La importancia del Estado de México


Liébano Sáenz

La importancia del Estado de México es innegable; siempre lo ha sido y lo reafirma ahora su posición como la entidad más poblada y la de mayor crecimiento. En este territorio habita el 13% de los electores del país; unos por derecho de nacimiento y otros más por ser beneficiarios de la generosidad y capacidad de asimilación de la entidad mexiquense pues, según un dato poco conocido pero de la mayor trascendencia, del total de ciudadanos habilitados para votar (poco más de 10 millones), más de la mitad no son oriundos del estado. A ello se debe que este territorio sea una forma de síntesis del país.

En el Estado de México se presentan, como en todo el país, manifestaciones extremas de riqueza y pobreza, concentración y dispersión demográfica, modernidad y tradición, dinamismo económico y atraso. Resulta evidente, hasta para el visitante ocasional, que en los años recientes la entidad ha vivido un acelerado proceso de transformación con una inversión en infraestructura que no tiene precedente. Muchos de estos procesos han estado sujetos a esquemas de participación privada, tema polémico pero defendible, sobre todo en lo referente a vialidades rápidas para automotores, ya que no es deseable que la totalidad de los contribuyentes se haga responsable de algo que sólo beneficia a una estrecha minoría de la población.

La inversión también ha alcanzado otros rubros menos visibles pero de incuestionable impacto social como son la salud, el transporte público y la educación media y superior. Ha habido un buen gobierno y una buena evaluación para su mandatario; este último dato adquiere relieve si consideramos las características propias de las poblaciones del DF y del Estado de México, normalmente más demandantes y exigentes de sus autoridades. En comparación con el resto del país, los índices de evaluación del Presidente, de empresas públicas como la CFE y de las instituciones en general son inferiores en esta región.

Con justa razón, los partidos y los políticos más involucrados en la sucesión presidencial de 2012 conceden al Estado de México una importancia mayor que se acentúa por el hecho de que su gobernador es considerado el prospecto de candidato mejor posicionado en las preferencias y forma parte del partido con más presencia en el país y con mayor estructura social y territorial. A diferencia de hace seis años, cuando López Obrador era Jefe de Gobierno del DF, hoy la situación para el gobernador del Estado de México está consolidada, no sólo por una simpatía que se propaga hacia múltiples sectores y muchas partes del país, sino también por la fortaleza del PRI en el territorio y en la Cámara de Diputados, lo que implica una empatía entre Estados y legisladores que, consecuentemente, se hace presente en la negociación presupuestal y en las necesidades de las entidades.

Al PRD se le ha dificultado procesar la contienda en la entidad. Tiene clara su importancia y su significado para 2012 pero no ha sabido construir una opción inteligente y viable entre los dos polos que ahora se confrontan. Por un lado, la dirigencia del PRD y el Jefe de Gobierno del DF se pronuncian por integrar una alianza opositora con el PAN. Una mala lectura del resultado de las elecciones en Puebla, Sinaloa y Oaxaca los conduce a conclusiones falaces; circunstancia que se suma a la carencia de un candidato fuerte y a la insistencia de convertir la contienda en un referéndum sobre el futuro de Peña Nieto, un hecho que traslada la elección al terreno más cómodo para el PRI del Estado de México. Por el otro lado, la corriente de AMLO y la del ingeniero Cárdenas defienden un proyecto alternativo de izquierda, consistente con el pasado del PRD y con una perspectiva de futuro. El problema es que la izquierda se encuentra dividida y sus hombres están en una situación de grave deterioro que le impide concitar la confianza de millones de electores.

La polarización puede ser una estrategia de campaña viable y eficaz pero requiere condiciones particulares. Fox, candidato, la promovió a partir del anhelo mayoritario de cambio; fue utilizada con extraordinaria eficacia por el PAN y su aspirante presidencial en 2006, lo que permitió desdibujar al candidato del PRI y superar en la recta final al del PRD. AMLO no supo reaccionar, sus primeras respuestas fueron contraproducentes como la de enfrentar con torpeza al Presidente Fox y a importantes empresarios. La soberbia moral lo llevó a una cerradísima derrota; un poco de prudencia hubiera hecho la diferencia.

Llevar la polarización al Estado de México no otorga fuerza, precisamente por la solidez del respaldo que existe en torno al gobernador. Los ataques sólo convencen a quienes ya estaban previamente en su contra y lo más seguro es que resulten adversos aun en el supuesto de una coalición opositora considerando el natural anhelo de muchos de los mexiquenses por ver a uno de los suyos en la Presidencia de la República. La respuesta del gobernador ante los embates de López Obrador, Jesús Ortega y Marcelo Ebrard es inteligente: “no vengan a alborotar, no nos traigan la discordia a una entidad que ha podido lograr unidad y cohesión política”.

La postura adoptada por el gobernador a favor de un entendimiento al interior del PRI para fortalecer la unidad, y con los gobiernos del Presidente Calderón y del Distrito Federal, no sólo es la estrategia más útil para la acción de gobierno sino la más efectiva para elevar los costos de la agresión, venga de donde venga y cualquiera que sea su origen o intención. La reforma política de la entidad despertó polémica y el desgaste se concentró en un sector importante de respetados analistas en los medios pero sin mayor trascendencia en la entidad o al interior del PRI. Desde la perspectiva del elector, eliminar las candidaturas comunes es conveniente además de que, según las encuestas, los mexiquenses son quienes tienen las mayores reservas hacia las coaliciones entre opositores.

El Estado de México es fundamental para la política nacional y resultaría trascendental que, por disfuncional, el intento de polarizar la elección cayera en el vacío. Como precedente, es lo mejor que puede ocurrir con miras a la elección presidencial de 2012. El país no puede resistir los efectos políticos de un desenlace electoral accidentado por la confrontación extrema.

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