concierne al nombre sino también al método. De allí la importancia que adquiere el relevo de su presidente. El poder presidencial podría imponer un candidato, pero no hacerlo ganador.

En el PRD, la situación de sus líderes es aún más compleja. El desgaste por suscribir coaliciones no deviene de la búsqueda de un resultado electoral, exitoso en Oaxaca, Puebla y Sinaloa, sino de la confrontación entre los dirigentes y el movimiento que conduce López Obrador. Los gobiernos perredistas no tienen la influencia ni la mística que inspiró la fundación de ese partido. En 2009, las divisiones cobraron su precio hasta en el D.F. y, contrario a lo que imaginaban, el Estado de México dejó de ser un espacio de oportunidad para convertirse en el escenario de sus profundas diferencias internas. La confusión y la desesperación han orillado a sus dirigentes a convertirse en asociados de sus adversarios políticos históricos. La prioridad para el PRD no se orienta hacia lo que no tiene sino a preservar sus territorios, en especial, a evitar el colapso en Guerrero, Michoacán y Baja California Sur. En estricto sentido partidario, la selección de candidato a gobernador en el Estado de México resulta una concesión política monumental que otorga al PRI buenas posibilidades de ganar.

El aprecio por la unidad en el PRI tiene como fundamento la percepción de ventaja en la disputa presidencial. La dificultad mayor radica en entender que el éxito electoral requiere sumar una proporción significativa de voluntades más allá del espectro partidista. El PRI ha perdido presencia en el sur del país y en las zonas rurales; su geografía de fortalezas apunta al Estado de México, la península de Yucatán y casi todo el norte del país. Es de esperarse que su nueva dirigencia no se oriente al discurso hacia las élites del centro del país sino que se concentre en la fortaleza territorial y en la movilización política a fin de defender al partido ante una eventual postura parcial del gobierno federal.

De cara a la elección presidencial de 2012, el PAN tiene su oportunidad mayor en el proceso de selección de su candidato presidencial; y la institucionalidad histórica para resolver de manera inteligente y constructiva la competencia interna por la candidatura presidencial plantea una coyuntura conveniente. La incertidumbre sobre su candidato y este preciado sedimento de democracia interna serían virtudes en una elección primaria. La tolerancia, el aprecio a la dignidad de las personas y la mística democrática deben retornar al PAN, un partido digno de mejor historia. Existe talento y se perciben opciones; y la mejor parte se ubica en muchos de sus jóvenes. Volver la vista al origen, a la lucha desde la oposición, puede construir la base de esta recuperación partidista.

El PRD está llamado a superar el sentimiento de despojo de los comicios presidenciales de 2006. Tiene una responsabilidad de la mayor importancia en el ejercicio del poder y en la substancial fuerza parlamentaria en el Senado de la República. El buen desempeño del gobierno de la Ciudad de México a cargo de sus principales figuras: Cuauhtémoc Cárdenas, Rosario Robles, López Obrador y Marcelo Ebrard, revela el potencial para consolidar una creíble y confiable opción de gobierno. Sin embargo, la polarización y la radicalización en el discurso lo han marginado y lo han convertido, más que en amenaza, en una opción irrelevante para los anhelos y aspiraciones de millones de mexicanos.

Desde la perspectiva central y centralista, los signos de la política no son alentadores. Los poderes públicos sufren el desgaste derivado de una situación adversa que afecta a la inmensa mayoría de los mexicanos; y la política, sus hombres y sus instituciones se han desprestigiado. Para las nuevas dirigencias, el camino hacia adelante debe trascender la disputa por el poder presidencial y convertirse en una oportunidad para construir las bases de un proyecto nacional incluyente, fundado en la tolerancia, que procure justicia para quienes menos tienen y otorgue libertades para potenciar las fortalezas del cuerpo nacional.

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