Un nacimiento, mil oportunidades de renacer


Liébano Sáenz

“Gloria a Dios en las alturas, y
En la tierra paz entre los hombres
 de buena voluntad.”

Inicio este texto ofreciéndoles una disculpa, a quienes son mis generosos lectores a los que, ante todo, debo respeto. Ordinariamente escribo sobre temas políticos con la intención de ofrecer un punto de vista distinto, a partir de una experiencia personal en el servicio público. Hoy, el espíritu de la fecha, me convoca a abordar temas vinculadas a la celebración del mundo cristiano y lo haré, insisto, con el mayor de los respetos.

Renacer es la propuesta más ambiciosa y, quizá, la más dichosa que un ser humano pueda recibir en cualquier momento… muy particularmente, cada diciembre desde hace más de dos milenios.

El nacimiento, entendido como el comienzo de la vida, si bien es un hecho milagroso e irrepetible, también constituye un acto involuntario y aun accidentado para el que lo experimenta. Es el arribo a un mundo desconocido para cumplir un propósito igualmente ignorado, al menos en aquel preciso y precioso instante.

Renacer, sin embargo, representa el verdadero milagro de la conciencia. Así es porque significa resurgir a la vida pero ahora por voluntad propia, por un compromiso sincero e, irremediablemente, genuino, como la más maravillosa expresión del libre albedrío.

La Natividad es similar a todos los alumbramientos, equiparable al más sobrio y discreto de ellos pero es, a la vez un acontecimiento único que simboliza el más grandioso mensaje que se nos haya enviado. El milagro de amor que ahora conmemoramos es resultado de una voluntad bienaventurada, celestialmente preexistente y voluntariamente humilde con una descomunal misión trazada desde el origen del universo.

Se trata del nacimiento real más importante de todos los tiempos y, lo que a todos toca, de la posibilidad de renacimiento verdadero para toda alma que se precie de ser cristiana.

El misterio de Belén radica en conocer, reconocer e impresionarnos con la ubicuidad de este prodigio. En Belén, Judea, oriente, occidente, una isla en medio del océano, un hogar en la metrópoli o un refugio en la montaña, atestiguamos el nacimiento modesto que acarrea renacimientos en mil corazones igualmente humildes.

Así, al menos tendría que ocurrir, aunque la realidad nos dice que el mensaje divino más esperado, el más grandioso, ha sido quizá también el más olvidado. La grandeza del jacal es, con frecuencia, opacada por la mezquindad de la impresionante industria del consumo, lo mismo que la luz de la estrella de oriente suele apagarse ante el destello de la frivolidad.

En el calendario cristiano, el adviento abarca algunas semanas previas a la Navidad pero, de hecho, en la agenda humana, la espera ha sido enorme y es, incluso, incomprensiblemente prolongada. Hemos sido impuntuales con la cita más urgente, y soberbios con el asunto más vital. ¿Acaso no hemos resuelto el enigma del nacimiento para el renacimiento? O ¿será solamente que nos confiamos en que el mensaje de la Natividad tiene vigencia eterna, que la paciencia del emisor es infinita y su bondad, perenne?  Porque aunque el gran mensaje mantiene la fuerza del momento mismo de su proclamación, nosotros insistimos en mantenemos sordos y ciegos. Convertirnos en los fariseos del tercer milenio no es decisión sabia, ni conveniente, y mucho menos noble.

La invitación más importante de este 25 de diciembre exige una reconciliación con el espíritu y el reconocimiento consciente de que alguien ha nacido para que todos podamos renacer. Así, despertar, con una nueva visión, con el alma limpia hacia la paz y la justicia, con una convicción renovada por la condición humana se convertirían en los actos más genuinos de contrición. Sólo este sendero puede hacernos entender la grandeza de la humildad, la riqueza de la modestia y la complejidad de un hecho simple que entraña el gran acontecimiento del mundo cristiano.

Renacer es el regalo supremo que podemos ofrecer y ofrecernos;  canjear agobios por esperanza, egoísmo por solidaridad será, sin lugar a dudas, el mejor intercambio en el que hayamos de participar; y reencontrar el sentido verdadero de nuestra existencia, habrá de ser la más grandiosa celebración a la que debamos asistir.

En la Navidad, la verdadera omnipresencia divina es más evidente que nunca: un modesto nacimiento en un minúsculo jacal de oriente que guarda un milagro capaz de replicarse en cada rincón del universo, en cualquier momento de la vida, bajo cualquiera condición posible. ¿Habrá razones para mantenernos aislados de este prodigio o para postergar tan glorioso llamado?

El nacimiento para el renacimiento es el mejor regalo de salvación que la humanidad ha recibido; es el más hermoso mensaje de vida nueva, y de esperanza; la más sublime oportunidad de reencuentro con nuestro espíritu y el de los demás, y el mejor obsequio para el prójimo. Hoy, la ofrenda de amor sigue aquí, en nuestra puerta. Recibirla con el alma abierta y el corazón a flor de piel será, más que un privilegio, una misión de espíritu bien cumplida.

Regocijémonos por esta oportunidad que hoy vuelve a anunciársenos. Que la paz, la esperanza, el amor y la armonía aniden en nuestro espíritu y encuentren tal acogida que permanezcan ahí por siempre.

FELIZ NAVIDAD.

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