La guerra de lodo


Liébano Sáenz

Las dos últimas elecciones presidenciales han dejado la impresión que la guerra de lodo es un recurso eficaz para ganar en las urnas. Cualquier consultor electoral con mediana experiencia señalaría que es un medio incierto y aplicable para condiciones singulares, especialmente, cuando se tiene desventaja y existen elementos veraces para generar un impacto que disminuya la diferencia con el adversario. En realidad no se emplea para ganar votos, sino para que el competidor se vea disminuido. La campaña negra mal empleada puede inmunizar al objetivo y también revertirse al propalador En otras palabras, se requieren condiciones de eficacia para este tipo de acciones mediáticas.

La campaña negra no sólo tiene objetivos electorales. También atiende la competencia al interior de los partidos, incluso entre miembros de un mismo grupo. El ataque bajo anonimato debe ser juzgado con la mayor reserva, también la aparición repentina de notas de impacto que conllevan el desprestigio de un precandidato o de un dirigente político. En días recientes medios nacionales han dado mucha difusión a una demanda en EU contra el ex presidente Zedillo, no se sabe quién denuncia; los supuestos afectados públicamente se han desmarcado. Todos los elementos conducen hacia la hipótesis de una embestida para desprestigiar a un mexicano ejemplar. Un agrio sentimiento de revancha se suma a esta hipótesis.

El hecho es que conforme se aproximan los comicios mayor incidencia tienen los golpes abiertos, medios y bajos. Ocurren entre partidos, candidatos y funcionarios. Esto es propio de la política y la libertad de expresión cobra vuelo con las infidencias, las filtraciones y hasta las calumnias. Sorprende la pereza de muchos en la investigación periodística que se conforman con versiones no corroboradas sobre supuestos hechos. Mucha información es ignorada: allí está, como ejemplo, el amplio inventario de los wikileaks que revelan quienes han optado por ser informantes sistemáticos del Departamento de Estado o sus agencias, más allá de lo avieso de sus informes.

La lucha por el poder es un juego rudo. La información está centralizada y quien tiene datos sobre lo que ocurre, tienen mayor capacidad de influencia en los medios. Sin embargo, el buen periodismo debe hacer un análisis escrupuloso de los hechos revelados. No es obligación, pero en el buen periodismo es una práctica honorable dar a los implicados, afectados o señalados en una nota, la oportunidad de una respuesta o versión, antes de publicar lo que pudiera tener impacto. En general, en México hay buen diarismo y periodismo. Pero también hay de lo otro. El lector tiene que navegar en ese medio de aguas claras, turbias, de deshechos y también de mensajes cifrados.

Desde el punto de vista legal sí hay algo de ingenuidad en la pretensión de prohibir las campañas negras. Viene de tiempo atrás y, recientemente, se ha acentuado. No deja de ser paradójico que quienes más se han visto afectados son quienes con mayor facilidad las utilizan. El calumniado se asume con licencia para calumniar indiscriminadamente. Esto da origen a una espiral de lodo que envilece el debate, abre la puerta a la polarización y lastima la inteligencia y el respeto que el político le debe al votante.

En los tres partidos advierto opciones que se han alejado de tales prácticas, sin declinar en defender sus posturas y diferenciarse de la de sus adversarios. En el PAN Josefina Vázquez Mota, en el PRI Peña Nieto y en el PRD Marcelo Ebrard. No es casual que en los tres casos, son quienes tienen mayor aceptación fuera del círculo de los miembros de su partido. La realidad muestra y prueba que los electores tiene mayor aprecio y reconocimiento por quienes se alejan del insulto y la majadería. No ha ocurrido siempre así, pero ahora, parece ser el caso, y es deseable que así se mantenga hasta la elección, que los candidatos presidenciales, de una vez por todas, hagan del debate y la propuesta razonada, recurso para ganar la elección.

Los estrategas que hacen de la campaña negra un medio sistemático deben mantenerse a raya por quienes les contratan. Insisto, no se trata de que los partidos y los candidatos declinen en sus posturas y en un ejercicio de diferenciación para así ganar la preferencia mayoritaria, sino que se evite la generalización, la calumnia y el denuesto. La tentación allí está y quienes tienen una circunstancia más adversa, en su propia desesperación, abren espacio al insulto y a la descalificación del adversario.

De alguna manera, con el arribo al poder, todos los partidos han perdido la inocencia. Casos de escándalo por corrupción, mal manejo del gobierno o irresponsabilidad en decisiones importantes o calculada desmemoria hacia ellos no son de la exclusividad de una sigla. En los tres partidos hay malos y buenos mexicanos, también muy malos y muy buenos. Un mayor respeto entre dirigentes es aconsejable. Focalizar el debate en las decisiones y propuestas y, también, evitar generalizaciones.

Quienes tienen a cargo el poder deben entender que la oposición buscará mover la voluntad de los  más para elevar un ánimo de alternancia; los defectos se verán con lupa y los aciertos habrán de minimizarse. De la misma forma, quien gobierna pretenderá acreditar su buen desempeño no sólo a manera de promover la aceptación hacia lo realizado, sino para ver ratificado al partido gobernante en la confianza pública. Es un juego natural de la democracia. Pero esto no debe llevar a la parcialidad de las autoridades en la asignación de recursos, en la instrumentación de los programas, en la ejecución de acciones disciplinarias ejemplares o en disponer el aparato de seguridad o de inteligencia al servicio de una causa electoral.

Los medios son actores fundamentales de la política y de la democracia. Una mayor responsabilidad es necesaria y la lucha por el voto debe darse en el marco de un escrutinio y, particularmente, dando posibilidades para que los candidatos y los dirigentes políticos puedan expresarse con libertad. Aunque ha habido una reforma electoral que ha restringido las libertades y ha complicado la comunicación política, mucho se puede hacer para que los comicios de 2012, ahora sí, sean un punto de quiebre para bien de la democracia en el país.

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