Se agota el tiempo para el reencuentro


Liébano Sáenz

El ciclo actual del gobierno federal ingresa a su cuarto menguante. Comienza esta fase con el estigma de haber alentado, desde su seno, objetivos electorales frente a las tareas de gobierno y al liderazgo que corresponde a la Presidencia. El error de hace seis años volvió a cometerse, pero aún no es tarde para enmendarlo. La Presidencia tiene los elementos y la jerarquía para evitar el desbordamiento generado por la confrontación propia de la competencia electoral, que puede repercutir en el desenlace y en el ambiente inicial del nuevo gobierno.

Las reformas importan, y mucho; importa también que los gobiernos federal, del DF, estatales y municipales, actúen con todos sus elementos y sin distracciones. Los meses que faltan para la selección de candidatos abren un periodo que debe aprovecharse. Lo más conveniente es sentar las bases para que el país, sus instituciones y su democracia salgan fortalecidos y acreditados después de la contienda. Debemos recuperar el sentimiento colectivo que dejó la alternancia después de los comicios del año 2000. Es necesario que el Presidente ejerza su influencia y su liderazgo para favorecer la conciliación y la concordia luego de la elección de julio próximo; nadie más que él para lograrlo, ese es el rol que los mexicanos le solicitamos ejecutar. 

El Presidente es la referencia política más importante del partido gobernante pero es, también, el Jefe de Estado que representa a todos los mexicanos. Tiene el derecho de proponer y de influir en su partido sólo en la medida que no despoje a sus correligionarios de su prerrogativa de decidir los temas fundamentales. Felipe Calderón cumplió cuando su partido resolvió la renovación de la dirigencia nacional; ahora debe actuar en consecuencia en lo que concierne a la candidatura. Si hay integrantes de su gabinete interesados en ella, o si el Presidente desea–está en su derecho-  que uno de sus colaboradores la obtenga, deben tener la libertad para intentarlo sin las limitaciones de su puesto y sin desvirtuar el cargo que ostentan.

Cierto es que la ley electoral (aprobada con los votos del PAN) establece restricciones absurdas para el posicionamiento de aspirantes poco conocidos, pero la evidencia de los dos meses pasados es suficiente para advertir que la Presidencia, o el Gobierno, no tiene poder suficiente para impactar las preferencias ni las percepciones de los ciudadanos respecto de candidatos o prospectos. Luis Felipe Bravo Mena, un político de excelencia, no superó 13% de los votos y el secretario Ernesto Cordero, no obstante la magnífica gestión realizada como responsable de la hacienda pública y su intensa actividad en medios, no ha podido generar una tendencia a su favor lo suficientemente vigorosa como para competir, que ya no disputar, la candidatura a los punteros: la diputada Josefina Vázquez Mota y el senador Santiago Creel.

Los secretarios que deseen incorporarse a la política electoral en una legítima búsqueda por la candidatura presidencial, deben renunciar a sus encargos, como también lo debe hacer el jefe de Gobierno Ebrard si su prioridad es ganar la nominación de su partido. Sin embargo, no creo que así lo deban hacer quienes tienen cargos o responsabilidades legislativas. El senador Creel resolvió pedir licencia porque seguramente así convenía a su estrategia. El senador Beltrones o la diputada Vázquez Mota tienen responsabilidades mayores a las que ejercía el senador panista; tareas que deben atender y procurar, las que, además, no interfieren con las actividades derivadas de sus pretensiones político electorales.

El reencuentro que la nación merece atañe también al IFE, institución que se ha deteriorado a partir de la reforma de 2007 y al deliberado cálculo de los Senadores de subordinar a la institución, así como restringir las libertades políticas. Aquí, en este espacio, de manera recurrente, hemos hecho un llamado para una reforma electoral mínima que atienda, al menos, los aspectos más urgentes y delicados para fortalecer al IFE y, también, atender otros temas que inciden en lo electoral. En su lugar, los Senadores y el Ejecutivo Federal, en un juego poco claro acerca de sus reales propósitos, decidieron promover una reforma de gran calado, muy controvertida, difícil de consensuar que, consecuentemente, se ha quedado en el tintero y distrajo los esfuerzos para concretar una adecuación, mínima pero indispensable, tendiente a mejorar el marco legal electoral.

Desde ahora, corresponde al Presidente tomar la iniciativa, y una de las señales más  importantes será la posición que fije con respecto a la selección del candidato presidencial del PAN, acompañando acciones que acrediten su compromiso, como la renuncia de los funcionarios que aspiren a cargos partidistas o electorales. Por parte del PRI, la decisión más significativa para actuar en consecuencia sería el acuerdo de sus gobernadores y alcaldes de respetar el espacio propio del partido  y concentrarse en la tarea de gobernar que por ley les corresponde. En el caso del PRD, la situación es más compleja, no sólo por sus divisiones internas, sino porque el político con mejores perspectivas para ser candidato, Andrés Manuel López Obrador, no ostenta responsabilidad alguna. Sería deseable que, al menos Marcelo Ebrard y el dirigente Jesús Zambrano, hicieran un pronunciamiento sobre la aceptabilidad del resultado electoral, cualquiera que sea su sentido.

Los políticos no deben perder la perspectiva sobre lo verdaderamente trascendente. Ganar el poder es tarea fundamental de los partidos políticos; sin embargo, es un medio, no un fin. La misión esencial es hacer valer el programa, la ideología y el proyecto político que les dio origen. Las elecciones son una oportunidad extraordinaria para que tanto el programa como el candidato convoquen un apoyo mayoritario y consoliden, de esta forma, un mandato que defina el  sentido del gobierno y la integración de las Cámaras federales. Las elecciones son sumamente trascendentes para la conformación del poder público y de órganos de representación popular. Por ello, desde ahora, debe procurarse que sean el punto de partida para un mejor gobierno… y para una mejor política

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