El encuentro del Presidente con la oposición: un buen indicio


Liébano Sáenz

Los encuentros del Presidente Calderón con los coordinadores parlamentarios del PRI y, el más reciente, con el dirigente nacional de ese partido, Humberto Moreira, tienen una importancia mayor. Su trascendencia radica en la necesidad de lograr un entendimiento entre el gobierno y la principal oposición de cara a los comicios próximos; y, particularmente, de asegurar condiciones que favorezcan la normalidad en el ejercicio del gobierno y en la actuación de las Cámaras federales.

En el PRI, por historia o tradición cultural, la investidura presidencial es bien comprendida y, por experiencia reciente, también son conocidos los riesgos electorales que implicaría una confrontación con la institución presidencial. Una vez concluidos los comicios del Estado de México, Coahuila, Nayarit e Hidalgo, es explicable el brote de un interés genuino en el tricolor hacia un entendimiento con el Presidente Calderón aunque, a contrapelo, ocurran exabruptos o excesos retóricos como aquel de un documento electoral editado en otro momento y circunstancia. Todo parece indicar que en la mayoría del PRI, y en su misma dirigencia nacional, existe consenso en torno a un acuerdo con el Presidente Calderón. Las expresiones de Humberto Moreira al término del encuentro del miércoles pasado así lo evidencian, lo mismo que su distanciamiento expreso respecto del documento aludido.

Debe entenderse que un Presidente tiene derechos políticos y sostiene un liderazgo frente a su partido. Es explicable su interés y deseo de que el PAN obtenga buenos resultados en  las elecciones y también es lógico suponer que, frente a la diversidad de opciones respecto a la candidatura presidencial de su partido, tenga preferencias y un posicionamiento particular. Y algo semejante ocurre con los ejecutivos locales de todos los partidos, incluyendo al del D.F. Pero el límite es claro y no sólo se concreta a  la ley, sino también a un sentido de ética que evita que el gobierno se vuelva instrumento al servicio de un partido o de un grupo.

Son muchos los temas compartidos por los tres órdenes de autoridad y, consecuentemente, es indispensable una relación fluida y corresponsable para el buen funcionamiento del gobierno, trátese de asuntos de seguridad pública, acciones de política social o aquellas relacionadas con la inversión en infraestructura. De la misma forma, el Congreso está llamado a desahogar la agenda legislativa. Existen temas que requieren atención urgente, no sólo las reformas de gran calado como la laboral o la política. Es preciso que la Cámara de Diputados proceda a la designación de los tres Consejeros Electorales del IFE y que el Presupuesto y la Ley de Ingresos sean procesados con base en las necesidades del país y no en el cálculo electoral. Y para todo ello es fundamental el entendimiento entre el Ejecutivo y la oposición.

Una buena relación de quien representa al Estado y al gobierno con la oposición no sólo implica necesidades inmediatas. La transición democrática mexicana no ha logrado mayor eficacia por el desencuentro entre quienes ostentan el mandato de gobierno y aquellos que están en el flanco opuesto. Con frecuencia, esta divergencia  ha obstruido la colaboración entre poderes y ha dificultado los procesos de negociación lo que ha provocado la postergación y el desmerecimiento de reformas valiosas para el país que han sido propuestas por el Ejecutivo. Si consideramos la condición de poder nacional dividido como una referencia del proceso democrático, las cuentas no resultan favorables, y la responsabilidad de este saldo negativo es compartida por todas las fuerzas políticas.

El reencuentro entre el Presidente y la oposición es muy positivo porque no sólo permite atender con mayor eficacia los temas de agenda o las cuestiones electorales sino que favorece una cultura de corresponsabilidad; ésa de la que el país ha carecido. El diálogo no debe ser confundido con el chantaje; tampoco con la imposición o con el sometimiento de alguna de las partes. La realidad es que gobierno y oposición conforman una misma estructura de poder y, por tanto, la calidad de uno es, en buena medida, la misma que revela el otro.

Los tiempos electorales están a la vuelta de la esquina y ello hace apremiante un acuerdo preliminar para contener la polarización, superar heridas pasadas y fomentar, una vez concluidos los comicios, la reconciliación y la concordia que son indispensables para acreditar la democracia y para que cada quien cumpla su responsabilidad en los términos definidos por el voto.

Las aventuras estratégicas que convierten a la polarización en método para ganar votos deben mantenerse a raya. Sin embargo, no faltará, entre y dentro de los partidos, quien pretenda usar la calumnia, la injuria y el denuesto como ingredientes de una fórmula para ganar espacio electoral. Al respecto, existe una mala lectura del desenlace de los comicios presidenciales pasados; no fue la campaña negra la que llevó al triunfo al candidato del PAN sino la manera como el principal opositor encaró el ataque del adversario y hostilizó a la institución presidencial.

La secuela de la elección presidencial, por la polarización que la antecedió más que por el estrechísimo resultado, ha sido muy adversa para el reencuentro y la reconciliación. Desde  entonces, el país padece división, desconfianza y una accidentada relación entre el gobierno y las fuerzas políticas, así como un creciente descrédito de las instituciones fundamentales de la democracia como son los partidos políticos y los representantes populares. Prestigiar a la política es una tarea imprescindible que, en buena parte, corresponde a gobernantes y opositores en forma conjunta. Por ello, es primordial caminar mirando hacia adelante y no con la vista hacia el pasado.

Bien hacen los partidos políticos al contener las acciones anticipadas en la selección de candidatos pues los tiempos de campaña y de precampaña están definidos por la ley y por su normatividad interna. La tarea de los partidos se ubica en dos frentes: el de la preparación de la plataforma electoral y el de la definición de reglas para que, en unidad y democráticamente, resuelvan quién habrá de representarlos en la contienda presidencial. Mientras tanto, las autoridades a gobernar, y los diputados y senadores a legislar. Hasta ahora, el reencuentro del Presidente con la oposición es, sin duda, una señal positiva.

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