Lo que se puede aprender de la derrota


Liébano Sáenz

Los comicios del domingo pasado arrojaron pocas novedades. Quizá lo que para algunos pudiera resultar sorprendente es la diferencia entre el primero y el segundo lugar en las elecciones del Estado de México; y lo es, si se consideran los precedentes de hace seis y 12 años. Lo más destacable es el tercer sitio del PAN, con menos de 13% de la votación en la entidad más poblada del país, así como el porcentaje de votación, cercano a los dos tercios que alcanzó Eruviel Ávila, candidato de la coalición encabezada por el PRI.

En este espacio señalamos que el PRI de Peña Nieto ganaría aun en condiciones de alianza opositora. Los números lo demuestran; inexplicablemente, todavía por ahí hay quien dice que si hubiera habido un candidato que sumara al PAN y al PRD hubiese generado una dinámica muy favorecedora. De hecho, las encuestas de GCE demostraban que sólo la mitad de los votantes del PAN o del PRD trasladaría su preferencia hacia un candidato de partido distinto en una alianza opositora. Difícil esperar más que eso si consideramos que la fortaleza electoral del PRI, además de contar con un candidato competitivo, se acrecentó por la evaluación positiva hacia el gobierno local y, especialmente, por lo que los propios dirigentes y voceros nacionales de PAN y PRD propiciaron: la conversión de la elección en una forma de refrendo del futuro de Enrique Peña Nieto.

El tracking de MILENIO GCE desmitificó numerosos eventos de la campaña. Por ejemplo, Alejandro Encinas, muy bien evaluado por muchos analistas del DF, hizo una mala campaña. Los debates no tuvieron ningún impacto, no por su poca visibilidad, sino porque Encinas, presunto ganador según la comentocracia del DF, no impactó en forma positiva a quienes deciden la elección con su voto en el Edomex. Los estudios posdebate indican que, por mucho, la estrategia y los mensajes del candidato Eruviel Ávila fueron considerablemente más eficaces respecto a los de sus adversarios. Tampoco la detención del empresario Jorge Hank o el relanzamiento de la campaña del candidato del PAN tuvieron impacto.

La crisis del PAN y del PRD es profunda. Ambos partidos postularon candidatos ajenos a la entidad y muy próximos al poder central de ambas organizaciones. El PRI hizo lo contrario, designó un político local, formado en las entrañas de la entidad, particularmente en la zona más compleja y dinámica que es la conurbada al DF; por su perfil, pudo conectar con mayor facilidad y concitar mayor respaldo. El humor social en el estado, no obstante los problemas propios de una entidad que ha crecido muy aceleradamente, no daban espacio a la demagogia. Los candidatos opositores no entendieron que la bolsa de votos de los mexiquenses con predisposición a la alternancia no superaba 33%; a eso se redujo la disputa entre el segundo y el tercer sitio. El PRI logró optimizar la proporción de electores que se inclinaban por la continuidad del partido en el gobierno, y transformarla en votos.

Es cierto que las elecciones del Estado de México, Coahuila y Nayarit se desarrollaron en terreno disparejo. Así lo propició la reforma electoral de 2007, aprobada por el PAN, el PRD y el PRI, que determina una fórmula de publicidad en radio y tv proporcional al precedente electoral inmediato. Hasta un publicista de medio pelo sabe que los espectaculares generan ambiente, pero otorgan pocos votos. La magra votación alcanzada por el PAN y el PRD es la secuela de campañas deficientes, de un entorno adverso, una estrategia errónea de principio a fin y reglas que favorecen a quien inicia con ventaja. Lo que procede ahora es que Encinas y Bravo Mena reclamen a los senadores de sus respectivas organizaciones políticas los resultados de promover y avalar reglas que propician el hándicap electoral.

La reacción poselectoral de los candidatos y de las dirigencias del PRD y del PAN es lamentable, se reduce a una absoluta incapacidad para la autocrítica; igual que le sucedió al PRI luego de ser vencido en 2000 y 2006, todavía hoy no saben bien a bien las causas de ambas derrotas. Los líderes del PRD y del PAN insisten en trasladar a terceros la causa de sus propias fallas. Imposible rescatar algo razonable de sus justificaciones; simplemente se niegan a aprender de la adversidad y propician ellos mismos las condiciones para que los errores se repitan. No entienden que la democracia es un ejercicio de didáctica continua sustentado en la tesis de que no hay derrotas fatales ni triunfos perennes. Y, particularmente, no comprenden que el éxito próximo se construye a partir de la forma en la que se procesa la adversidad.

En este sentido, los comicios del Estado de México, Coahuila y Nayarit sí pueden volverse trascendentes para el futuro próximo. ¿Qué razón hay para que los ciudadanos del país depositen su esperanza en partidos y dirigentes carentes de autocritica, sentido e inteligencia política? Lo ahora expuesto sólo conmueve al estrecho segmento de seguidores que, como se ha visto, constituye una minoría muy distante a la proporción requerida para el triunfo. Si de ganar la confianza ciudadana se trata, no hay tiempo que perder. Lo que viene está a la vuelta de la esquina.

Los lugares comunes pueden tener algún valor si son convalidados por una perspectiva compartida. Más que un asunto de veracidad, es cuestión de credibilidad: del argumento y de quien lo emite. Invocar inequidad, elección de Estado o el efecto de la mafia en el poder, está bien para predicar a los del coro, constituye un discurso gastado, carente de novedad, que no requiere el mayor esfuerzo, pero en las condiciones en las que se desarrolló la elección hace imposible trasladarlo a un sentimiento ciudadano amplio; se puede en cambio, entender como la crónica de un fracaso electoral anticipado, Michoacán en noviembre y la presidencial en 2012.

En los procesos electorales recientes, partidos y proyectos políticos disputaron mucho más que cargos y votos; en el camino definieron las razones que sustentarán y darán sentido al voto en las elecciones generales de julio próximo. Y, por lo ocurrido en las urnas y en la escena poselectoral, aquí hay un ganador por partida doble.

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