La Navidad: Nacer y renacer


Liébano Sáenz

Es el día del prodigio. Difícil poner el corazón a la altura cuando nuestra conciencia ha sido secuestrada por la incertidumbre, la tensión, la angustia y la frivolidad… Y, sin embargo, es hoy, precisamente, cuando la necesidad de asistir a la principal conmemoración del mundo cristiano se vuelve más urgente.

La buena espera del adviento ha terminado. El milagro de la Natividad está presente aquí y ahora con la misma, enorme, imponente fuerza que hace más de dos mil años consumó la profecía anunciada antes de todos los tiempos; con ese brío que, pese a siglos y olvidos, sigue modificando el tiempo, iluminando hogares, exaltando ánimos e inspirando sueños; como una hermosa, esperada e imperiosa pausa que propicia el abrazo, serena la mente, reconcilia el espíritu y descansa el corazón.

El espíritu navideño puede parecer insondable pero es verdadero y absolutamente perceptible; se busca donde está más oculto como si no fuera obvio que se puede hallar en cualquier parte, exactamente igual que los hombres de hace dos milenios buscaban al rey de los judíos en medio de coronas de oro y tronos riquísimos mientras ignoraban el humilde pesebre de Belén.

La infinita sabiduría de la Natividad es tan simple como imponente. Se anuncia con miles de luces y se invoca en centros comerciales repletos de almas consumidoras, pero su esencia está en otro lugar; ni cerca ni lejos sino en otras dimensiones que no conoce el espacio, el tiempo, mucho menos los haberes o los prestigios de los convencionalismos circunstanciales; está en la mirada de un padre, en la sonrisa de un niño, en el abrazo de un amigo, en el ideal de un soñador y en la lucha de un justo. Se manifiesta en la lealtad que le debemos al corazón propio y en la nobleza de la que todo ser humano ha sido dotado aunque también tenga el derecho de no hacer uso de ella.

En aquel establo, donde José y María terminaron su peregrinar, aparentemente solos, se gestó el prodigio de la Navidad; un milagro que tiene el poder de replicarse. Nacer y renacer; comenzar y recomenzar para dar sentido a la vida y para gloria del mundo. Una presencia que obliga a una forma de vida cristiana, la del amor al prójimo, la de saber perdonar y asumirse perdondado, la que hace del bien mayor la felicidad de todos, especialmente, de los que viven en la dificultad por accidente o decisión ajena.

El sencillo mensaje que trajo al mundo aquel niño con vocación de carpintero que caminó en sandalias y se hizo acompañar por 12 seguidores, es una cátedra convertida en bendición eterna que no podemos relegar, ni en estas celebraciones decembrinas ni nunca.

Aquella noche buena de aquel tiempo, ese niño reveló como nunca antes el sentido de la vida. Conocer, creer y compartir el significado de la Natividad de Jesús, regocijarnos en ella y apreciarla como el más valioso obsequio del Creador convierte todo pensamiento y toda obra en auténticos actos de amor. Así de inmenso es el mensaje de la Navidad y así de brutal la omisión de no escucharlo.

Conmemorar ese nacimiento es hacer un alto en el camino para recordar, para reflexionar y para rescatar el legado que hemos recibido, mucho más ahora que las realidades cotidianas nos gritan lo olvidado que lo tenemos y lo profundo que lo hemos enterrado. Mucho más ahora que nos rodean los falsos Mesías; ahora que en México lamentamos a los más de 30 mil muertos que ha dejado una guerra que parece no tener fin; que la pobreza, la injusticia y la violencia golpea a millones de mexicanos y que cientos de hombres y mujeres siguen abandonando su tierra todos los días para lanzarse con una valija llena de sueños en busca de un anhelo al que no quieren renunciar.

El mensaje proclamado a partir del nacimiento de Jesús hace dos mil años es hoy abrumadoramente vigente e imponentemente esperanzador.

Hoy es el día del prodigio y, evocar la Navidad, hace propicia la oportunidad para nacer y renacer; para comenzar y recomenzar, y para vivir permanentemente el milagro. El libre albedrío es espacio para la responsabilidad, para construir en convicción y conciencia una realidad mejor, una familia, una ciudad, un estado, un país, un mundo mejor, fundado en el amor.

Bienvenida pues la Navidad y, con ella, la prosperidad en el corazón y el inmenso regocijo de disfrutar una vida con sentido y con motivo.

Cierro esta colaboración deseando que los lectores estén disfrutando en familia esta fecha que hoy he querido evocar en la forma más respetuosa posible. Mi propósito ha sido subrayar el derecho a la esperanza con el que todos los seres humanos, creyentes y no creyentes, al nacer somos dotados.

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