El prócer olvidado


Liébano Sáenz

Así como la memoria histórica revela la grandeza de una nación, el olvido es indicio de su flaqueza. Hace apenas unos días, en una ceremonia militar con todos los honores, encabezada por el presidente Felipe Calderón, los restos de 14 héroes retornaron al Ángel de la Independencia.

Después de haber sido vistos por más de un millón 200 mil personas en Palacio Nacional, cráneos y huesos partieron con un derroche de patriotismo que incluyó un cortejo con una banda de guerra, una escolta montada y 11 vehículos descubiertos con las urnas, flanqueados por cadetes del Heroico Colegio Militar. Así, gobierno y pueblo de México rindieron homenaje a los insurgentes que gestaron la nación; al menos, eso fue lo que pretendieron.

Paladines como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, José María Morelos y Vicente Guerrero son merecidamente reconocidos como promotores de la identidad nacional, y sus nombres son tan comunes para el mexicano promedio como el de un familiar de primer grado. Sin embargo, esta evocación no basta para hacerle justicia a la historia.

¿Cuántos mexicanos saldrían bien librados si tuvieran que narrar las proezas de Mariano Jiménez, compañero de victorias e infortunios del Padre de la Patria? ¿Dirían que tal vez fue el jefe insurgente que mejor combinó el valor y la gallardía con la rectitud y la honorabilidad? ¿Sabrían que el cráneo de este benemérito de la Patria estuvo expuesto, junto con los de Hidalgo, Allende y Aldama, durante diez años en la Alhóndiga de Granaditas?

La realidad es que los antecedentes de este adalid están perdidos, y sus victorias pasan desapercibidas o son descritas con ligereza en las crónicas insurgentes. En particular, con Jiménez la amnesia histórica alcanza niveles dramáticos, no solamente por el desdeño de sus  proezas en el campo de batalla, sino por tratarse de un hombre probo cuya integridad y generosidad conquistó a sus compañeros de batalla y despertó la admiración y el respeto de sus propios enemigos.

Este héroe, de origen potosino pero avecindado en Guanajuato, se presentó ante Hidalgo para unirse a su causa junto con sus dos amigos Casimiro Chovell y el letrado José María Chico. Como coronel, se granjeó el respeto y la simpatía del ejército insurgente. Estuvo al mando de la vanguardia hacia Valladolid como Jefe Especial de la Artillería y, al frente de ocho mil hombres, entró con admirable orden a la ciudad. Posteriormente, cuando Hidalgo fue confirmado como Generalísimo de América, Mariano Jiménez fue ascendido a Mariscal. En 1810, durante la batalla de Monte de las Cruces, la estrategia y valentía de José Mariano Jiménez fueron determinantes para vencer a los realistas y ello le valió el ascenso a Teniente General.

Causó graves daños al bando de Félix María Calleja y, junto con Aldama y Abasolo, acompañó a Allende hacia Guanajuato. Luego de varias derrotas y ante la decisión de Allende de retirarse hacia la sierra, Jiménez resistió a los realistas con sólo una pequeña tropa permitiendo así que el Ejército se pusiera a salvo.

El prócer olvidado fue investido de facultades extraordinarias para dirigir la campaña del Norte y en estas provincias tuvieron lugar sus hazañas más gloriosas. En San Luis Potosí organizó la administración pública y garantizó los intereses de los particulares. Cuando se disponía a salir rumbo a Saltillo enfrentó y venció a las tropas de Antonio Cordero. La victoria del “Puerto del Carnero” confirmó el dominio insurgente en aquellas tierras. Jiménez visitó a los prisioneros vencidos y, en lugar de ordenar su muerte, les otorgó el perdón y dispuso que fueran puestos en libertad.

Más tarde, Mariano Jiménez y Allende entraron victoriosos a Saltillo, pero los planes de los insurgentes de avanzar hacia lo que hoy es Texas, fueron coartados por el gobierno virreinal que movilizó a sus mejores tropas y aprovechó la traición de Ignacio Elizondo. Los caudillos fueron detenidos en Acatitla de Baján y, posteriormente, juzgados y fusilados en la capital de Chihuahua. Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron colgadas en las cuatro equinas de la Alhóndiga de Granaditas durante una década.

Años después, la nación buscó hacerles justicia al trasladar los cráneos al Altar de los Reyes de la Catedral Metropolitana y, posteriormente, al Ángel de la Independencia. Sin embargo, al haber sido relegado en la historia, José Mariano Jiménez  sigue siendo ignorado por los mexicanos a pesar de sus cualidades de valentía, rectitud y decencia.

En una época en la que tanto realistas como insurgentes ingresaban bruscamente a las poblaciones y cometían todo tipo de tropelías, Jiménez fue uno de los pocos jefes militares que respetó la propiedad y otorgó garantías a los pobladores. Nunca abusó del poder ni pretendió reconocimiento personal alguno. Demasiados méritos para pagarse con olvido.

La sentencia del Consejo de Guerra fue fatal: “…ser pasados por las armas del modo más ignominioso, con la confiscación de sus bienes y trascendencia de infamia a sus hijos varones, si los tuvieren…”; pero el olvido de su pueblo resulta aún más terrible.

A casi dos siglos de haber ofrendado su vida a la Patria, su nombre está inscrito con letras de oro en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados y sus restos tratados como legado nacional, pero su imagen no existe, ni siquiera tenuemente, en la memoria de la mayoría de los mexicanos. Sin duda alguna, la pomposa ceremonia de hace unos días, no alcanzó para cubrir la enorme deuda que tenemos con este prócer ignorado.

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