Lecciones de Venezuela


Liébano Sáenz

Lo mismo da triunfar que hacer
gloriosa la derrota.
Ramón del Valle-Inclán
***
 

A pesar de que las normas de equidad y vigilancia electoral en México no son comparables con las de Venezuela, las recientes elecciones presidenciales en aquel país nos dejan valiosas lecciones. Allá, las campañas se desahogan en un marco de evidente inequidad, fundamentalmente por la parcialidad tanto de las instituciones encargadas de hacer prevalecer el Estado de Derecho como de los medios de comunicación públicos y privados; los primeros al no diferenciar la política de Estado con la de régimen, los segundos por la autocensura originada en el temor a la represalia del gobierno chavista que, a juzgar por sus acciones, no tiene mucho aprecio a la libertad de expresión o a la empresa privada.

Destaca, en relación al sistema electoral mexicano, que en el venezolano hay superioridad en el uso de la urna electrónica, lo que permite conocer las tendencias de votación con extraordinaria certeza a unas horas de concluida la elección. Otro aspecto que hace la diferencia es la elevada concurrencia de los votantes: de acuerdo al Consejo Nacional Electoral, 84% de los venezolanos habilitados para votar concurrieron a las urnas, un dato histórico y ejemplar para las democracias latinoamericanas.

El amplio apoyo ciudadano al candidato opositor, Henrique Capriles, abrió la esperanza de alternancia. Las elecciones estuvieron precedidas por la grave enfermedad visible del presidente Hugo Chávez, lo que dio lugar a versiones encontradas por sus opositores, quienes argumentaron, unos, que era una patraña, un ardid electoral para victimizarse y ganar simpatía; otros dijeron que el Presidente candidato estaba al borde de la muerte. El hecho es que la simple visibilidad de Chávez se volvió argumento.

Así en este clima político y de estrategias, la parte final de las campañas tuvo lugar en medio de una descarnada polarización; oficialistas y opositores, así como los mismos candidatos se enfrascaron en un debate frontal y personal. Por el tono de los mensajes y, en especial, por la descarada parcialidad del gobierno y de los medios de comunicación, cualquiera hubiera pensado que un eventual triunfo de Chávez sería cuestionado o impugnado por el opositor. No ocurrió así, y la noche misma de la elección, en un emotivo e inteligente mensaje, Henrique Capriles no sólo reconoció la derrota y el triunfo de su adversario, también comunicó su deseo de contribuir, él y los suyos, a la unidad nacional. No está por demás señalar que no obstante la derrota, la oposición creció en 8 puntos porcentuales (2.2 millones de votos) al pasar de 37% en 2006 a 45%, mérito del conjunto de la coalición opositora y de la asertividad del candidato Capriles, de quien, se dice, que perdió la elección, pero al reconocer responsablemente la derrota, ganó el futuro.

Observadores de la democracia latinoamericana señalan que la diferencia entre aquel país y México está en el consenso sobre el sistema político que caracteriza a Venezuela, en contraste con la baja aceptación que acá se le otorga al nuestro. Al respecto, se invoca a las encuestas de Latinobarómetro, donde Venezuela está en los primeros tres lugares en la aceptación del régimen democrático y en México en los últimos, sólo por arriba de Guatemala. El resultado se interpreta como una suerte de conformismo alentada por la propaganda oficial en Venezuela, mientras que en México, país con mayor libertad de expresión, hay una exigencia superior sobre lo que se espera de los gobiernos electos democráticamente.

Considero que en los tiempos actuales, el problema del no reconocimiento del resultado en un país o en otro, poco tiene que ver con los términos como se realiza la contienda; allá, en Venezuela, las elecciones son claramente injustas y, a pesar de ello, hay un reconocimiento oportuno del desenlace; acá, con mayores elementos de equidad y justicia, se regatea el resultado hasta por quien queda en el tercer sitio de las preferencias. La diferencia está en los costos y en los incentivos para asumir una conducta o la otra. En general, en casi todos los países, no es el caso en México, hay una sanción social a quien no reconoce la derrota.

La democracia mexicana es de malos perdedores por dos consideraciones: la primera, porque se aspira obtener en la barandilla lo que las urnas no dieron. La segunda, porque el sistema jurídico – electoral ha tenido un efecto perverso y se ha vuelto común que la decisión sobre ganador o perdedor no está en los votos y lo que ocurre el día de las elecciones, sino hasta cuando la última instancia judicial resuelve jurídicamente quién ganó. Lo cierto es que México vive una suerte de segunda vuelta, pero no a cargo de los electores, sino de magistrados que definen al ganador o, si es el caso, el repetir las elecciones.

Otro aspecto en el no reconocimiento oportuno es la tradición de chantaje que todos los partidos y candidatos han ido interiorizando. Para muchos el reconocimiento es una moneda de cambio del que pueden obtener el reembolso de los gastos de campaña o el compromiso de reparto de posiciones y cargos. El no reconocimiento es una cínica negociación que ocurre entre perdedores y ganador, mientras que los electores son marginales, si no es que simple utilería para acuerdos fuera de las urnas.

Los comicios del 1 de julio en México, se resolvieron en la realidad desde el mismo día de la elección. La diferencia entre primero y segundo fue amplia, asimismo, la que se dio con el tercer sitio. Llama la atención que el mensaje del presidente Calderón reconociendo el triunfo de Enrique Peña Nieto no haya sido replicado con la misma claridad por la candidata, quien simplemente se limitó a señalar que reconocía su derrota, situación particularmente interesante, porque la disputa se había dado entre otros dos candidatos; regateo que fue penosamente utilizado por el dirigente Gustavo Madero.

En la manera de competir está la de ganar y de allí la de gobernar y, en su caso, ejercer la oposición. Hay tiempo para enmienda, especialmente porque el candidato ganador, Enrique Peña Nieto, no incurrió en la agresión a sus adversarios y llevó una campaña fundada en el respeto a todos los competidores y principalmente al votante. Hoy lo que importa es mejorar y para ello es imprescindible cambiar, tarea de todos.

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