La república del odio


Liébano Sáenz

A Héctor Aguilar Camín, con afecto entrañable

La república del odio no es nueva, data de mucho tiempo. En el fondo es una expresión de rencor social cuyo origen debería indagarse en el subconsciente nacional, a la manera de Octavio Paz en nuestro Laberinto de la soledad. Algunos mexicanos, los menos por cierto, caminan con el pesado fardo de una historia en negativo; no es la heroicidad lo que les mueve, es la tragedia lo que campea en sus mentes; un sentimiento de derrota marca su identidad y quienes lo padecen no construyen respuestas, tampoco soluciones, simplemente buscan a quién cobrársela. La república del odio tiene sacerdotes y escrituras, lo mismo que oficiosos exégetas y hasta sus propios demonios.

En todas partes, el debate político en la disputa por el poder enciende pasiones y abre cauces de ataque y rechazo de unos y otros. Así es la democracia, en ella los candidatos buscan ganar el voto a partir de todos los recursos que ofrece la comunicación. Cuando existe un sentimiento compartido de moral pública, el piso de lo que se hace y se dice es elevado y sirve de autocontención. En cambio, cuando hay soberbia moral, esto es, cuando una de las partes asume una forma de superioridad de causa, todo se viene abajo: a quien este sentimiento invade, no tiene capacidad para verse en el espejo de la realidad. Los prejuicios y los odios hacen de la contienda una oportunidad para vencer al “maligno y sus ejércitos”.

Otra dimensión del debate democrático es su temporalidad o, mejor dicho, su ciclo. La disputa por el voto genera posiciones diferenciadas y exigencias que deben concitar apoyo a la causa. Pero una vez que concluyen los comicios y con el reconocimiento al ganador, hay un receso que debe favorecer el encuentro entre mayoría y ganador, mientras aquellos que no resultan favorecidos con el voto mayoritario deben reflexionar sobre su responsabilidad como opositores; la sociedad no los quiere derrotados, los quiere opositores, ese es el rol que el electorado les concede con la convicción de que no hay derrotas ni triunfos para siempre.

La soberbia moral usa el insulto y la calumnia como recursos regulares. En ella, las “pruebas” se fabrican a modo y consecuentemente se presentan sesgadas; todo lo que sucede en su interpretación maniquea, se suma al argumento ya predefinido. La intolerancia que la acompaña le lleva al autoritarismo y se recrea en los incondicionales de su culto. Es una cuestión de fe y no de razones. En esta lógica de amenaza, todo se vale si el fin es acabar con el enemigo. Es un proceso de exterminio que no permite cesiones; cualquier duda o reserva, en el campo propio, es vista como traición; por eso, para la soberbia moral, la autocrítica es ponzoña, lo único que rige es el incienso del turiferario a la jerarquía de la propia secta.

La gravedad de los problemas del país no da para aventuras. Los mexicanos en su abrumadora mayoría se inclinan por el cambio y, aunque la realidad es muy adversa y aún trágica para algunos, lo que anhela la sociedad son soluciones, vivir en paz, recobrar la esperanza y la certeza de que entendimiento y acuerdo son el camino hacia un mejor país.

Los estrategas o asesores de AMLO, inicialmente lo aconsejaron bien. La estrategia podrá ser cursi para algunos y, para otros, carente de autenticidad, pero invocar el amor como argumento es un poderoso recurso para la seducción electoral. Muchos catalogaron está actitud como una forma de oportunismo que habría de quedar en evidencia en caso de no tener los resultados calculados en las preferencias electorales. Ahora queda claro que el odio, el insulto y la descalificación ganan terreno. Se vuelve a lo de siempre, la propuesta amorosa queda como un mero ardid publicitario.

El tiempo transcurre, la elección cada vez es más próxima y el debate no fue el punto de inflexión que los adversarios de Peña Nieto conjeturaron. La apuesta fue equivocada, AMLO creyó que ese encuentro habría de llevarlo a la cima y a hundir a Peña Nieto. Nada de eso ocurrió porque partió de premisas erróneas, porque el apostador no parece entender la contienda. Contrario a lo que pensó, los ciudadanos acudieron al debate y la reseña popular o mediática no alcanzó a cubrir su expectativa. Las intenciones de voto no tuvieron otro cambio que el de la incursión exitosa de Gabriel Quadri, quien se mostró como un candidato muy articulado para atraer indecisos y cuyo mensaje, por cierto, no fue de odio ni de rechazo, sino de razonado diagnóstico y propuesta.

En las encuestas, López Obrador sigue muy distante del candidato que lleva ventaja. Culpar al IFE, a los medios o tachar de mentirosos a los encuestadores no modifica la realidad. La posibilidad de repetir los buenos números de hace seis años se aleja en su horizonte. En el mejor de los casos —y no es un asunto menor—, la cuestión consiste en saber si habrá de superar a la candidata del PAN. Sin embargo, el tema que ocupa cada vez más a los ciudadanos es la etapa que se abre para México después del 1 de julio. La izquierda tiene una responsabilidad histórica fundamental, de ahí la importancia de saber si continuará por la senda del odio y la cosecha del rencor social, o si habrá de asumir en toda consecuencia su condición de izquierda democrática, leal a la civilidad propia de ésta y a los principios de compromiso institucional.

Cierto es que los candidatos y los partidos se vuelcan para optimizar su posición el 1 de julio, pero hay país para después. Por ello es fundamental que los contendientes y las mismas fuerzas políticas, contemplen desde ahora, el porvenir. El ciclo electoral habrá de concluir pero, más allá de este proceso, los problemas del país demandan a todos, gobernantes y opositores, mayores cuotas de responsabilidad, y ese ha sido precisamente el gran déficit de la democracia mexicana. No hay lugar para la república del odio. La obligada reconciliación y concordia es la tarea por delante. Es la respuesta más acertada que podemos dar a la adversidad y al sentimiento de agravio de quienes no fueron favorecidos por el voto.

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