Los partidos y sus batallas íntimas


Liébano Sáenz

Mantener la cohesión y la unidad al momento de seleccionar  los candidatos presidenciales ha sido uno de los mayores retos de los partidos. Como fruto de una cultura no democrática, la crítica y la disidencia internas son vistas desde las cúpulas partidistas como agentes instigadores del orden, como amenazas que deben ser contenidas a toda costa. La unidad ha sido percibida como punto de partida, no de llegada. No habrá democracia efectiva mientras los partidos no la interioricen a la hora de tomar sus decisiones fundamentales.

Históricamente, al PRI le han costado caras las diferencias internas porque no se ha consolidado una tradición que permita conducir y legitimar las discrepancias en el seno del partido. Así surgió en los ochenta la corriente democrática que daría origen al PRD, y la alternancia en muchos estados se ha dado con priístas disidentes. Hoy día, los procesos aliancistas más exitosos han sido abanderados por candidatos formados en el PRI.

El PRD también ha tenido enormes dificultades para procesar una competencia interna sin menoscabo de la institucionalidad del partido. El equilibrio hasta antes de 2006 había dependido de una figura dominante en acomodamiento con las fracciones llamadas tribus.  No han sido ni la institucionalidad del partido ni la democracia interna las encargadas de resolver y definir el lugar que corresponde a cada grupo o personalidad. Resulta una paradoja que el partido creado para democratizar al país sea el mismo que presenta las mayores dificultades para ejercer su democracia interna. Después de la elección de 2006 surgió una forma  de bicefalia entre el ex candidato presidencial López Obrador y el jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard, claramente diferenciados en origen, visión de largo plazo y perspectiva presente. El logro de un acuerdo tempranero sobre la candidatura presidencial ha sido un éxito que debe serles reconocido, un buen inicio.

El PAN pudo desarrollar un método interno para resolver, de manera legítima y colegiada, su candidatura presidencial. En el pasado, la imposición de candados de mayoría calificada complicó la decisión y en 1976 llevó al país a una elección de opción única. En 1999, Vicente Fox ganó la candidatura sin competencia interna; el triunfo de Felipe Calderón en una elección primaria ejemplar, hace seis años, fue la plataforma para que el PAN mantuviera la Presidencia frente a candidatos rivales designados por aclamación o por imposición.

Los partidos nunca se percataron de lo que aprobaron en la reforma de 2007. La ingeniería subyacente en esa modificación electoral atenta contra las libertades y contra el más elemental sentido común. Aspirantes o candidatos amordazados para evitar actos anticipados de campaña y partidos que no pueden acceder a la radio y Tv por ser el IFE el único conducto y, eso, sólo a través de spots. Todo esto ha dado lugar a la simulación: aspirantes en campaña que no hacen campaña; noticias y publicidad de candidatos o de aspirantes que son parte de la campaña; informes de legisladores y funcionarios como actos de posicionamiento y publicidad personalizada. Ahora, un aspirante que es virtualmente candidato, López Obrador, tiene que solicitar a los dirigentes que lo postulan que también ellos se registren como aspirantes para así evitar, entre la simulación y el cinismo, que se pierdan las prerrogativas de ley en materia de precampañas.

El PAN ha encontrado en su convocatoria la mejor manera de articular su proceso interno haciendo uso de las reglas establecidas. Sin embargo, al beneficiar éstas al más conocido, ya que no puede haber campaña formal, se podría perfilar injustamente un resultado fatal para quien viene desde abajo. Por otra parte, muchas de las virtudes de su proceso interno en 2005, no pueden reproducirse por la rigidez que la reforma de 2007 les impone. Además, no existe la misma confiabilidad del padrón de electores panistas que había en el pasado, circunstancia que vulnera la certeza de los resultados. Al final de cuentas, como sucedió con el PRD, la legitimidad no se construirá con el proceso mismo, sino con la actitud de los contendientes y con el reconocimiento del resultado por parte de los no favorecidos.

En el PRI se vive una situación semejante por el apoyo abrumador a favor del ex gobernador Peña Nieto. El sentido común anticipa la decisión; sin embargo, el aspirante Manlio Fabio Beltrones, con apoyo de importantes senadores, ha hecho todo para rivalizar.  Con el argumento de que deben decidir las propuestas, no las encuestas, se ha iniciado una ingeniosa campaña con magros resultados en la población y en las bases priístas.

El PRI ha abierto la puerta a la competencia y ha accedido a dar un tratamiento igualitario a los dos aspirantes, no obstante las monumentales diferencias. Se ha llegado al extremo de exigir una  mordaza a los asistentes a los actos públicos, para evitar la expresión diferenciada hacia los aspirantes, y se ha aceptado como una práctica “democrática”, de equidad; así, se llegó al debate sobre el contenido de la convocatoria publicada en días pasados. A pesar del resultado previsible, algunos medios especulan sobre la declinación del senador Beltrones como una expresión de inconformidad por la inequidad que él percibe. Su exigencia es la simpatía por imposición: adhesión igualitaria o silencio; sin pronunciamientos; es decir, decretar la simulación de una competencia pareja. Bajo este criterio podría solicitarse, también, que cada voto del senador se multiplicara en automático por diez respecto de los de su adversario para darle de esta manera equidad a la elección. La indignación con la convocatoria parece el pretexto idóneo para justificar una declinación y ahorrarse la constancia de su real peso electoral.

El PRD ha resuelto bien el inicio de su proceso hacia la candidatura presidencial y el PAN tiene todo para llegar a un buen entendimiento entre sus aspirantes, pero el PRI es, como hace seis años, rehén de su obsesión por la unidad y de una competencia perenne entre las fuerzas del centro y las estructuras en los estados y municipios; de una disputa entre pasado y presente; entre los viejos hábitos de la política y los anhelos de renovación. Sin lugar a dudas, la decisión no estará determinada por las promesas fáciles ni por las encuestas; serán las trayectorias y la representación auténtica, traducidas en votos, las que pronunciarán la última palabra.

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