El Presidente: entre la polarización y la armonía


Liébano Sáenz

Frente a los graves problemas que vive el país por la inseguridad, llama la atención la inclinación de los políticos por la confrontación y la polarización. El debate sobre las alianzas ha modificado el mapa del acuerdo nacional al distanciar al Presidente con el PRI, el partido con mayor presencia en gobiernos locales y en la Cámara de Diputados. La agenda electoral de 2010 y de lo que va de 2011, se ha desahogado con normalidad, como lo corroboran las resoluciones del Tribunal Electoral; sin embargo, el país se ha polarizado en lo político, a la vez de que el tema de la inseguridad genera preocupantes efectos.

El asesinato de candidatos y funcionarios electos, así como el homicidio del agente norteamericano Jaime Zapata, aunado al incremento en los delitos de alto impacto en varias regiones del país, plantean un escenario complicado para todos los órdenes de autoridad, no sólo al Presidente y su partido. No es momento de desagarrarse las vestiduras, tampoco de regatear colaboración o de trasladar a terceros o al pasado culpas o responsabilidades; existe necesidad básica de la unidad de las instituciones de la República en torno al Presidente, Jefe del Estado mexicano.

Por su parte, el Presidente Calderón está llamado para actuar y participar de este esfuerzo; impedir que la pasión y los intereses propios de la disputa política anulen la determinación de las autoridades para hacer frente a los problemas y desafíos en puerta, especialmente, el de la seguridad. La relación bilateral con EU se ha tensado; ha sido muy negativo el efecto de los comunicados oficiales revelados por Wikileaks. Hubiera sido deseable un entendimiento que atenuara diferencias y agravios. Es muy importante que la clase política y el conjunto del país respalde al Jefe de Estado en un momento difícil de la relación bilateral. Sin embargo, el Presidente también debe ser facilitador de esta actitud, especialmente, acreditando su compromiso por la unidad nacional y por un sentido del ejercicio del poder con fundamento en el interés general.

La presión electoral irá en incremento. Lamentablemente, la elección del Estado de México se ha extrapolado al nivel nacional. Votarán los ciudadanos mexiquenses, sólo a ellos corresponde la decisión final sobre la renovación del Ejecutivo local. Una sucesión presidencial anticipada ha llevado al PAN y al PRD a intentar descarrilar el proyecto del político con mayor respaldo en la competencia del 2012. Están en su derecho, no así llevar al país a la confrontación y a hacer de la contienda un ejercicio de tierra y lodo. Tampoco las autoridades, mucho menos las federales, deben participar de una elección que, insisto, sólo compete a los ciudadanos del Estado de México.

Las alianzas han tenido un efecto negativo en el consenso nacional. Derrotar al adversario a toda costa, incluso del proyecto propio, ha tenido efectos nefastos para la política nacional. Los partidos que las han promovido se han debilitado en extremo y es discutible que las autoridades que han llevado al poder, les representen por el sentido de las decisiones que están tomando. En el caso particular del Estado de México, el insistir en las alianzas ha llevado al PRD a su peor crisis; los cuestionamientos no sólo vienen de sus dos excandidatos presidenciales: Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador, sino de una base de electores que, al menos en el Estado de México, está profundamente dividida en la aceptación de alianzas entre contrarios.

Para el PAN la situación es no menos preocupante. En lugar de concentrar su esfuerzo para recuperar la base electoral y representatividad que alcanzó en el pasado, ocupa su tiempo en sumar lo que quede del adversario ideológico. Sus dirigentes vuelven la vista hacia arriba y calculan hacia 2012, cuando lo fundamental está en la base electoral y en la necesidad de ganar la confianza con miras en los comicios en puerta. El PAN ha dejado de hacer política y de dar actualidad a la lucha cívica por mejorar la calidad de la democracia; ahora se ocupa de lo secundario, parece no advertir su condición de tercera fuerza en el Estado de México o de una muy disminuida circunstancia en Coahuila y Nayarit. Lo peor de todo es la apuesta a la ilegitimidad de la elección a través del descrédito de las autoridades electorales; una forma de regreso a lo peor del pasado.

El Presidente Calderón tiene una muy elevada responsabilidad para recuperar la armonía política para que las elecciones de 2011 y 2012 se desarrollen en normalidad. Debe quedar claro que el poder presidencial no da para definir candidaturas o resultados electorales; la exitosa historia personal del Presidente Calderón así lo consigna. Por ello es fundamental que desde la Presidencia se aliente un sentido de concordia y entendimiento que permita que la lucha por el poder tenga lugar a través de las reglas y de los canales propios de la democracia. El debate, las diferencias y las críticas son consustanciales a la pluralidad del país y del régimen de libertades, no así la polarización y el desencuentro en temas fundamentales para los mexicanos.

El PRI habrá de renovar dirigencia. Con Humberto Moreira arriba una nueva generación de políticos claramente diferenciados; eficaces, liberales y con una sensibilidad social que les ha permitido gobernar en condiciones de un amplio consenso. El PAN, al momento de decidir su futuro, dejó pasar la oportunidad para transitar por un camino semejante y de muy poco ha servido la renovación de sus cuadros dirigentes. El PRD también habrá de designar nuevos dirigentes, ocurrirá en un entorno de división profunda que compromete en sus fundamentos la identidad del proyecto político que le dio origen.

El Presidente es el principal factor para la armonía nacional. Para ello será necesario mantenerse ajeno a la disputa política. No por ello deberá renunciar a su identidad y afinidades ideológicas y políticas; pero su lugar, insustituible, es el de Jefe de Estado, representante de todos los mexicanos. La circunstancia y los problemas del país, así lo exigen.

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