Hacia la polarización


Liébano Sáenz

De cara a la elección de 2012, los actores políticos se conducen peligrosamente hacia la polarización. El debate y la confrontación de ideas y propuestas, propias de la disputa democrática por el poder, están siendo desplazadas por la descalificación y el insulto. A los actores en el gobierno y sus asociados por la obsesión “táctica” de las alianzas, se dirigen hacia terrenos que enrarecen el ambiente en el que habrá de desarrollarse las campañas y fomentan el cultivo de agravios que obstruyen la necesaria reconciliación posterior a la contienda, así como la deslegitimación de las instituciones y de las reglas que deben mediar la contienda por el poder. El resultado será un país dividido por su clase política.

A la dirigencia del PAN se le ha hecho fácil hacer de su adversario político un asociado voluntario del crimen organizado, actitud propiciada por declaraciones ligeras de altas autoridades federales. Así ocurrió con el PRD en Michoacán y, no obstante haber fracasado allá, ahora pretenden generalizarla hacia el PRI, como fórmula para mejorar la intención de voto por su partido.

Además de ineficaz, esta estrategia es sumamente costosa para la lucha del Estado mexicano contra el crimen organizado. Este desafío, el más grave que enfrenta el país en la historia contemporánea, necesariamente debe concebirse como una lucha de todas las instituciones, órdenes de gobierno, poderes públicos y de la misma sociedad. Hacer del delito y de la violencia medio para el desprestigio del adversario es de extrema irresponsabilidad. En ello debe reconocerse que en el debate que celebraron los dirigentes de los tres partidos mayores en el espacio televisivo conducido por Carlos Loret de Mola, el dirigente del PRI, Humberto Moreira, cuidó no hacer del tema un recurso para golpear al partido en el gobierno. El dirigente del PAN, Gustavo Madero, no fue consecuente con ello. Allí está el caso de Nuevo León, donde el tema de la seguridad ha sido partidariamente manipulado con la pretensión de desprestigiar a las autoridades.

Es absurdo utilizar las declaraciones de un político muy marginal y en desgracia, como es el caso del exgobernador de Nuevo León, Sócrates Rizzo, como evidencia de la vinculación histórica de un partido con el crimen organizado. El ex funcionario pudo haber dicho eso y mucho más, y pudo también sostener su dicho (cosa que no sucedió) pero es bien sabido el poco valor probatorio que tienen sus palabras. El empleo de estas afirmaciones como maniobra de campaña política en Nuevo León, donde la ciudadanía se debate en una grave situación de violencia por el enfrentamiento de grupos criminales es, insisto, un recurso que refleja la más elemental irresponsabilidad. Minar a las autoridades establecidas es hacerle el juego a quienes han perdido toda consideración por la vida humana y por las normas más esenciales de convivencia. Sin embargo, esto parece perder valor de cara a los comicios federales y locales de 2012; todo indica que lo importante es ganar la elección aunque en el camino todo quede destruido.

La actual dirigencia del PAN ha optado por ser “la oposición de la oposición”, cuando debería estar ocupada en razonar, defender y promover las acciones del poder nacional. Algo positivo podrá decir el dirigente del PAN de lo realizado en la última década; el país lo requiere para no perder sentido de la realidad y para establecer un contrapunto al argumento opositor. Lo han intentado, con acierto, la coordinadora de los diputados panistas, Josefina Vázquez Mota y el senador Santiago Creel. Los funcionarios del gobierno también se han esmerado en acreditar los resultados; de ahí que resulte inexplicable que el dirigente nacional del PAN priorice la táctica de descalificar el argumento del adversario acerca de la pobreza a partir de eventos que ocurrieron en un pasado muy lejano: 1994 ¡Casi dos décadas previas a la fecha en la que habrá de dirimirse la elección presidencial!

El debate puede ser deficiente, ineficaz o irrelevante. La cuestión no es la calidad sino el propósito, y es evidente que no queda espacio para la democracia en medio de la guerra de desprestigio que desde hace tiempo protagonizan los actores políticos. No aprendimos nada de las lecciones positivas que dejaron los comicios presidenciales del 2000, y tampoco asimilamos las múltiples  secuelas negativas de la sucesión de 2006. Al menos deberíamos admitir la inconveniencia de que la Presidencia se convierta en rehén de la circunstancial disputa electoral, como lo ha destacado Héctor Aguilar Camín en dos bien razonadas colaboraciones publicadas en Milenio Diario.

Los políticos deben recuperar el sentido de cuidado y de respeto hacia el espacio común. Existen reglas y principios que no se pueden violentar sin menoscabo de la coexistencia armoniosa, de la pluralidad y de la conducción civilizada de la contienda política. No hay código ni sistema judicial que valga frente a jugadores irresponsables y desentendidos del juego democrático. Como lo exige todo buen resultado, lo que se requiere es una actitud de autocontención, particularmente de quienes tienen mayor responsabilidad política: el Presidente, los gobernadores, los dirigentes de los partidos y, en su momento, los candidatos. No puede arrollarse todo en nombre de la competencia.

La política sufre un severo y creciente deterioro por la polarización heredada de las campañas sucias de 2006 cuando desde la presidencia de la República se intentó sacar de la contienda al candidato que llevaba ventaja en la intención del voto. No podemos desandar el camino recorrido, pero sí estamos llamados a aprender de lo sucedido en el trayecto para no cometer los mismos errores. Repetir el juego que tanto daño ha causado al país y que ha desprestigiado a la política,  a sus hombres y a sus instituciones es una acción sumamente grave e insensata.

El camino de la polarización como estratagema electoral tiene como destino el envilecimiento de la política y la desgracia para el país. Nadie, fuera de los enemigos de una sociedad libre y democrática, puede regocijarse por la descomposición que provoca esta senda.

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