Lodazal en Guerrero


Liébano Sáenz

Mañana domingo en Guerrero tendrán lugar los primeros comicios del 2011. Pese a gobernar la entidad, el PRD postuló a un senador priísta y ex gobernador que aspiró a la candidatura por el Partido Revolucionario Institucional. El PRI, por su parte, presentó como candidato a Manuel Añorve, presidente municipal de Acapulco. El PAN se decidió por Marcos Parra, ex alcalde de Taxco quien, en el último momento, de manera concertada con la dirigencia nacional de su partido, decidió declinar a favor del priísta postulado por el PRD.

Las campañas se han desarrollado de manera muy accidentada y la polarización ha sido una constante. Lo más preocupante no son las campañas sean negras per sé sino que éstas tengan a las autoridades como raíz, especialmente en lo que respecta a la divulgación de información jurídicamente protegida y sumamente delicada por el tema y sus implicaciones. Hacer campaña electoral a costa de las instituciones del Estado relacionadas con la procuración de justicia es un recurso inaceptable. Considerando su dolorosa experiencia en Michoacán, resulta inexplicable que el PRD no haya repudiado tales expedientes.

El oportunismo electoral conduce a la incongruencia y al olvido de principios, y es un recurso que está provocando un serio daño a los partidos políticos. Ya se ha dicho aquí: la democracia requiere partidos fuertes, unidos, consecuentes con sus principios, formadores de cuadros y abiertos a los ciudadanos. Los partidos en todo el mundo están en crisis, pero en México su descomposición es promovida en las propias cúpulas o desde el poder gubernamental, impulsados por un autodestructivo cálculo para vencer al adversario a toda costa, incluso de su propia identidad y de su misión política e ideológica.

Cooptar candidatos de la acera de enfrente, suscribir alianzas con contrarios o retirar candidatos en el última minuto de los comicios no son movimientos inspirados en las bases ciudadanas o partidistas sino un producto del juego de las élites de los propios partidos y del gobierno. Por este camino, los partidos pierden sentido y razón, y se convierten en simples maquinarias al servicio de los intereses de las cúpulas políticas. El debate se desplaza del terreno de lo ideológico al de la descalificación personal. El tema de discusión no son los programas sino las biografías; y el método está determinado por las peores artes de la comunicación política, como ha sido evidente estos días en Guerrero.

Es comprensible que la disputa por el poder se torne ruda, que lleve a la confrontación e incluso a la polarización pero este efecto ha de ser temporal y debe existir pleno sentido de prudencia. La democracia tiene principios de funcionalidad. La inexperiencia liberal y el déficit del desarrollo político en el país cobran ahora una costosa factura: llegar a la democracia sin demócratas, sin jugadores dispuestos a acatar las normas que corresponden a este marco. Se ha perdido el sentido de los límites; todos los esfuerzos se dirigen a destruir al adversario y ganar el poder a cualquier precio, incluso el del propio partido y el del proyecto que se suscribe. Ello explica la facilidad con la que la polarización se vuelve una realidad cotidiana.

Otro aspecto central que tiene que ver con los límites es la necesidad de que los gobiernos se concentren en las tareas que les corresponden. El interés general o el bien común los obligan a gobernar para todos. Las autoridades no deben interferir en los quehaceres que sólo corresponden a partidos y candidatos. Esto no significa que los gobernantes deban ser indiferentes hacia los partidos que los llevaron al poder; justo lo contrario, su obligación es ser consecuentes con el programa político que respaldó mayoritariamente el voto ciudadano. De eso se trata, de que los gobiernos cumplan el mandato para el cual fueron electos. Hacerlo bien y gobernar con apego y rigor es la mejor, la más eficaz y la más legítima forma de respaldar al partido que los condujo al poder. Hacer de la oficina pública, de sus recursos, de sus instrumentos o de la información disponible, un medio para intervenir en la vida interna del partido o de la competencia electoral es contrario a los principios de la lucha democrática.

Las elecciones injustas impiden que los comicios cumplan la tarea de legitimar a quien ejerce el poder. Además, prolongan la disputa y alejan la concordia del horizonte, y es ésta la que debe prevalecer una vez que concluye el proceso electoral. Elecciones de lodo propician gobiernos de lodo y debates de lodo, formando una cadena interminable de agresiones, insultos y agravios que impiden la función del poder público, obstruyen acuerdos plurales sobre temas fundamentales y convierten al chantaje en la única vía para matizar la polarización y el desencuentro.

Las campañas de lodo cubren de lodo todo lo que las rodea, los medios, los directivos de los medios y sus trabajadores. Manchan a particulares que cumplen con el oficio profesional de asistir a los candidatos. El lodo amenaza con extenderse a todos los espacios de la política y de la sociedad, sobre todo cuando los medios, con todo el poder e influencia que les es propio, asumen el reparto de lodo como uno más de sus quehaceres, bien sea por estrategia comercial, por interés de sus propietarios o por simple sentido del deber en el ejercicio periodístico.

Las elecciones de Guerrero nos invitan a hacer una obligada reflexión sobre el futuro de la democracia electoral en el país. No hay regla, autoridad o tribunal capaz de conducir a la normalidad democrática sin la participación de actores políticos y medios de comunicación que tengan sentido de los límites y el compromiso fundamental sobre lo que debe ser el debate y la disputa por el poder a través del voto.

Los usufructuarios de la descomposición de la democracia electoral son demasiado pocos como para que resulte válido continuar por la misma ruta. Lo que está de por medio es muy importante, no solamente para nosotros sino para las generaciones futuras. Recuperar la normalidad democrática exige un cuestionamiento serio sobre el país que queremos y la consecuente actuación de cada uno de nosotros.

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