Una nueva generación


Liébano Sáenz

Al renovar su dirigencia, el PAN se enfrentó a la disyuntiva entre el pasado y el futuro. Ganó el primero. Al mando del partido gobernante estará la misma generación que ha ostentado el poder antes y después de la alternancia en la Presidencia, como lo evidencia la conformación del nuevo Comité Nacional. La mayoría en el Consejo Nacional hizo a un lado a la opción joven y, en su lugar, reinstauró una diversidad de intereses cuya referencia común son los políticos del régimen anterior. Si bien Gustavo Madero podría ser identificado como un engarce entre el ayer y el mañana, por la manera en que se resolvió la elección y por la identidad del grupo ganador, el nuevo dirigente es, en la forma y en el fondo, la expresión de la generación vigente en el poder.

El PRD ha sido vacilante ante la incorporación y promoción de nuevos cuadros, particularmente de jóvenes. El exitoso arribo de Gabino Cue a la  candidatura al gobierno de Oaxaca representó una buena señal pero no deja de ser un caso singular, casi de excepción. Lo mismo podría decirse para el PAN en el caso de Rafael Moreno Valle en Puebla. Los agrupamientos y facciones cupulares convierten al PRD en un partido muy distante de los jóvenes. La postura de superioridad moral que este partido asume frente a sus adversarios y a todo lo que le es ajeno, aunada a los bochornosos casos de malas cuentas como los de Greg Sánchez, en Cancún o Amalia García, en Zacatecas, promueven la imagen de un partido viejo y disfuncional que se contrapone a las aspiraciones renovadoras de la sociedad mexicana.

Para algunos, resulta una paradoja que el PRI se haya convertido en el terreno más fértil para el surgimiento de una nueva clase de políticos. Y esto se hace evidente mediante un doble proceso: el traslado del poder a los estados y el arribo de políticos jóvenes. Las tendencias que perfilan a Enrique Peña como candidato presidencial y a Humberto Moreira como dirigente del PRI, son indicadores de que una nueva generación se perfila para tomar el timón en el principal partido de oposición. Esta inclinación se reafirma con la elección de gobernadores jóvenes en los años recientes, especialmente Ivonne Ortega, en Yucatán; Rodrigo Medina, en Nuevo León; Javier Duarte, en Veracruz; Roberto Borge, en Quintana Roo; José Calzada, en Querétaro; César Duarte, en Chihuahua; Miguel Alonso en Zacatecas y Jorge Herrera en Durango.

La noción de una nueva generación de políticos no sólo alude a la edad, sino a una forma distinta de hacer política y de ejercer el poder. Los hábitos y costumbres que caracterizan al viejo estilo político evidencian la impronta del México no democrático, ésa que va muy de la mano del refugio en las formas vanales, de la simulación, la intolerancia encubierta y la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, y que se asocia con la incapacidad de luchar y defender convicciones e ideales más allá del interés personal o de grupo. El mayor pecado de la vieja generación es no haber correspondido a la oportunidad que le plantearon la apertura democrática y la alternancia en el poder. Las cuentas son dolorosamente adversas, no sólo para ellos sino para el conjunto del país. Queda claro que esta generación añeja no comprendió los términos de la responsabilidad que conlleva el modelo democrático y el poder político compartido y repartido.

Una de las mayores deficiencias del pasado reciente ha sido la resistencia a la reforma. El país ha perdido en todos los frentes por una clase política incapaz de dar cauce a los alientos de renovación. A ese segmento lo caracteriza una fuerte carga de ignorancia y el dogmatismo alimentado por clichés que se convierten en fijaciones mentales. La manera como el Senado ha abordado la propuesta del Presidente y de los Gobernadores con respecto al mando único policial es un ejemplo reciente. Los argumentos del debate son vergonzosamente mediocres. La falta de arrojo y de compromiso por parte de la generación política en el poder es motivo de un significativo fracaso histórico que ha envilecido al proceso democrático y que ha conducido al desprestigio de las instituciones fundamentales de la República como son el Congreso y los partidos políticos.

La nueva generación es expectativa esperanzadora; su eficacia política, su determinación y su ánimo abren paso al optimismo. Los jóvenes de todos los partidos entienden mejor los términos de la lucha por el poder, así como la necesidad de acreditarse a través de las buenas cuentas en el ejercicio del gobierno. Los mejores exponentes de esta generación son hábiles comunicadores precisamente porque tienen mayor conocimiento y sensibilidad con respecto a las aspiraciones de la sociedad. Reconocen el valor de los medios y, a diferencia de sus antecesores, no los miran con desconfianza sino como aliados imprescindibles en el ejercicio de la política.

No se trata de idealizar; sin embargo, el relevo generacional abre camino a una posible y probable expectativa de cambio. De cara a los múltiples problemas que el país padece, no se puede apostar a que un hombre o  un grupo puedan por sí mismos revertir el deterioro de la política. Tampoco puede asegurarse que la nueva generación de políticos sea inmune a la cultura autoritaria que innegablemente ha heredado, pero queda claro que sus aspiraciones trascienden por mucho el mero arribo al poder. Conviene escucharlos y valorarlos por encima del prejuicio y la superficialidad que somete a un influyente sector de opinión. La nueva generación no sólo pretende el poder sino que anhela su transformación. En su deseo de consolidar un cambio positivo subyace la evocación de la generación de la llamada República Restaurada; sin duda, el periodo más glorioso de la política en la historia nacional.

El desenlace del proceso de renovación de la dirigencia del PAN es una lección sobre la manera en que la resistencia al cambio puede articular los intereses más diversos. Esta capacidad no es exclusiva de dicho partido sino que representa el escenario fundamental en el que habrá de dirimirse, dentro, fuera y entre los partidos, la lucha por el poder nacional. Una disputa discreta, al amparo de los “buenos modos” de la vieja tradición política, que no por ello dejará de ser real, feroz y sin tregua. La contienda futura no será necesariamente entre un partido u otro, la disyuntiva será o los mismos de siempre o una nueva generación de dirigentes en el país con todo lo que ello implica.

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