Dignificar la política


Liébano Sáenz

Los partidos son insustituibles en la democracia. El desarrollo político del país les ha hecho ganar la importancia que merecen. No sólo cuentan con importantes recursos fiscales y privilegios para emprender sus tareas, sino que son el camino prácticamente exclusivo para acceder a un cargo público. Los actores fundamentales de las elecciones son los partidos; las Cámaras del Congreso se organizan a través de fracciones que representan a los partidos. En breve: no hay una responsabilidad pública electa de relevancia que no tenga como referencia a un partido político.

Los partidos son mucho más que maquinarias electorales, se asume que es la manera en la que los ciudadanos se organizan y asocian a partir de una ideología o de un propósito trascendente. En este sentido se lucha por ganar la elección como una manera de avanzar en los fines y objetivos de la asociación política. En esto radica mi reserva sobre las alianzas entre contrarios, especialmente, si este método se vuelve una manera regular y sistemática para competir electoralmente.

La alianza del PAN y del PRD en el Estado de México tenía una motivación fundamental: más que la derrota del PRI, lo que buscaba y anhela, es el descarrilamiento del prospecto de candidato con mejor posición en la disputa presidencial en 2012. Esto explica la razón por la que la dinámica de la coalición curiosamente no se originara en la sociedad mexiquense, sino en las dirigencias nacionales del PAN y del PRD, la jefatura de gobierno del DF, así como en organizaciones “civiles” nacionales con una clara orientación antagónica hacia el gobernador Peña Nieto. De esta forma la alianza en el Estado de México, enfrentaba un triple obstáculo: primero, el más relevante, la resistencia de las propias bases de los partidos en la entidad; segundo, la ausencia de un candidato comodín que desdibujara las identidades partidistas y que sumara votos del PRI y de electores independientes; tercero, la eficacia política del adversario.

La alianza naufragó por estas consideraciones y deja a los partidos y dirigentes que la promovieron en una muy complicada situación. La consulta, que se llevó a cabo para legitimar una decisión ya tomada por sus organizadores, no obtuvo el aval suficiente, si se considera que el PAN y el PRD deben sumar aproximadamente dos millones de seguidores. Quienes votaron por el “sí”, alcanzaron un décimo de esta fuerza electoral. La proporción del “sí” poco valor tiene, el proceso estuvo escasamente concurrido y no fue convincente: sobraron más de la mitad de las boletas previstas y abre a la duda la cancelación de la encuesta que estaba prevista y que avalaría el resultado en las urnas.

La puntilla a la alianza no fueron los números de la consulta, sino la división en los partidos convocantes, muy especialmente el PRD, el que contaba con el mejor prospecto de candidato, Alejandro Encinas, pero contrario a la alianza con el PAN. El PRD sin candidato hace de la alianza un proyecto del PAN. Por eso es previsible la negativa del Consejo Nacional para suscribir la alianza con el PAN. Los organizadores y coadyuvantes de la consulta podrán renegar de esta determinación, pero el órgano de gobierno del PRD tiene la obligación de salvaguardar el proyecto político, por encima del oportunismo electoral que subyace en la voluntad de alianza.

La elección en el Estado de México se desenvuelve en tres planos: el nacional, que tiene que ver con la disputa anticipada por la Presidencia de la República y que hace del objetivo de los opositores del PRI minar al gobernador Peña Nieto; el de los partidos políticos como tales; y el de los candidatos. Es explicable el propósito de los adversarios de sacar de la competencia presidencial al gobernador del Estado de México. La cuestión es que esto habrá de resolverse a través de un proceso electoral en donde el mandatario local no sólo está bien evaluado, sino que abre espacio a la expectativa compartida por la mayoría de los mexiquenses de que uno de los suyos llegue al encargo político más elevado.

En términos de partido, el intento de hacer una alianza desdibujó y distrajo al PAN y al PRD. Sus dirigencias minimizaron las dificultades de la alianza y la consecuencia de su colapso. El PAN tuvo que precipitar la designación de candidato y el PRD se ha perdido en la ambigüedad. A contrapelo, el PRI del Estado de México, supo procesar con éxito una decisión crítica, que en muchos estados ha tenido costos elevados en su unidad interna y que ha significado severas derrotas electorales.

Los candidatos perfilados Luis Felipe Bravo Mena, Eruviel Ávila y Alejandro Encinas, en la singularidad y trayectoria que cada quien representa, son políticos de calidad muy superior al promedio. Los tres son genuinos representantes de sus partidos. Si las dirigencias nacionales de los partidos son consecuentes con la civilidad propia de los mexiquenses, en la entidad podrá vivirse un proceso electoral ejemplar, un precedente alentador para la elección presidencial de 2012. El tema en la mesa es si la polarización promovida y calculada desde el PAN y que le sirvió como recurso para derrotar al PRD y a su candidato en 2006, habrá de mantenerse a raya, especialmente, por la posición de ventaja que tiene el PRI al inicio de la contienda y, adicionalmente, por la ahora sí evidente obsesión de afectar políticamente al prospecto de candidato presidencial mejor posicionado.

El PAN y el PRD están muy dañados por el empecinamiento de sus dirigencias nacionales de suscribir una alianza a toda costa. Faltan escasos tres meses para la elección y es difícil que puedan revertir el perjuicio que causaron a sus propias organizaciones. Está a la vista la inclinación de remitir el error propio a la deslegitimación del proceso, de sus autoridades y alentar la polarización, expediente que no da votos, menos en la circunstancia de esa elección. En este entorno es positivo que se fortalezca la relación entre el Presidente Calderón y el gobernador Peña Nieto, pesa sobre ambos una responsabilidad que ellos entienden bien, la de contribuir a la concordia y a una relación de respeto y colaboración por encima de diferencias y de las pasiones propias de la disputa electoral. Dos probados gobernantes y tres buenos candidatos pueden aportar mucho para dignificar la política.

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