Lecciones de un buen inicio de gobierno


Liébano Sáenz

Bajo cualquier perspectiva y sin lugar a regateo, puede decirse que el primer mes del gobierno del presidente Peña Nieto ha sido positivo. Es preciso reconocer que, en buena parte, este saldo a favor es fruto de las múltiples y plurales voluntades que se sumaron a la tarea de mejorar la política. La secuela de una muy prolongada disputa por la Presidencia, que se extendió aún después de los comicios, provocó escepticismo; algunos hicieron propia la tesis de una inminente regresión autoritaria, y otros hicieron pronósticos que, más allá de ser negativos, adquirieron proporciones apocalípticas. El fin del mundo, pues…

En todo caso, si bien no hemos reencontrado el autoritarismo, lo que sí regresó fue la política, esa disciplina que, entre otras cosas, significa el respeto a las formas, el esfuerzo permanente por el acuerdo y, en el caso de la Presidencia, claridad sobre el significado de Estado. La carencia de sentido político extravió al país por más de una década; la relación del Ejecutivo con los poderes Legislativo y Judicial fue de desconfianza y, recientemente, de recurrente recriminación por parte de aquél. Y no fue mejor la relación del Presidente con los gobernadores y con el jefe de Gobierno del Distrito Federal. Todo ello contrasta con el dominio que adquirieron los poderes fácticos por la omisión y confusión de la Presidencia en esos años. Lo más lamentable fue el deterioro del Estado frente al crimen organizado.

Un buen mes alienta, pero no satisface. Es necesario leer bien la situación existente y evitar engolosinarse con las cuentas favorables del inicio. El país sufre un serio detrimento en muchos rubros; la desigualdad, la inseguridad, la corrupción y la violencia no solo persisten, sino que se han extendido. Para ninguno de estos males hay respuestas inmediatas, y la sola voluntad presidencial, aunque indispensable, tampoco es suficiente. Si alguna lección puede surgir de estas semanas es que lo mejor viene cuando la pluralidad política se une con el propósito de mejorar la situación sin menoscabo de la posición diferenciada que a cada fuerza política corresponde.

Otra lección útil del proceso de recuperación de la política es que el orden, la disciplina y la honestidad de propósito deben iniciar en la propia casa. La composición del gabinete, la austeridad republicana y el posicionamiento del Presidente al inicio de su mandato fueron elementos que mucho contribuyeron a generar un nuevo ambiente. Antes, mucho valieron, también, la tolerancia y el respeto que el entonces candidato manifestó frente a sus adversarios y malquerientes. El ahora Presidente no intercambió golpes ni participó en la guerra de insultos durante la campaña, precisamente para cuidar los términos del ejercicio de la responsabilidad que, él esperaba, le otorgaría el electorado.

Los términos de respeto y comedimiento también fueron patentizados al presidente Calderón, quien pudo realizar un cierre de gestión sin obstrucción política. Sus iniciativas preferentes fueron respetadas por el inminente sucesor, quien intervino ante sus afines en el Congreso para lograr su pronta aprobación y promulgación. En todo caso, los riesgos y resistencias provinieron, paradójicamente, de distinguidos senadores del PAN, quienes hasta el momento parecen no entender el significado ni la necesidad de unificar voluntades para responder a las exigencias de una política útil, de un Congreso representativo y de un gobierno eficaz.

Lo que sigue no es sencillo. En 2013, habrá de darse curso a una reforma hacendaria con el objetivo de incrementar de manera significativa los ingresos públicos en un marco de equidad, transparencia y justicia; tarea posible, aunque no fácil. El objetivo recaudatorio inevitablemente provoca tanto resistencias como rechazo y, sin embargo, es indispensable. Segmentos importantes de la economía formal eluden el cumplimiento de sus obligaciones fiscales a través de expedientes, quizá legales, pero injustos; y no se diga la economía informal que, en su esencia, pone en entredicho al Estado de derecho y al mismo pacto social.

Las lecciones que dejan los aciertos del primer mes deben dar para mucho más. Las dirigencias nacionales de los tres principales partidos han cumplido su responsabilidad con tino y eficacia ejemplares, en lo que puede catalogarse como un capítulo inédito de la política nacional. Esto se ha reflejado en una actuación ágil del Congreso y en la posibilidad de superar la obstrucción que propician las minorías radicales dentro de las minorías.

Esta nueva circunstancia conlleva un cambio en la actuación de autoridades nacionales y estatales durante las contiendas electorales. Desde ahora, partidos y gobiernos deben comprometerse a mantener un sentido de cuidado y respeto, a fin de que los comicios que habrán de realizarse en casi la mitad de los estados no comprometan el propósito de unidad y de acuerdo logrado en estas semanas.

De la misma forma, los gobiernos locales y municipales deben evolucionar en favor del reclamo nacional sobre un mejor y más cuidadoso manejo de los recursos públicos. La transparencia, la participación social y la rendición de cuentas deben conformar el ejercicio presupuestal. Los estados y municipios tienen que incrementar de manera sustantiva sus ingresos propios, pero también la Federación debe aumentar las transferencias a los gobiernos locales, en el entendido de que muchos de los programas deben ser ejercidos y aplicados por las autoridades más próximas a los ciudadanos.

Lo más valioso de un buen inicio no es lo logrado, sino el impulso que se provoca. Ello exige una actitud compartida tendiente a prolongar lo positivo, aunque también implique tener presentes las dificultades y diferencias propias de la política. En buena parte, la respuesta para mejorar la situación de las personas y del conjunto del país radica en conseguir el crecimiento económico y en dotarlo de expresiones de equidad regional y social. El entorno internacional no es halagüeño, pero lo que está ocurriendo en el país sí que lo es. Así lo muestra la creciente confianza y el optimismo de inversionistas y consumidores. En la más amplia perspectiva, el país retorna gradualmente al ambiente que caracterizó los años previos a la primera alternancia en la Presidencia y, venturosamente, en este trayecto acude al reencuentro con lo mejor de sí mismo.

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