La estrategia: arreglos cupulares o territorio


Liébano Sáenz

Cada vez es más evidente la enorme distancia que media entre el centro y el resto del territorio. El primero, se describe a sí mismo; en él se arraiga lo más relevante de la economía, del gobierno, de la política, de los medios y de la cultura. La democracia ha avanzado, sí, pero se quedó varada en lo que a desconcentración del poder se refiere. En muchos aspectos, aún impera el centralismo, y sobre él se posa la sombra de la marginación de la energía y del talento conjunto del país. Por ello resulta muy significativa la disputa que se está dando al interior del PRI y que, por primera vez, apunta al éxito de la periferia sobre el centro. Los resultados de la elección de 2009 marcaron el inicio y el siguiente paso decisivo lo determinó el arribo de un gobernador en funciones a la dirigencia nacional del PRI.

En el año 2000, los tres candidatos tenían como rasgo común el haber sido  gobernadores: Labastida, de Sinaloa; Cárdenas, de Michoacán y Fox, de Guanajuato. De ellos, quien expresaba con mayor claridad el sentir de los estados era Vicente Fox. El panista construyó su candidatura desde el gobierno estatal y solicitó licencia para contender en la que sería una de las campañas políticas más exitosas. Su arraigo en el territorio fue plataforma esencial para alzarse con la victoria. En las elecciones ganaron, con él, los Estados; ya en la presidencia, prevaleció la hegemonía del centro.

El centro se impuso, quizá por la falta de perspectiva política de Fox o por su pretensión de evitar la ruptura con el PRI que había preservado una fuerza importante en los estados y en las Cámaras federales. Fox tuvo la oportunidad de construir un acuerdo con los mandatarios priístas quienes le expresaron, en diciembre de 2001, en Soto la Marina, Tamaulipas, su respaldo para una reforma fiscal y la voluntad de no secundar a sus dirigentes en su resistencia para revisar las finanzas de la campaña presidencial de 2000. Al poco tiempo de aquella reunión, Fox los desdeñó y prefirió entenderse con la cúpula del PRI, la misma que controlaba las Cámaras federales. Supuso que de esta manera podría avanzar en las reformas. Lo demás ya es historia sacralizada por el propio contralor Francisco Barrio en la expresión: “cacahuates a cambio de lingotes de oro”. No hubo reformas, tampoco acción judicial ejemplar.

En 2006, Felipe Calderón ganó la candidatura del PAN a Santiago Creel porque construyó una alianza en el territorio. El esquema constituyó una elección primaria ejemplar. Ya en la contienda constitucional, AMLO predominó en el centro y en algunas otras regiones del país. Fue una disputa territorial que ganó aquel que tuvo mayor fuerza en el territorio. La elección se decidió en Guanajuato, Jalisco y Querétaro; la debilidad de los candidatos del PRD en elecciones concurrentes marcó la diferencia que le dio la Presidencia a Felipe Calderón. Ganó el territorio pero nuevamente, en el poder, se impuso el centro.

Al PRI le ha faltado hacer una reflexión profunda sobre las causas de las derrotas de 2000 y de 2006. Aún no tiene el diagnóstico pero, para su fortuna, de entonces a la fecha, una nueva generación ha ido tomando el poder. Al igual que ocurrió en el PAN en las décadas de los 80 y 90, ha sido un movimiento de la periferia hacia el centro con la diferencia de que ha habido mucho más oficio y claridad de metas en los priístas.

En esta última etapa, el PAN y el PRD han ganado espacios con políticos formados en el PRI. En los cinco años recientes, con la excepción de Sonora, el origen de los gobernadores electos ha sido priísta y, en todos los casos, su fortaleza proviene de la representatividad territorial que poseen.

Este es el escenario de las elecciones. Para un candidato del PRI que pertenece a la cúpula y carece de fuerza territorial, su destino es el tercer lugar. Peña Nieto lo ha mostrado en los hechos; entiende que los votos se ganan en la base y que por ello su partido debe abrir espacio a la representatividad social y territorial. Las debilidades del PAN se explican por el vacío de figuras con presencia territorial; los dos mandatarios surgidos de ese partido optaron por un centralismo que los ha minado. La sobrevivencia política de AMLO se entiende por un trabajo persistente en buena parte del territorio nacional.

La disputa por los votos exige una visión clara del territorio.  Se equivoca quien asuma que el desenlace de la elección de 2012 ya está definido. Esa es una apreciación muy preliminar y, esencialmente, una percepción centralista que Peña Nieto no parece suscribir. Lo que habrá de ocurrir se definirá en el mapa de la disputa, un plano que no es cupular ni temático, sino territorial y social. Cierto es que hoy el PRI tiene ventaja como partido, y si fuere el caso de que postulara al gobernador Peña Nieto; pero hay una historia que aún falta por conocer y que tiene que ver con el resultado de las elecciones locales que concurren con la federal.

Desde esta perspectiva, la unidad que el PRI debe construir no reside en el pacto al interior de su cúpula, sino en aquel que suscriban candidato y dirigencia con el territorio. De hacerlo bien, podría representarles un triunfo amplio en la elección presidencial. Sin embargo, no hay que perder de vista que el equilibrio político en el territorio ha cambiado en términos que resultan desfavorables para el tricolor, particularmente en Puebla, Oaxaca, Sinaloa, Sonora e, incluso, en estados gobernados por el PRI como Tamaulipas, Durango, Tlaxcala e Hidalgo.

Si quieren ser competitivos, el PAN y el PRD deberán recuperar su fortaleza territorial y, para ello, será fundamental una valoración de sus zonas de oportunidad.  Allí están, pero, al igual que en el PRI, es necesario alejarse de la perspectiva centralista. El DF y el Estado de México representan más de la cuarta parte de la base electoral; sin embargo, ambos partidos han sufrido allí un fuerte deterioro por ceder ante la tentación centralista. Es importante que preserven lo que tienen pero también están llamados a avanzar con mayor precisión en los estados y municipios donde tienen oportunidad de promover la causa que representan en la disputa por la Presidencia y por el Congreso. Los votos están  en el territorio, no en los arreglos cupulares.

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