El obligado reencuentro con nosotros mismos


Liébano Sáenz

Con entrañable afecto a
Humberto Moreira, los suyos
y a todos aquellos a quienes
una bala ha dejado en la orfandad

***

Desde hace mucho tiempo, más de 12 años, el país deambula en la búsqueda de un mejor horizonte. Quizás todo inició en el fatídico 1994, año en el que mucho se perdió y nos remitió tener conciencia de una realidad de expectativas incumplidas y viejos problemas sin respuesta. Un trazo de seis años dio continuidad a cambios importantes y un nuevo siglo trajo consigo el fin de un largo periodo de gobierno de un partido. Ni alternancia, pluralidad o gobierno dividido han respondido a lo que la mayoría de los mexicanos anhela. Después de 12 años en el poder del viejo partido opositor, solo uno de cuatro electores le votó continuar. El mensaje inequívoco del 1 de julio es el del cambio, a grado tal que la mayor competencia por el triunfo se dio entre las dos oposiciones.

No es la ocasión para ignorar lo que se ha hecho bien, pero tampoco para regocijarnos con el estado de cosas. Es explicable y comprensible que quien ha estado en el gobierno asuma y presuma el esfuerzo emprendido y los logros alcanzados. Pero el mandato democrático está a la vista y la realidad es que quienes tienen ahora la responsabilidad legislativa y, próximamente, de gobierno deberán cumplir con lo que los electores ordenan. Continuar y cambiar es la lógica, y todavía más continuar para poder cambiar, no cambiar para continuar. Por ello el nuevo equilibrio político legislativo y el nuevo gobierno deberán considerar lo que hay que preservar, pero por encima de ello, lo que hay que revisar y mejorar.

Ya se ha dicho que la economía nacional ha vivido un periodo de estabilidad ejemplar en el tiempo y también respecto a otras naciones, pero también se ha dicho que este logro, nada desdeñable, debe ser punto de partida para ir por mucho más. A los mexicanos poco les convenceque el mundo esté en crisis, porque las dificultades que enfrentan las personas y las familias han estado presentes aun cuando la economía internacional ha estado próspera y estable. La última década muestra el déficit del crecimiento y, todavía más, la injusta distribución de sus beneficios. Los contrastes son visibles y ocurren en las personas, también en los sectores y las regiones del país: opulencia de unos y dificultades de muchos, demasiados.

Lo que bien se ha hecho en la economía ofrece un piso sólido para un mejor mañana. El bono demográfico ofrece una posición privilegiada en la competitividad global. Es muy bueno que así sea, también así fue hace 12 años y, todavía más, los primeros años del siglo el país vivió una coyuntura económica muy favorable con elevados precios del petróleo y envíos cuantiosos de recursos de migrantes, pero gobernantes y opositores de entonces perdieron perspectiva, las reformas necesarias se pospusieron y se regatearon a valores tasados por la mezquindad de perdedores y por la torpeza de ganadores. Se dejó pasar la oportunidad, responsabilidad de los políticos y también de muchos con poder para influir en la política y el gobierno.

Los comicios de 2006 dejaron un país profundamente dividido. No solo fue cuestión de personas y partidos, también fue de visión y convicción. El miedo resolvió la contienda y el agravio por un imaginario despojo y una real inequidad dividió a una parte importante de la sociedad y prohijó la práctica del chantaje en las relaciones políticas. La corresponsabilidad se tradujo en un “doy para que me des” y el país nuevamente transitó por el sinuoso camino de la simulación, la desesperanza y la resignación. La generación de la alternancia —gobernantes y opositores— careció de grandeza, muy lejos, pero muy lejos de la generación de la República Restaurada, de aquellos jóvenes gigantes que siguen siendo referencia de lo que debe ser la política y el servicio público. También se perdió el ideal liberal no obstante el arribo de su hermana la democracia. Hoy México es menos liberal que en mucho tiempo.

Pero no solo eso. El Estado mexicano es más débil que siempre. La inseguridad es causa y, también, efecto. Su origen es la impunidad, ese corrosivo veneno que hace desconfiar en la ley y mina la convicción de que somos muchos más los buenos que los malos. La debilidad del Estado se muestra en índices de criminalidad que se extienden a muchas partes y que llegan al entorno de casi todas las familias. Hoy la inseguridad es mal mayor; no se resuelve con acudir a las estadísticas o con remitir al pasado o al vecino la causa de nuestras desgracias en su regateo ciego sobre la gravedad y amplitud del tema y, particularmente, en la simplificación de la respuesta, lo que ha llevado a evaluar no por resultados, sino por una asumida voluntad de actuar, opción que se limita a la respuesta represiva.

Efectivamente, el país camina en búsqueda de respuestas para un mejor porvenir. Vendrán del gobierno y los suyos, sí, pero también de las oposiciones y de aquellos en condiciones de influir y actuar en su propio ámbito de responsabilidad. El país espera mucho más que caras y siglas nuevas en las tareas públicas. Cambio y soluciones son el reclamo compartido por los mexicanos, aunque el cómo y el qué deberán procesarse por la mayoría y, como todo, será objeto de recurrente discusión y, por algunos, hasta de regateo. Pero no importan las diferencias si lo que cuenta son los buenos resultados.

Con el presidente Enrique Peña Nieto llega una nueva generación de políticos. Pero no es la edad ni el origen, sino las formas y, muy especialmente, los hechos los que la acreditan. En el pasado reciente han tenido la visión para no dividir al país en la disputa por el poder; ahora tienen la misión de actuar no solo de manera distinta, sino en consecuencia al nuevo paradigma que nos lleve al reencuentro con lo mejor de nosotros mismos.

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