Reconciliación, el urgente llamado


Liébano Sáenz

Un nuevo ciclo se inicia en el entorno político. Para algunos, los sexenios constan de cuatro años de ejercicio real del poder; quienes así piensan, descuentan el primero, o parte de éste, para tomar las riendas del gobierno, y el último lo destinan para el proceso de la entrega. En realidad, considero que los primeros años son los más relevantes; más aún, las primeras semanas suelen volverse críticas porque las acciones emprendidas en este periodo determinan un tono y un estilo difíciles de cambiar. Conforme avanzan los años, las expectativas de cambio inherentes al nuevo gobierno ceden en forma inevitable al tiempo que la sucesión presidencial hace sentir su presencia. La agenda de cambios legales y el ejercicio del poder público no deben y no pueden estar condicionados por la agenda electoral durante dos largos años y, por ello, para el Congreso y para el Presidente es fundamental contener los efectos de una sucesión adelantada.

La Constitución y la ley electoral fueron modificadas con el propósito de reducir los tiempos de campaña y regular las precampañas. Entre las promesas de la reforma electoral destacaban la reducción del gasto electoral y el acortamiento de los tiempos convulsos propios de las elecciones y de los procesos de los partidos para seleccionar a sus candidatos. Por lo pronto, queda claro que las elecciones ahora cuestan mucho más que en 2007; el gasto por día de campaña se ha incrementado de manera importante. Además, el costo de radio y Tv ha sido trasladado a los tiempos oficiales en estos medios y el hecho de que los partidos no paguen la publicidad no significa que no tenga costo; siempre habrá a quien le repercuta.

Un asunto polémico que en buena parte riñe con la cultura autoritaria y patrimonialista del poder es la separación entre el poder público y el poder partidario. La misión de los gobiernos no es la de ganar elecciones en el sentido de volverse agencias al servicio de un partido; y los partidos, particularmente el que gobierna, no pueden despojarse de su identidad sino que están llamados a mantener debida distancia y preciso espacio de independencia para la toma de sus determinaciones fundamentales. Todo gobierno democráticamente electo desea que su desempeño sea ratificado con el triunfo de su partido pero la manera de lograrlo, al menos la más eficaz y conveniente para todos, es a través del buen ejercicio del poder público. Esta es la lección que dejó el desenlace de los doce comicios de gobernador celebrados en julio pasado.

El PRI y el PAN han renovado su dirigencia nacional y para el PRI, en lo que concierne a los resultados conseguidos en los años recientes, el balance es positivo. Aunque sufrió derrotas costosas como las de Sonora, Sinaloa, Oaxaca y Puebla, también ganó Yucatán, Querétaro, San Luis Potosí, Zacatecas, Aguascalientes y Tlaxcala, además de haber logrado avances municipales importantes en Morelos, Jalisco y Baja California. Lugar destacado merece el triunfo en la elección de diputados de 2009, la de gobernador en Nuevo León y la intermedia del Estado de México.

El PRI cambia de dirigencia con el profesor Humberto Moreira a la cabeza, mandatario muy bien calificado por los coahuilenses. Como ha ocurrido en muchas partes del país, una nueva generación conquista los altos niveles de responsabilidad política. En este caso, se entrevera una referencia generacional con una alianza de carácter regional que es consecuente con las fortalezas de ese partido. El norte es uno de los bastiones donde el PRI tiene mayor presencia, al igual que el centro del país, especialmente Querétaro, Hidalgo, Tlaxcala y Estado de México. Este partido conoce sus fortalezas y sus debilidades, de ahí su llamado a la unidad y el sentimiento de alerta sobre una eventual intervención presidencial en la elección, como ocurrió hace seis años.

En el caso del PRD, tradicionalmente su fortaleza deriva, no de su vida institucional, sino del prestigio y ascendiente social de sus líderes más visibles. Sin embargo, ahora presenta la particularidad de un liderazgo bicéfalo producto de la persistente actividad y presencia del ex candidato presidencial López Obrador, quien mantiene una importante autoridad en la izquierda a partir de una tozuda consistencia y congruencia, frente a la notoriedad que adquiere el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard. Es posible que prevalezca el entendimiento pero cada vez se hacen más evidentes las diferencias de proyecto y perspectiva entre ambos personajes; el tema de las alianzas y la eventual candidatura de Alejando Encinas al gobierno del Estado de México así lo demuestran.

Por su parte, el PAN dejó pasar la oportunidad de la renovación generacional y el posible planteamiento de un serio desafío para el PRI, al disputar en forma y fondo el proceso de renovación política. El dirigente Gustavo Madero goza de aprecio y reconocimiento en el partido y fuera de éste pero el hecho de no haber previsto el ocaso de las alianzas le deparó un inicio accidentado y un tanto desafortunado. Los gobernantes a los que el PAN llevó al poder en el 2010 no han dado muestras de afinidad básica hacia el partido que los apoyó. La agenda que plantea los cambios legales no está recibiendo impulso y, por la debilidad de la dirigencia, ha sido el gobierno el que ha tenido que responder a los señalamientos críticos de los adversarios. Sin embargo, este año, el PAN tiene oportunidad de acreditar eficacia electoral en Baja California Sur y Michoacán aunque en el primer caso haya postulado a un candidato ajeno a sus filas.

La necesidad de que el país supere la polarización y el encono que legó la elección presidencial de 2006 es apremiante y es fundamental, no sólo por razones de comodidad o urbanidad, sino porque es indispensable para generar un sentido de compromiso de todos con el país y para hacer realidad los cambios que demanda la atención de los problemas nacionales. La pluralidad debe ser una de las fortalezas de México, no su obstáculo; y la reconciliación, que parece haber desaparecido del diccionario de la política mexicana, debe ser recuperada urgentemente por los líderes partidistas y por aquellos que encabezan el gobierno. Lo que se haga este año será determinante.

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