Pasiones y elecciones


Liébano Sáenz

A pesar del ruido que produce, la disputa por el poder está destinada a dirimirse por la vía electoral. Eso es lo sano, lo conveniente y lo útil. Por ello, es preciso alcanzar consenso en las reglas electorales y sus procedimientos, aun si son extremas las diferencias en los temas sustanciales de la política. Traducir la lucha por el poder al lenguaje de los votos es una fórmula imperfecta y, sin embargo, la más civilizada y constructiva que hemos conocido. No en vano, conforme se aproximan las elecciones presidenciales de 2012, los partidos actualizan dirigencias y afinan estrategias.

Los comicios de este año, con Guerrero como punto de arranque, se ubican en un doble marco. El de carácter local es el primero y el fundamental. Lo es porque los procesos son definidos por los votantes de cada entidad y la elección de autoridades está determinada por la dinámica particular del lugar, lejos de las opiniones y posturas de la ciudad de México que, en no pocas ocasiones, están apartadas del sentimiento regional. El segundo marco es el nacional; de alguna forma los partidos y los eventuales contendientes nacionales establecen vínculos reales o virtuales, y es común que desde el centro se desprendan conclusiones excesivas sobre las implicaciones de los comicios. Que un partido o un candidato triunfe en una elección de gobernador no significa que los votos le pertenecen ni que pueda disponer de ellos a placer en el juego sucesorio nacional.

Los acontecimientos recientes en el Estado de México y la eventual postulación del diputado Alejandro Encinas por una coalición de izquierda que ya quedó resuelta desde un restaurante del centro del Distrito Federal, propinan un duro golpe a las alianzas opositoras, favorecen una recuperación de terreno para los partidos y promueven la práctica de seleccionar a los candidatos dentro de las propias filas. Nuevamente, y no obstante la intervención en este caso, del Jefe de Gobierno del DF, la suerte de las elecciones al final sólo depende de una decisión local; está en manos de los mexiquenses. El viraje es positivo, no sólo desde el ángulo partidista, sino porque un sector del PAN apostaba a la descalificación de la elección y a la no participación en la contienda. El movimiento reciente ha dejado muy mal parado al PAN, particularmente a su dirigencia nacional, y ha propiciado una recuperación de terreno para el PRD. Sin embargo, la ventaja que exhibe el PRI, aún sin candidato, es muy difícil de superar.

Coahuila y Michoacán son otras estaciones de paso importantes. Se trata de estados con un impacto político muy destacado; el primero para el PRI; y el segundo para los tres partidos. El PRI ha consolidado su posición en Coahuila gracias a la positiva evaluación del gobernador Humberto Moreira y la abrumadora preferencia conseguida por Rubén Moreira, hermano del mandatario, quien asegura haber concitado, hasta hoy, el apoyo mayoritario de sus paisanos. Como resultado de la fortaleza propia del PRI y de la debilidad de los adversarios, Coahuila puede exhibir resultados inéditos. En Michoacán, una derrota del PRD y un triunfo del PAN o del PRI serían muy significativos tanto para la entidad como para el país, sobre todo si la candidata triunfadora fuera la ex senadora Luisa María Calderón, hermana del Presidente.

La renovación de la dirigencia de los partidos es otro proceso significadamente relevante. En el caso del PAN, llama la atención que lejos de centrarse en los temas que preocupan a los ciudadanos, el mensaje inicial del nuevo dirigente haya estado enfocado en la convalidación de las alianzas. Error inexplicable e injustificable pues no se vislumbran alianzas en el horizonte, sino al contrario. Al parecer, el líder del PAN subestimó la fuerza y el ascendiente de López Obrador en el PRD, y no ha asimilado el anhelo del PAN por recuperar al partido. A este error se suma el mensaje elogioso del Senador Madero en torno a la candidatura de Alejandro Encinas. No advirtió que era el fin de las alianzas, al menos para el Estado de México.

En el caso del PRI, la postulación de Humberto Moreira tiene tres expresiones: una estrategia de defensa del partido ante la eventual parcialidad del gobierno federal, una incluyente alianza regional de poderes locales que se manifiesta en el centro y en el norte del país, y el arribo de una nueva generación de políticos con una perspectiva distinta del poder y de su ejercicio.

El PRD enfrenta dificultades serias. De origen están las que remiten a la debilidad de su vida institucional. La fuerza política del jefe de gobierno del DF y del ex candidato presidencial López Obrador han puesto en entredicho la autoridad de la dirigencia formal. El ex gobernador de Michoacán, Lázaro Cárdenas, ha sido propuesto para mediar entre los grupos en disputa pero no queda claro qué habrá de suceder. El PRD no renovó ni actualizó prestigios. El mal ejercicio del gobierno y el movimientismo lo han desgastado en buena parte del país.

Los partidos políticos no deben perder de vista que los ciudadanos sí creen en las elecciones, que sí participan y que, cuando no están satisfechos con los gobernantes, deciden echarlos fuera votando por la oposición. Las cifras de la alternancia en elecciones de gobernador son sumamente elevadas; representan una de cada dos elecciones. Este aspecto es muy significativo porque, no obstante las dificultades de los partidos en su vida interna, las deficiencias de las reglas electorales, la parcialidad o una intervención indebida de autoridades en los comicios, los ciudadanos deciden quién habrá de estar en el poder. Y en el ámbito local, esta circunstancia es nueva al menos en lo que toca a la elevada participación electoral que hace trasladar la decisión a los electores sin vínculos orgánicos con los partidos.

El cambio en curso no podrá resolverse en términos de prácticas electorales y perspectivas tradicionales. La lógica profunda de las tres últimas elecciones presidenciales señala que la decisión está en manos de los ciudadanos y esto, ahora, se manifiesta al ámbito de los comicios locales. Los niveles de participación son considerablemente superiores a los de la elección precedente, y el PRI perdió tres elecciones de gobernador no obstante haber alcanzado votaciones históricas. La nueva realidad impone un reto mayúsculo para partidos, candidatos y estrategas de campaña: los sentimientos y la inteligencia del electorado deben ser tomados muy en serio.

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