Oportunismo electoral, madre de todas las desgracias


Liébano Sáenz

La incertidumbre propia de la democracia hace de las filtraciones un problema mayor en sí mismo. Quizás lo revelado resulta irrelevante por obvio, pero en boca de quien se asume que lo dice, adquiere un impacto mayor. En el caso particular de Wikileaks, el golpe a la diplomacia norteamericana resulta descomunal si se considera que se trata de la voz del gobierno; y no, como ocurre, de la de un funcionario que emite juicios de valor a partir de la impunidad que brinda el secreto. Los comunicados conocidos hasta hoy sólo revelan superficialidad por tratarse de un acervo basado en lo que muchos expresan a partir del prejuicio y de la ignorancia. Todos los países involucrados, particularmente México, deben guardar reserva o distancia en lo que concierne a las expresiones y juicios hechos a partir del secreto vulnerado.

Resulta obvio que lo dicho por un diplomático en tal circunstancia no es la expresión del Estado al que representa. Por ende, no se debe sobreactuar a partir de este tipo de filtraciones y la opinión pública tampoco puede sentirse sorprendida. De siempre, la relación de EU con nuestro país ha sido sometida a una fuerte carga de prejuicio e ignorancia que se extiende a todo el sector político. Un burócrata menor o mediano no debe convertirse en motivo de distanciamiento entre países; lo que importa es la revelación de los altos funcionarios del gobierno, de los representantes al más alto nivel. El titular del Departamento de Estado o la misma Casa Blanca, para estos efectos, son los interlocutores válidos.

Es inevitable que los comunicados diplomáticos divulgados por Wikileaks, hagan referencia a los problemas más serios que enfrenta cada una de las naciones y particularmente a las preocupaciones de los norteamericanos. En nuestro caso, la lucha contra el crimen organizado no sólo es motivo de atención sino objeto de un esquema de colaboración estrecha entre ambos gobiernos. La amenaza que representan los grupos criminales vinculados al tráfico ilegal de drogas es global y se torna fundamental que las iniciativas bilaterales o regionales tengan éxito. Para ello, es menester preservar y fortalecer los lazos de colaboración entre los gobiernos de México y de EU. El deterioro de la relación sólo favorece al enemigo común: el crimen organizado.

El prestigio y confiabilidad de las fuerzas armadas están por encima del prejuicio y de las opiniones carentes de valor y de verdad. Las autoridades de todos los órdenes de gobierno, y la misma sociedad, conocen su valor, su entereza y su lealtad. El Ejército mexicano es una institución a la que no alcanza el agravio ni el desdén del diplomático extranjero. Y no requiere defensor alguno pues por él habla su actuación al servicio de la patria. En los muy difíciles momentos que enfrentan los gobiernos municipales y ante el desafío que encara el gobierno federal, la intervención del Ejército en actividades de seguridad pública ha sido crucial para contener uno de los más graves problemas del país.

Buena parte de los dilemas de la política se resuelven imponiendo claridad en los asuntos fundamentales. El deterioro del país tiene que ver con la insensibilidad sobre la relevancia que tiene el Estado como representante del interés general. Recuperarlo debe ser la propuesta eje para el próximo gobierno; responsabilidad que seguramente habrá de coincidir con el arribo de una nueva generación de políticos y gobernantes. Si esto ocurre, ahora sí deberá llegar lo que la sociedad se quedó esperando en el 2000, un momento de inflexión profunda y trascendente de la política. Efectivamente, en la actualidad coexisten el pasado con el futuro, y gran parte de la carga negativa resultante pesa en los hombros de una generación de políticos que no entendió los términos de su compromiso con el país.

Empecemos por lo básico: una declaración que requiere aclaración es un mal mensaje. La referencia del Presidente sobre la amenaza del regreso del pasado en un evento partidista tuvo una traducción que agravió al PRI y que hizo ver al mandatario como líder partidista en arenga. La parcialidad de la Presidencia en la sucesión de 2006 encendió los focos rojos en el tricolor y dio lugar a un reclamo enérgico. Una reacción explicable aunque incorrecta por parte de los legisladores del PRI fue convertir a las reformas en rehenes del desencuentro. El Presidente ha aclarado el sentido de sus palabras y, a partir de ello, lo constructivo e inteligente para el PRI es aceptar la repetida enmienda, deponer el enfrentamiento y concertar con el Presidente un acuerdo amplio por la imparcialidad, así como dar fluidez al proceso legislativo que atienda los cambios legales que con urgencia el país demanda.

La visión de Estado debe ser el común denominador de la clase política. Favorecer el reencuentro de los asuntos que nos son comunes para, desde allí, ir construyendo los acuerdos que permitan que la contienda de 2011 o de 2012 se realice en el marco de la civilidad y la urbanidad políticas pero también que los poderes nacionales puedan cumplir a plenitud sus responsabilidades y, muy particularmente, crear las bases para que el próximo gobierno represente un cambio profundo para el bien del país.

Los tres principales partidos se preparan para la contienda. Hoy mismo, el PAN se apresta para renovar su dirección nacional; y en los próximos meses, PRI y PRD harán lo propio. La apuesta más razonable e inteligente es fijarse en el futuro pero cada organización la resuelve a partir de su visión, circunstancia y mapa interno de poder. Es crucial que los nuevos dirigentes de los partidos comprendan el deterioro de la situación tanto en sus propias organizaciones como en la política toda, así como la necesidad de que los partidos recuperen su prestigio, capacidad de interlocución y representación política. Esto debe ocurrir, insisto, bajo la premisa compartida del necesario rescate del Estado.

En medio de turbulencias circunstanciales como las filtraciones de Wikileak, o aquellas de carácter sustantivo como la inseguridad o la desigualdad social, la clase política debe asumir su responsabilidad en el devenir del país. Muchos y muy grandes son los problemas y amenazas que se ciernen sobre México como para convertir en la base de la política al oportunismo electoral; sin duda alguna, la madre de todas las desgracias.

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