Las otras campañas, la potestad devaluada


Liébano Sáenz

La elección de 2012 ha dado un giro positivo. El reencuentro del presidente Calderón con el partido que aventaja en la contienda presidencial es mucho más que una buena señal. Gobierno y oposición acuerdan que sean los ciudadanos, basados en las acciones de candidatos y partidos, quienes determinen los términos para el relevo en el gobierno. Así, la imparcialidad de las autoridades se reivindica. Y no sólo se habla de la elección presidencial, también se está considerando la renovación del Congreso y las 12 entidades que tendrán elecciones locales.

La atención mediática está centrada en la elección presidencial. Ocurre así no solamente por tradición ni por la noción de que lo más importante y trascendente es quién esté a cargo del gobierno. Y es válido, pero sólo en parte. Desde 1997, cuando el partido del presidente perdió mayoría absoluta en el Congreso, se evidenció la importancia decisoria del Poder Legislativo. En el pasado se pensó que el país se encaminaba a la democracia y a una auténtica división de poderes, pero lo que hemos visto es la pérdida del impulso reformador del régimen. El escrutinio al Ejecutivo en ocasiones ha dado lugar a un penoso chantaje; hay casos de impunidad negociada y criterios poco claros en la asignación del presupuesto, incluido el asignado a las propias Cámaras y fracciones.

El gobierno ha perdido eficacia y el país capacidad para hacer realidad las reformas que lo pongan al día. El balance de estos 15 años, comparados con periodos anteriores, refleja un contraste significativo y México sale perdiendo en muchos terrenos. La responsabilidad no sólo es del Ejecutivo, también concierne al Congreso y al sistema de partidos, de ahí la importancia mayor de las otras campañas, esto es, las de diputados federales y senadores.

Hay dos vías para resolver la cuestión de darle eficacia al gobierno. La primera es que el presidente cuente nuevamente con el respaldo del Congreso a través de una mayoría afín. Esto no necesariamente significa que el partido del Ejecutivo tenga la mayoría absoluta; el sistema de partidos se ha transformado y las coaliciones electorales transitan del acuerdo para ganar la elección al entendimiento para gobernar al país. El PRI cuenta con el PVEM y el partido que se asocia al grande puede alcanzar el peso suficiente para lograr la condición de coalición gobernante. Algo semejante ocurre con el PRD, el PT y el Movimiento Ciudadano, los que, en su conjunto, son mucho más que la suma de cada parte. El Panal tiene una posición estratégica, no sólo para la elección, sino para la construcción de mayorías legislativas. Si ante un escenario de cerrada competencia, con un equilibrio estrecho en el Congreso, obtiene votos en proporción semejante a la de hace seis años, podría instituirse como una fuerza política de la mayor relevancia, reafirmada por el poder que le representa su relación con el gremio magisterial.

La segunda forma para darle gobernabilidad al régimen presidencial parte del acuerdo y de la madurez de las fuerzas políticas, y de su responsabilidad frente al país. Queda claro que la calidad de un gobierno depende, en buena medida, de la oposición. Si el oportunismo, la complicidad o el chantaje imperan, como ha ocurrido no pocas veces, lo virtuoso se vuelve disfuncional. Por ello es de la mayor trascendencia el acuerdo implícito entre el gobierno y la oposición con vista a la renovación de los poderes federales. Insisto, los términos en los que se desarrolle la competencia durante estos cuatro meses serán fundamentales para definir la relación entre el triunfador y quienes no resulten favorecidos por el voto. Una elección justa no sólo es cuestión de legalidad o de principio ético, también tiene que ver, y mucho, con el sentido de legítima conveniencia para todos, específicamente para los actores de la política.

Las otras campañas requieren claridad sobre la propuesta. Para los partidos y los proyectos que sustentan, ganar la elección no es un objetivo en sí mismo, sino un medio para lograr lo que se proponen. Es un ciclo interminable; ganar el poder para gobernar o para tener mayoría en el Congreso es una importantísima estación de paso, pero nunca un destino terminal.

En la competencia electoral existen dilemas difíciles de resolver. Uno de los más preocupantes, presente en toda democracia, es la oferta fácil para ganar el voto frente a la propuesta responsable, quizá controvertida o con poca simpatía. Los electores merecen respeto, pero la democracia electoral propicia actitudes que llevan a los ciudadanos a tomar decisiones en la inmediatez de sus intereses o fantasías sin medir las consecuencias de lo ofrecido. El populismo fiscal, de izquierdas o de derechas, es una de sus más recurrentes expresiones, incluso en las democracias históricas.

No podemos pretender que en las otras campañas, lo mismo que en la Presidencial, los electores se vuelvan acuciosos analistas de las plataformas electorales. Es más sencillo optar por principios generales y criterios normativos que habrán de regir si se gana la elección. El PRI y el PVEM apuestan por un gobierno eficaz y ello conlleva no sólo la manera de ejercer la autoridad, sino también la relación con la oposición. Las buenas formas políticas de su candidato a la Presidencia significan mucho más que eso, son un medio para conciliar posiciones y construir un terreno común en proyectos distintos o en competencia. La izquierda, a pesar de sus contradicciones, también ha definido una posición respecto del sentido que debe tener el ejercicio del gobierno y las decisiones legislativas.

El PAN no puede remitirse a la continuidad. Requiere renovar el sentido de un nuevo periodo en el poder, necesario para enmendar y para recuperar el proyecto originario. Tal como le ocurrió al PRI, su desafío mayor es concebirse fuera del poder gubernamental, asumir su mandato político como partido, evitar la tentación de hacer razón de su causa mantenerse en el poder. Finalmente, las campañas parlamentarias han de cumplir una misión vital: la promoción de proyectos fundacionales de los partidos y el enaltecimiento del sentido trascendental de la política

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