Los desafíos de una elección mexiquense


Liébano Sáenz

Afortunadamente, la elección del gobernador en la entidad más poblada del país, la decidirán sus habitantes; los partidos opositores están ofreciendo un mal espectáculo, peor, todavía, sus dirigencias nacionales. El llamado círculo rojo asume que su realidad y juicio es el de los electores mexiquenses. La polarización nacional, pretende extenderse a la entidad, bajo la tesis de que una derrota del PRI habría de emparejar las posibilidades del PAN y del PRD en la elección presidencial del 2012.

En ese afán, hasta los mejores pierden compostura. El PRD y el PAN están en su derecho de suscribir una alianza opositora y buscar, como ha ocurrido en las tres elecciones de gobernador en las que el PRI en condición de gobierno ha perdido, un candidato que pueda fracturar el voto tricolor. No será fácil: el PAN y el PRD compiten en igualdad de condiciones y esto significa que de haber alianza implicaría un costo elevado para el partido subordinado de entre ellos dos, lo que es evidente al momento de definir candidato a gobernador. Por otra parte, no hay figura de relieve a postular que provenga del PRI o de la sociedad para ganar.

Las encuestas se han vuelto una pesadilla para quienes anticipan una derrota del PRI. Los datos duros al día de hoy es que una alianza con el mejor de los prospectos perdería la elección por más de 15 puntos. Así sucede porque un buen número de electores potenciales del PAN no aceptarían con facilidad a un candidato proveniente del PRD, o viceversa, sobre todo, por la virulenta confrontación que han tenido ambos partidos durante mucho tiempo. Las cúpulas en el DF pueden negociar y declinar principios, valores y prospectos, pero eso tiene costos en las bases sociales locales.

El PAN del Edomex, tiene una circunstancia más desfavorable que el PRD en la entidad, por ello entre sus dirigentes, hay una natural proclividad al acuerdo para una alianza opositora. Para el PRD la situación es distinta, no sólo tiene al candidato opositor más competitivo, sino que lo divide, ahora hasta en la cúpula, la determinación de ir en alianza con el PAN; parte significativa de la militancia del PRD y de su propia dirigencia, comparten una percepción de despojo derivado de la elección presidencial de 2006. Quienes ganaron hace 5 años el DF, ven las cosas de otra manera y es donde ha cobrado mayor impulso la idea de construir una alianza con el adversario ideológico del PRD.

Otra singularidad del Estado de México es el nivel de aprobación de los ciudadanos a su gobernante. Un dato fundamental para prever la evolución de las intenciones de voto es la medición del ánimo de alternancia. Esta variable es uno de los indicadores más confiables para el pronóstico electoral, particularmente, en condiciones de alianza opositora. Oaxaca, Puebla, Aguascalientes, Sinaloa, Tlaxcala, Zacatecas y Baja California Sur, entidades donde perdió el partido gobernante, tenían en común que el ánimo de alternancia era mayor respecto al de continuidad. Para el caso del Estado de México, la proporción de alternancia vs continuidad del partido gobernante es de 3 a 7.

Esta circunstancia se explica no sólo por la positiva evaluación que hacen los mexiquenses del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto, en ello también tiene que ver un aspecto fundamental para que el candidato del PRI pueda ganar la mayoría de las preferencias: al gobernador Peña se le ve hoy, dentro y fuera del Estado, como el prospecto de candidato presidencial con mayores posibilidades de ganar en 2012. No está por demás destacar el error estratégico de quienes suscriben la alianza opositora para la entidad, cuyo argumento es, esencialmente, eliminar las posibilidades de que un mexiquense llegue a la Presidencia. Esta tesis puede tener fuerza en las cúpulas del centro y en el voto muy duro del PAN y del PRD locales, no así entre la mayoría de los mexiquenses, pues, como sería natural en cualquier entidad, hay un explicable interés y orgullo en la posibilidad de que el Presidente resulte su paisano. Hacer de la elección una forma de refrendo sobre el futuro político de Peña Nieto explica que las encuestas den una ventaja considerable al candidato del PRI, independientemente de su identidad, conocimiento y opinión. Este es un aspecto estructural de la elección y, por lo mismo, es sumamente difícil que cambie en el curso de las campañas. Esto implica que el candidato del PRI se perfile con una considerable ventaja, cualquiera que sean sus adversarios o si existiera una alianza opositora.

Para el PAN la alianza opositora es una gran oportunidad. Una parte importante de albiazules considera que la única carta fuerte del PRD, el diputado Alejandro Encinas, no cumple con los requisitos legales de residencia para ser candidato, además de la reticencia de éste de aliarse con el PAN. Por ello, el candidato de la alianza podría no ser un perredista y sí, muy probablemente, uno del PAN o un “ciudadano independiente”. Además, para el PAN, un resultado adverso en el marco de una alianza le permitiría eludir el costo de una derrota más, sobre todo, si se ubica en el tercer lugar, como sería muy probable si el candidato Encinas es postulado por un bloque de partidos de la izquierda.

Para el PRD ir en alianza con el PAN es profundizar sus diferencias internas. Como en su momento le señaló Carlos Puig al nuevo dirigente del PRD, Jesús Zambrano, lo mejor que podría ocurrirles es que la consulta de mañana domingo se inclinara por la negativa, supuesto improbable, ya que los promotores de la consulta y sus organizadores, así como la modalidad de pregunta y espectro de votantes posibles, anticipa un resultado a favor de la alianza, aunque no refleje la postura de la mayoría de los mexiquenses, como lo han mostrado las incómodas encuestas.

El candidato del PRI, no obstante competir con ventaja, tiene el reto de entender que su desafío es ganar el voto de millones de electores independientes, esto es, ciudadanos que no simpatizan con ninguno de los partidos. La oferta debe ser el buen gobierno. Quien sea el candidato del PRI, deberá hacerlo en una campaña de apenas 45 días, con la rigidez de las reglas existentes, con un público nacional expectante y un círculo rojo enigmáticamente hostil.

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