Temporada de sapos


Liébano Sáenz

Lo acontecido con el precandidato del PRI, Enrique Peña Nieto, en el marco de la FIL es una radiografía del entorno en el que habrá de desarrollarse la contienda de 2012. Cuando el debate se centra en lo secundario, en la descalificación personal y no en las propuestas; cuando la intolerancia es preocupantemente generalizada; cuando las libertades y el escrutinio son peligrosamente subvertidos por el insulto y la agresión; cuando el nivel de reflexión en las redes sociales, en su mayoría, es elemental y encubre una inquietante violencia verbal, nada hay alentador. En el escenario de la vida actual en México, esto parecería no ser novedad, sin embargo, en la circunstancia, se da en diferente proporción y con un enfoque muy alejado del  escrutinio que debe haber respecto de lo que los personajes de la política proponen, principalmente cuando éstos están buscando el voto de los ciudadanos a través de una oferta de gobierno especifica. Inicia la temporada de sapos.

Lo menos que se puede decir es que la carga contra Peña Nieto ha sido desproporcionada y, en algunos casos, ha estado impregnada de una fuerte dosis de hipocresía hacia él y su error, así como de crueldad hacia la menor. Aunque el sentido común  indica que la discusión debiera centrarse en el contenido del texto presentado en la FIL, poco de eso hemos visto. Inexplicable, si se considera que al político se le había censurado su falta de propuesta. El libro, como reseñamos hace dos semanas aquí, es un compendio específico y sin desplantes retóricos que define su propuesta. Se esperaría una mayor discusión sobre lo escrito; sin embargo, el debate se ha canalizado hacia los hábitos de lectura del autor, a partir de una desacertada respuesta.

En todo caso habría que discutir la relación y las responsabilidades del poder público con la lectura o la cultura. Es un problema real y la ocasión era propicia para abordarlo. A pesar del enorme potencial que tiene México como pueblo milenario y rico en expresiones artísticas, la cultura no ha estado en el centro de las políticas públicas. Incluso, en la última década ha sufrido un grave deterioro. Por ejemplo, el Bicentenario se dejó pasar como una oportunidad para recrear el orgullo y la dignidad nacionales, a partir de nuestro patrimonio cultural y el potencial que existe en el país, marginando, entre otros, a artistas y creadores que enfrentan un entorno adverso para su desarrollo y sustento.

El gobierno de Peña Nieto tuvo un desempeño en la materia; durante su mandato, la promoción de la educación pública y la política cultural fueron parte de su programa. De haber algo en el registro de su gestión que indicara insensibilidad, indiferencia o insuficiencia y ambigüedad en esta área fundamental, la ocasión planteaba una magnífica oportunidad para exigir una postura o una explicación de su parte.

Los hábitos de lectura de Peña Nieto son francamente irrelevantes, en todo caso, lo importante sería conocer su posición y su propuesta de política pública en materia de cultura y, para ser más precisos, de promoción editorial y de una mejor relación del público con la lectura.

Como sociedad debemos analizar que quizá lo más preocupante de la reacción pública, particularmente la que se manifestó en las redes sociales, es el pobre nivel de análisis sobre el error, que desembocó en la expresión visceral, violenta y personalizada, no solo contra Peña Nieto, sino hasta contra quienes ejercieron su derecho, aún en la crítica, con una postura más mesurada, moderada o simplemente distinta.

La red es un espacio privilegiadísimo de libertad; su potencial es enorme y su trascendencia abre las puertas a nuevas formas de participación social, diálogo público y, consecuentemente, de construcción y prácticas democráticas. Sin embargo, su valor genuino radica en su calidad, en su capacidad de admitir un debate razonado y razonable, un ámbito en el que los excesos inevitables de algunos sean matizados o atenuados por la inteligencia y el juicio ponderado de los más; que se constituya, como un espacio de reflexión profundo e inteligente, de libre expresión, así como de encuentro y acercamiento de la diversidad. La consecuencia inmediata de no lograr eso, nos anticipa la hoguera cada vez que alguno se exprese diferente.

Con insistencia hemos dicho que se avecinan tiempos difíciles vinculados con el proceso electoral; hemos subrayado que la manera en la que se lleve la contienda dictará los términos, no sólo del nuevo equilibrio político, sino de la relación entre ganadores y perdedores. Los temas de hoy y de mañana merecen una discusión y un debate que trasciendan a los partidos y a los candidatos. Es inaceptable que la temporada de sapos inhiba la discusión sobre los temas fundamentales de la vida nacional. Es nuestro deber ciudadano contribuir a elevar el nivel de este debate y exigir que se preserve.

Las diferencias y los desencuentros son normales en una sociedad libre y abierta. Lo esencial de la democracia es el ejercicio de las libertades y, en este contexto, la crítica y el debate toman un sitio privilegiado.  Ante un error cometido por un personaje político relevante, y más en el contexto de la contienda por el voto, es predecible la crítica, incluso en forma interesadamente desproporcionada. Lo lamentable es que los ciudadanos alentemos o permitamos que se quede en eso, o que ese hecho se convierta en la ocupación central de la opinión pública y en la preocupación de la mayoría.

Entre los partidos y al interior de ellos existe un interesante debate sobre el presente y el futuro del país. El desencuentro debe dejar de ser motivo de preocupación mayor en la medida en la que prevalezca la propuesta y el respeto al adversario. Por su parte, el Gobierno tiene derecho de argumentar y defender lo realizado al gobernar, pero al hacerlo valer no debe subvertir su condición de autoridad al servicio de todos. Un punto ha de quedar claro: los gobiernos y quienes los encabezan no están invitados a la fiesta del voto, es fiesta de los ciudadanos. Es necesaria la contribución y responsabilidad de todos para que la temporada de  sapos se limite a los menos y a los peores.

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