Un nuevo horizonte


Liébano Sáenz

En memoria de don Roberto González Barrera

Finalmente ocurrió lo anunciado: la validez de la elección ante la insuficiencia de elementos de prueba de quienes pretendían su anulación. Frente a este escenario me cuestiono si es mucho pedir a López Obrador que se allane a la voluntad de millones de electores que decidieron que no fuera él el próximo presidente y que su importante capital político lo aporte en bien del país o, cuando menos, de los partidos que le hicieron candidato y de los también millones de ciudadanos que sufragaron por él.

La renovación de gobierno en el marco de la alternancia plantea un nuevo horizonte en el que no cabe un discurso que incite a la violencia en nombre de un imaginario despojo. El partido gobernante perdió la elección porque el ánimo mayoritario de los ciudadanos era que otro proyecto gobernara; así ganó Peña Nieto porque pudo articular, mejor que sus adversarios, una propuesta de cambio convincente, sin rencor, viable y que en acción da respuesta a los anhelos nacionales.

Peña Nieto y el PRI fueron objeto de una severa embestida, indirecta desde el mismo gobierno federal y abierta desde la dirigencia del PAN, que durante la campaña se asumió como partido de oposición y así, con esta estrategia, pasó del segundo al tercer sitio en los resultados. Hubo costos, pero la campaña de Peña Nieto no perdió sentido de rumbo, y aunque las encuestas públicas promovieron confianza al plantear un escenario en apariencia cómodo para el PRI, el proselitismo del candidato se realizó sin distracciones y con singular disciplina. Los errores se reconocieron y, en lo posible, se enmendaron; de igual forma, dificultades propias de la contienda se procesaron en la tolerancia y el respeto al derecho a disentir.

La contienda concluyó el 1 de julio cuando las casillas cerraron. Lo demás ha sido procesar una voluntad clara e inequívoca. La elección allí ocurrió y ante la vista y escrutinio de millones de ciudadanos que participaron. Por eso la decisión del Tribunal Electoral convalidó lo acontecido. Empero, el candidato perdedor solicitó anular comicios bajo la tesis de que las elecciones no ocurrieron como lo establece la Constitución. Claramente su impugnación fue más mediática y política que jurídica. Los elementos de prueba movieron a una parte de la opinión pública, pero no a quienes los valoraron legalmente. De esta forma, la declaración de validez de la elección es el reconocimiento de la voluntad democrática del primer domingo de julio.

Hoy inicia una nueva legislatura. Es positivo y prueba de que las elecciones se llevaron a cabo dentro del marco legal que este evento fundamental para la República haya ocurrido al margen de la incertidumbre. Es también deseable que la polarización y el encono tengan término, válido para la izquierda y, también, para el PAN. La elección concluyó hace dos meses, ahora corresponde a cada fuerza política cumplir con la responsabilidad que le confiere el voto. Hay una agenda de trabajo conjunto en el Congreso. Todos los signos a la vista muestran que el Congreso inicia en un marco de civilidad y de colaboración que alienta y da esperanza.

En democracia y para que la oposición cumpla su tarea no se requiere que decline o ceda en sus posturas o exigencias, tampoco que quienes tienen mayoría relativa trabajen únicamente a favor de las minorías; la tarea por delante es identificar el espacio común entre mayoría relativa y de una parte de la minoría. El consenso es deseable, pero como se ha dicho, no siempre es el camino para los mejores acuerdos o decisiones. También hay que aprender a transitar y gobernar en medio del disenso como una forma natural del ejercicio del poder y de la política.

Un nuevo horizonte conlleva la necesidad de dar respuesta a los anhelos del conjunto de la sociedad y de cada uno de los mexicanos. El argumento y discurso económico no pueden ni deben quedarse en términos de la estabilidad macroeconómica o de que el país no padece los problemas de otros, entre otras cosas, porque el argumento es irrelevante y hasta cierto punto ofensivo para la situación de millones de mexicanos en la miseria y en dificultad. Estimo que esta forma de soberbia política fue la que más pesó para que el partido gobernante pasara del segundo al tercer sitio en los comicios presidenciales. Efectivamente, hay que cuidar la estabilidad, pero también generar las bases para un crecimiento justo, sostenido y generador de bienestar para todos. En la circunstancia inmediata no será fácil por el contexto y el estado de la economía internacional, pero eso no debe ser pretexto para disuadir ni posponer las decisiones estructurales que tengan como consecuencia el mejorar la economía e impulsar el crecimiento en una perspectiva de largo plazo.

Otro de los grandes déficits que heredan 12 años de gobierno panista es la debilidad del Estado mexicano frente a poderes fácticos y, particularmente, ante el embate del crimen organizado. Dos expresiones de un mismo problema: primero, la incapacidad de entender y, segundo, actuar con perspectiva de Estado. La agenda en el horizonte es múltiple: por un lado, está la economía y el poder hacer valer el interés general, la competencia y evitar la concentración de actividades, y así propiciar la competitividad de la economía nacional en áreas estratégicas; por otro, está también en el ámbito legal: abatir la impunidad, pero, también, hacer valer la ley y otorgar seguridad a los habitantes, tarea primaria del Estado.

Un nuevo horizonte tiene necesariamente que transitar por la reconciliación y la concordia. Lo que ha hecho Peña Nieto durante su campaña y con posterioridad lo facilita. Por ahora, dos tareas inmediatas deben cumplirse con cuidado: el inicio de los trabajos del Congreso y la transición de la administración. Para lo primero es deseable que cambios importantes antecedan la fecha de la toma de protesta del próximo presidente. Para lo segundo, que el gobierno que concluye propicie la normalidad en las tareas a su responsabilidad y que otorgue todos los elementos y la información para un buen inicio del próximo gobierno que dé curso al mandato que se origina en el voto. No hay tiempo que perder.

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