La suerte del PRD


Liébano Sáenz

Para todo partido la selección de candidatos es un reto. El clásico Modelos de partido de Ángelo Panebianco dice que éstos se conforman de creyentes y oportunistas. A los primeros los mueve la lealtad y la fe en la causa; a los segundos, los incentivos selectivos, esto es, las candidaturas y la promoción en la jerarquía o gobiernos. Queda claro que conforme más grande y poderoso sea un partido, mayor es la disputa y la presencia de quienes allí están por interés.

El mayor afluente del PRD ha sido el PRI. Muchos de los dirigentes perredistas allí se formaron. Al no verse favorecidos al momento de decidir candidaturas, no pocos priistas buscaron un proyecto alternativo. El PRI perdió mucho y la izquierda pudo construir una alianza viable y con cuadros experimentados. También se reprodujeron insuficiencias y nuevos vicios, como es el culto al líder y el fraccionalismo. Si consideramos 1988 como el momento fundacional de la izquierda como opción de gobierno, no existe registro de que puedan procesar candidaturas o dirigencias por la vía democrática. Sin embargo, desde el 2000 López Obrador es el líder y referente moral del PRD y de la izquierda mexicana.

La fortaleza del PRD en varias partes del país, particularmente en el DF, le ha generado problemas mayores al momento de decidir candidaturas, igual que cualquier partido en el poder. Las encuestas han sido instrumento para resolver la competencia, una forma poco ortodoxa aunque eficaz para el nivel estatal o la candidatura presidencial, y un método muy discutible para nombrar candidatos a diputados o delegaciones, básicamente porque favorece al más conocido y no, precisamente, al mejor.

El PRD y la izquierda enfrentan dos grandes desafíos que pueden significarle su mayor crisis desde 1988: 1) la lucha por las candidaturas en el DF y 2) las posibles consecuencias si AMLO no gana la Presidencia. Como ocurrió con el PRI, los desafectos generados por la selección de candidatos pueden abrir fisuras difícilmente imaginables. En Zacatecas, pocos consideraron que la salida de Ricardo Monreal pudiera significar la derrota en uno de los estados más priistas del país, ni que la situación pudiera reproducirse en Tlaxcala, con Alfonso Sánchez Anaya; en Baja California Sur, con Leonel Cota; en Nayarit, con Antonio Echevarría, y en Chiapas, con Pablo Salazar.

No son pocos los aspirantes excluidos y tampoco necesariamente es debido a insuficiencia en el proceso democrático, sino a que, como ocurre en todo partido en el poder, hay un buen número de aspirantes a cargos de elección motivados por la posibilidad de ser promovidos, aunque no precisamente alentados por consideraciones ideológicas, políticas o partidarias. Como observa Panebianco, la lealtad es propia de los creyentes, no de los interesados. Para el caso del DF, muchos de los inconformes podrán obtener candidaturas a través de otros partidos. Los votos esclarecerán el poder real o imaginario de los desafectos, pero también podrían minar la condición del PRD como partido gobernante en el DF y, eventualmente, hacer ganar al PRI.

El PAN y el PRI también han encarado dificultades para seleccionar a sus candidatos. En el PAN ha sido más difícil resolver diferencias por la manipulación del padrón partidario. Los mayores desafíos para este partido se ubican en las plazas donde tiene mejores posibilidades electorales. El PRI encuentra el remedio en la expectativa del regreso al poder nacional. Aquí, la convicción de ganar la Presidencia de la República da poder a la dirección nacional para superar desavenencias.

La suerte de la izquierda es la de López Obrador. El homicidio de Luis Donaldo Colosio acabó con la carrera política dentro del PRI de los dos colaboradores más cercanos al presidente Salinas en el DF: Manuel Camacho y Marcelo Ebrard. Sus antecedentes y vínculos les impidieron el tránsito inmediato al PRD de Cuauhtémoc Cárdenas y formaron entonces el Partido del Centro Democrático, aunque, después del infortunio electoral, Ebrard se convertiría en diputado por el Partido Verde. El desplazamiento del cardenismo en el PRD les abrió la puerta y AMLO promovió la llegada de Ebrard a la Jefatura de Gobierno del DF, la joya de la corona de la izquierda.

Ebrard ha hecho un buen trabajo en el DF; Camacho ha sido un hábil negociador en la izquierda, pero su error mayúsculo fue haber cedido a la tentación de una alianza con el PAN para derrotar al PRI y a Peña Nieto. Este pragmatismo los llevó a distanciarse de la izquierda genuina. Abrazar la causa del PAN y de Felipe Calderón era una traición a AMLO; ganar votos a costa de principios implicaba negar las causas que para muchos significaron la disputa electoral y poselectoral de 2006.

AMLO es candidato presidencial, pero sin él, la izquierda quedaría en manos de Ebrard y Camacho, quienes tendrían un posicionamiento óptimo si el PRD pierde la elección presidencial y gana el gobierno del DF con Miguel Ángel Mancera, quien se ha manifestado no perredista y es cercano a Ebrard. Hasta hoy AMLO ha sido el contrapeso para evitar que desde el gobierno de la ciudad el pragmatismo desplace al PRD y al proyecto de izquierda. El PT y el Movimiento Ciudadano han sido importantes aliados en tal propósito. Sin embargo, insisto, la suerte de la izquierda será la misma de López Obrador.

Un escenario de derrota de AMLO en la elección presidencial esbozaría un fracaso total. No sólo se perdería la oportunidad de alcanzar el poder presidencial, sino que iría de por medio el futuro del proyecto político de la izquierda. Una eventual derrota del PRD reeditaría la alianza opositora, esto es, el oportunismo electoral sobre los principios. No deja de ser ironía que la izquierda como opción de gobierno inició con los desafectos del PRI; ahora, la mayor amenaza al proyecto político y doctrinario de la izquierda también podría ocurrir por quienes de mal modo salieron del PRI en 1994. ¿Qué sucedería con el Cardenismo al ver que sus enemigos de 1988 se quedaran con el PRD?

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